EN LA MADRUGADA HABANERA

A mediados de 1916 Isadora Duncan llegó a La Habana. No la aguardaban autoridades locales ni periodistas en el puerto. Venía en una visita privada, acompañada por alguien que ella definía como “un joven poeta escocés”, secretario de Paris Singer, antiguo amante y padre de uno de sus hijos al que ella había vuelto a acercarse recientemente.

La gran precursora de la danza moderna contaba con 39 años y gozaba no solo de cierta celebridad en circuitos escénicos desde New York a París sino que estaba rodeada por un halo mítico por la liberalidad de sus criterios en materia de educación así como en lo concerniente a la emancipación de la mujer.

Según relata en Mi vida quiso huir del invierno neoyorkino y descansar. Procuraba alejar de sí malos recuerdos, lejanos o recientes. En 1913 había perdido a sus hijos Deirdre y Patrick en un accidente fatal cuando el auto que acostumbraba a llevarlos a su paseo matinal con la niñera se precipitó desde un puente al río Sena donde perecieron. La angustia por esa tragedia la acompañó hasta el fin de sus días.

Más cerca estaba su escandaloso fracaso en Argentina durante la gira por el Cono Sur americano que había emprendido hacía pocos meses. En Buenos Aires, en primer término el ballet había comenzado a arraigar hacía muy poco -en 1913- con la visita de los Ballets Rusos de Diaghilev al Teatro Colón. Las actuaciones de Nijinsky, ya cerca del fin de su carrera hicieron una honda impresión. Eso explica que la primera función de Isadora fuera acogida con frialdad, su espontaneidad, su rechazo al empleo de decorados grandiosos, su preferencia por lo expresivo en vez del virtuosismo técnico de la danza académica, decepcionaron a los espectadores.

Para colmo la Duncan visitó un cabaret estudiantil en vísperas del 9 de julio. La bulliciosa concurrencia celebraba el advenimiento de la fiesta patria. Ella quiso gratificarla con una improvisación y envuelta en una bandera del país danzó al compás de la música del himno: “¡Oíd, mortales, el grito sagrado:/ libertad, libertad, libertad!”. Los asistentes la aclamaron muchísimo.

Esas improvisaciones patrióticas eran un recurso del que varias veces echó mano. Al compás de La Marsellesa se había ganado al público parisino en 1914, en los días iniciales de la Guerra Europea y había dejado este solo en su repertorio permanente. En 1921 repetiría su experiencia en el teatro Bolshoi de Moscú delante de Lenin, Anatoli Lunacharski y numerosos intelectuales al envolverse en una bandera roja y danzar La Internacional. En esta ocasión los comisarios culturales prefirieron interpretar el número como un acto de solidaridad política. Para la élite argentina fue todo lo contrario. En realidad estaban bastante decepcionados por la primera función y decidieron cortar por lo sano. En un gesto de “fervor patrio” cancelaron sus abonos y boicotearon las presentaciones restantes.

Para colmo Isadora se empeñó en dedicar la última función a la música de Richard Wagner. El director de orquesta designado se negó a interpretar obras de un autor alemán toda vez que Argentina se consideraba en guerra con Prusia durante la Guerra Europea. Aunque se encontró un conductor sustituto buena parte del público y la prensa protestó por la actitud supuestamente germanófila de la artista. Los éxitos posteriores en Montevideo y Río de Janeiro no lograron consolarla de aquellos incidentes.

Se ha repetido que de sus días habaneros apenas se sabe lo que ella relata en un par de páginas de sus memorias, sin embargo hemos podido hallar en el primer número de la revista Social de 1917 – justo a un año de su fundación- unas páginas en homenaje a la danzarina que incluían su retrato a toda página realizado por René Moreau en París y una entrevista firmada por Francisco Acosta con el título “Isadora Duncan. Hablando con las diosas”.

No he podido encontrar datos sobre este colaborador ocasional de Social a pesar de que su conversación con la diva demuestra un conocimiento previo de la labor de Duncan lo que por esos tiempos era una rareza en Cuba. Está al tanto de los poetas franceses que dedicaron poemas o ensayos a la danzarina, así como de la labor de Rodin y Bourdelle para exaltar su figura. A veces se aventura a formular juicios inexactos como la supuesta influencia de Duncan en las legendarias estrellas de los Ballets Rusos de Diaghilev, pues si es posible que el Nijinsky coreógrafo admirara la novedad del arte de la norteamericana cuando esta se presentó en San Petersburgo, en el Salón de la Nobleza, en 1904 y eso lo estimulara en su labor coreográfica unos años después; en los casos de Pavlova y Karsávina estas, aunque tuvieran alguna palabra amable para Isadora permanecieron en el estricto terreno del ballet académico.

Sin embargo, hay más claridad a la hora de resumir al lector el ideal artístico que expone Duncan:

El ideal de Isadora Duncan ha sido demostrar que el arte clásico más puro es mucho más entretenido y divertido que el cinema y lo ha probado por medio de sus representaciones de comedias y tragedias griegas, dadas en bellísimos anfiteatros al aire libre y en las que han tomado parte sus discípulas. Estas representaciones, acompañadas de música clásica adaptada a las obras han sido grandemente elogiadas y patrocinadas por los públicos de las ciudades donde han tenido lugar.

Este juicio se completa cuando describe la finalidad de Le Dionision, la academia que la maestra creó en Bellevue, cerca de París y que había tenido que cerrar a causa de la guerra:

Las pequeñas alumnas son instruidas en el culto del arte y de la belleza, en una atmósfera espiritual y moral de calidad superior, entre las obras maestras de la escultura y la música, con el fin, no solamente de exponer algún día los más puros ideales artísticos, sino también entrar en esta labor sanas y robustas, corporal y moralmente.

No es extraño que Acosta, como otros intelectuales cubanos de su tiempo, esté empeñado en la educación popular en materia artística y considere que la mejor vía para ello es hacer llegar a más personas las presentaciones de grandes artistas extranjeros y pone como ejemplo las figuras que por esos días se anuncian en las carteleras de teatros y salas de concierto: los pianistas Rudolph Ganz y Ethel Leginska y el violinista Albert Spalding.

La entrevistada difiere radicalmente del escritor. Si no existe un arte nacional hay que fundarlo. Recomienda comenzar por la educación de los niños “enseñarlos a caminar, a correr graciosamente, a mirar el cielo y el mar”. Sugiere crear un teatro al aire libre cerca del mar para representar obras clásicas y estas acciones irían arraigando el culto de lo bello. “Poco a poco se iría formando un arte cubano, que tuviera un sello tan individual y característico como el arte griego o el arte ruso”.

La bailarina aborrece los bailes de moda y los ve como un peligro para la cultura. Según ella géneros como el fox trot y el one step con sus “horribles contorsiones” son una barrera para la conformación de un arte nacional y “para la apreciación genuina del arte clásico”.

En este viaje Duncan no mostró interés alguno por incluir en su viaje de vacaciones una presentación pública de su arte. Se hospedó en el Hotel Plaza aunque enseguida le molestaron los ruidos callejeros de vehículos, pregoneros y el tráfico de viandantes en los alrededores del Parque Central.

Paseó a caballo con el joven poeta y alguna vez llegaron hasta la caleta de San Lázaro. Allí alguien le contó la reciente historia del traslado forzoso de los internos del  Hospital de San Lázaro al nuevo sanatorio construido en El Rincón, lo que motivó una especie de huelga de algunos de los pacientes, esto hizo evocar a la bailarina Los leprosos, el drama simbolista de Maeterlinck.

También visitaron a Rosalía Abreu en su quinta Las Delicias de Palatino. No estuvo cómoda Isadora en su intercambio con la patriota y benefactora. Fue incapaz de comprender cómo una dama con sensibilidad artística que recibía a intelectuales y diplomáticos, tenía pasión por la cría de monos que andaban sueltos por la propiedad y que le produjeron una mezcla de temor y compasión.

Sin embargo, una salida nocturna se convertiría en la imagen que la mitología nacional retendría de la Duncan. Una noche vuelven por la zona de San Lázaro y Belascoaín y entran en un café que muy probablemente fuera el llamado Vista Alegre, donde se reunían trovadores y noctámbulos. Según ella describe en sus memorias eran las tres de la madrugada cuando entraron en el local, una habitación de piso bajo, mal iluminada y llena de un público conformado por adictos a las drogas con aspecto decadente. Un pianista de aspecto alucinado toca los Preludios de Chopin y de repente ella siente “el fantástico deseo de bailar para aquel raro concurso” y comenzó a hacerlo al ritmo de aquella música.

Los bebedores fueron quedándose en silencio, y como yo continuara bailando, advertí que no solamente había conquistado su atención, sino que muchos de ellos lloraban. El mismo pianista despertó de su embriaguez de morfina y tocó con más inspiración.

Estuve bailando hasta la mañana siguiente, y cuando salí me abrazaron. Me sentía más orgullosa que en ningún teatro, porque comprendía que aquella era una prueba efectiva de mi talento, sin el concurso de ningún empresario ni de anuncios que llamaran la atención del público.

Pocos días después Isadora y su acompañante, quizá hartos de los ruidos en torno a su hotel o sencillamente porque creyeron agotadas las atracciones de La Habana, se embarcaron hacia la Florida, para refugiarse en la más recoleta Palm Beach. Sin embargo el recuerdo de la artista quedó asociado a esa madrugada en que improvisó ante un público asombrado uno de sus espectaculares solos. Décadas después, a fines del siglo XX, un joven poeta, Bladimir Zamora, evocó aquella velada en “Bailas para mí en 1916”:

y bailas y bailas     solo estás bailando
y lo estás haciendo todo     Isadora
estás bailando sobre una cuerda tensada entre nosotros y el amanecer
y giras sobre mí
                           tus brazos
                           tus presentimientos
                           tus pies
y no me caben y te alzas con estrépito de pólvora.
ahora cualquiera comprende lo que vale el viaje
nadie me va a negar que dispute esta silla
al punto de las tres     sobre la madrugada
en este café habanero de 1916
donde estás bailando para mí
                                          sólo para mí
    – severa tromba en el hilván de la música –
    llamándome a montar sobre mis pies descalzos.

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