Escuela Nacional de Arte de Cuba

Las Escuelas de Arte de la Habana han sido consideradas una de las experiencias arquitectónicas más singulares de la segunda mitad del siglo XX en Cuba. Es una de las pocas obras arquitectónicas de autor desarrolladas en el periodo posterior a la Revolución Cubana, con formas innovadoras, y sobre todo permitiendo a los arquitectos dotar de poesía a sus edificios profundamente emocionantes. La arquitectura es un arte, y por ello no puede ser juzgada tan fácilmente según ideales políticos, aunque en este caso la ausencia de una clara planificación económica y de una estructura piramidal de decisiones hizo posible la anacrónica empresa.

La Escuela Nacional de Arte se construyó en los terrenos del antiguo Habana Country Club, en terrenos atravesados por el río Quibú, que antes ocupaba el amplio campo de golf. Se contrató al arquitecto cubano Ricardo Porro como coordinador general, un modernista al que se unieron dos arquitectos italianos, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi; quienes sólo tuvieron dos meses para preparar el proyecto.

Los arquitectos se guiaron por tres principios fundamentales: primero, integrar las escuelas con el variado paisaje; segundo, utilizar ladrillos y tejas de terracota producidos localmente, pues eran más baratos que los materiales importados como el acero y el cemento; y tercero, utilizar la bóveda catalana como elemento arquitectónico dominante. Así cada uno de los jóvenes proyectistas recurrió al uso de pasillos cubiertos para unir las distintas partes de cada área, una estrategia que Porro reconoce haber reinterpretado a partir de sus recuerdos de la Habana, donde en la época colonial los portales de las casas contiguas permitían moverse a la sombra en calles como Prado o Reina.

Se construyeron un total de cinco escuelas: Danza contemporánea, Bellas Artes, Artes Escénicas, Música y Ballet. Todos los edificios compartían un enfoque similar en cuanto al material y la estructura; sin embargo, cada uno presentaba una interpretación diferente del sitio y reflejaba su programa específico. Inicialmente los tres arquitectos contaron con libertad presupuestaria e independencia total en las decisiones de diseño. Se elaboró un proyecto sin precedentes que mezclaba una tecnología inusual en Cuba para las cúpulas, y la sensualidad del lenguaje estético estaba inspirado en los órganos reproductores femeninos. Con un reconocimiento al carácter mestizo cubano, se mezclan elementos de la aldea africana con los portales de la colonia española, la exuberancia de la naturaleza y el misterio de descubrir el diseño mientras se recorre.

La Escuela de Música, diseñada por Garatti, era una estructura serpenteante de 330 metros, que seguía el contorno del río, y se complementaba con espacios abovedados y dos grandes salas de conciertos y prácticas. Otro diseño de Garatti fue la Escuela de Ballet, que se configuraba a partir de un grupo de pabellones abovedados cubiertos de terracota, entre los que se entrelazaban caminos que fomentaban los encuentros fortuitos dentro del complejo.

La Escuela de Danza, diseñada por Ricardo Porro, se manifestaba como una composición dinámica formada por calles y patios no rectilíneos que brotaban de una plaza central de acceso, cubierta por láminas de vidrio fragmentadas que simbolizaban la dramática ruptura con el régimen anterior. Porro adoptó un enfoque diferente en el diseño de la Escuela de Artes Plásticas, donde se inspiró en la herencia cubano-africana de la nación. En este edificio generó una estructura aldeana arquetípica a partir de una serie de pabellones de forma ovalada de varios tamaños, conectados con columnatas curvas y sombreadas.

La Escuela de Artes Escénicas, la única diseñada por Roberto Gottard, contiene un anfiteatro central dominante y aulas individuales orientadas hacia el interior que crean un ambiente único e íntimo. El exterior se encuentra “perforado” sólo por pequeños caminos -como callejones-, lo que le da a la construcción un aspecto de fortaleza.

El entusiasmo que acompañó a la creación de las escuelas comenzó a deteriorarse con la crisis de los misiles en Cuba en 1962. Las escuelas parecían fuera de escala respecto a los sobrios proyectos de viviendas pre-fabricadas simplistas, así que se consideró un uso extravagante e innecesario de recursos. Además, el nuevo aliado de Cuba, la Unión Soviética, prefería una arquitectura funcional, anónima y pragmática, que contrastaba notablemente con el proyecto de inspiración orgánica y artesanal diseñado específicamente para el sitio por Porro, Gottard y Garatti, a quienes se acusó de debilidad burguesa. Estas denuncias terminaron por debilitar los apoyos que el proyecto tenía y finalmente la construcción fue abandonada sin completarse en 1965. Porro se fue a París y Garatti a Milán, sólo Gottardi se quedó en Cuba.

En 1991, Gottardi llevó a John Loomis, el historiador de arquitectura californiano, a ver lo que quedaba de las escuelas. Loomis quedó sorprendido ante el “realismo mágico de la arquitectura y el paisaje” y la fusión cultural de lo local con los códigos de la modernidad. En 1999, John Loomis publicó su libro titulado Revolution of Forms, y rescató la historia de las escuelas olvidadas de Cuba, colocando los proyectos en el panorama internacional.  La conclusión de las Escuelas  de Arte se convirtió en una misión nacional otra vez a finales de la década de 1990. Porro y Garatti fueron invitados a volver a La Habana, donde se juntaron con Gottard en una reunión histórica para discutir el desafío de restaurar sus obras maestras. Como parte del plan, el renombrado arquitecto Norman Foster fue invitado a rediseñar la escuela de ballet; sin embargo, el gobierno cubano terminó tomando un descanso de la restauración debido a la crisis financiera. La Escuela Nacional de Arte nunca se terminó, pero sigue existiendo como la más importante sede para las artes en Cuba, y sus alumnos han aprendido a funcionar dentro de la estructura inacabada.

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