La lavanderia

Ubicada en el corazón del municipio Playa, entre las calles 27 y 29, la edificación nació en los años treinta como la Plaza Almendares, un mercado que albergaba pequeños negocios de ferretería, pescaderías, venta de animales vivos. Tras 1959, se transformó en lavandería industrial al servicio de instituciones estatales, entre otros. Con la crisis de los 90 y la caída del Campo Socialista, el espacio quedó en desuso, convertido en almacén o utilizado para funciones improvisadas. La revitalización llegó en 2011, cuando Rafael Pérez Alonso y el colectivo The Merger, a través del artista Mario Miguel González (Mayito), iniciaron su rescate. La restauración fue un esfuerzo colectivo que implicó no solo recuperar la estructura física, sino resignificar la función que dentro del imaginario colectivo tenía el local. La reapertura ocurrió en 2012 con la muestra «Dry Cleaning», que reunió a The Merger, Stainless, William Pérez y José Bedia. La muestra marcó el inicio de un espacio que no tardaría en consolidarse como epicentro de producción artística.

La Lavandería no es solo una galería: es un taller donde se han gestado disímiles piezas que hoy dialogan con la visualidad de la ciudad. Los «Guardianes» -los enormes tiburones stalados en la fachada de la Fábrica de Arte- emergen como centinelas urbanos, mientras que esculturas de artistas como Roberto Fabelo han tomado forma en este espacio. Obras como «Atomic Rouge», «Adrenalina» o «Van Van», de The Merger, consolidan la identidad del lugar. En «Van Van», la navaja suiza con machetes para cortar caña sintetiza, con mordaz claridad, las tensiones entre lo industrial y lo artesanal, la modernidad y la precariedad, lo sofisticado y lo crudo. Esta obra, lejos de ser solo un guiño a la historia económica de Cuba, es también un símbolo de la capacidad de adaptación, de esa habilidad de transformar lo cotidiano. Escenografía que se completa con series de Rafael Pérez Alonso, como sus «Skyline», «Guardianes» o sus «Frutas Maduras», donde se percibe una obsesión transversal por la isla y su forma.

La Lavandería posee un sonido propio. Una sinfonía cotidiana entre el bullicio de gorriones y palomas que anidan en sus techos, los golpes del metal, el roce de las herramientas, las conversaciones cruzadas o  el reajuste de estructuras o rediseño de elementos del lugar.  A esto se suman las voces de vecinos que pasan a pedir una herramienta, conversar o brindar su apoyo en nuevos proyectos, y de niños que solicitan permiso para entrar y admirar lo expuesto, sorprendiendo siempre con sus preguntas y reacciones.

El espacio ha sido sede de proyectos como «Manual de Instrucciones», donde refrigeradores antiguos fueron intervenidos para cuestionar la cultura material cubana. Estos electrodomésticos, omnipresentes en los hogares de la isla, se transformaron en contenedores de memoria colectiva, aludiendo a la persistencia de objetos que, incluso en su deterioro, conservan la capacidad de ser resignificados. Las piezas, trabajadas con técnicas de pintura, collage e instalación, configuraban una alegoría de la resistencia creativa, una metáfora de la Cuba contemporánea: resiliente, ingeniosa y en perpetua reinvención.

Las exposiciones y colaboraciones en La Lavandería han sido múltiples y diversas. «Juana de las Flores» exploró la flor como símbolo en el arte cubano, abarcando desde su dimensión estética hasta su carga política y espiritual. Más de 70 artistas cubanos, residentes dentro y fuera de la isla, presentaron piezas que iban desde reproducciones miméticas hasta interpretaciones abstractas. Las flores, en esta muestra, eran emblemas de vida y muerte, referentes de la femineidad y la fertilidad, símbolos religiosos o metáforas de resistencia. La multiplicidad de enfoques revelaba la capacidad de la flor para condensar, en su aparente fragilidad, una fuerza simbólica arrolladora.

Otro hito fue la exposición «55 Palos. Tributo a Juan Formell y los Van Van», donde 55 artistas rindieron homenaje a la orquesta con obras que dialogaban con su legado musical y social. La muestra, inaugurada con un concierto en vivo de la banda, evidenció la conexión orgánica entre música y artes visuales que define a La Lavandería. Los Van Van, cronistas del devenir cubano, han convertido sus canciones en relatos de la cotidianidad, y las piezas expuestas capturaban esa esencia: la mezcla de humor y crítica, de celebración y melancolía, de arraigo y movimiento constante. Como diría Formell, «anda, camina pa’ que te conozcan», porque La Lavandería nunca ha sido estática; siempre en movimiento, es un espacio que late al ritmo de la ciudad.

Pero La Lavandería no se limita a las artes visuales. Ha acogido conciertos de Cimafunk, Raúl Paz, Interactivo, Kelvis Ochoa, Big Freedia en La Habana y Habana Funk Expedition in the House. También ha sido escenario de desfiles de moda con marcas como Dador y Clandestina, y set para la grabación de videoclips o cine. Proyectos como la carpeta «Cuban Graphic Art» (2015) reunió, además de los anfitriones del lugar, a Ernesto Fernández, Carlos Quintana, Eduardo Ponjuán y René Peña quienes buscaron visibilizar la gráfica cubana contemporánea. En palabras de Osneldo García, «el ánimo que encontró en el lugar lo revivió años». Esa es quizás la esencia más pura de La Lavandería: un espacio donde la colaboración es la materia prima que sostiene todo el proyecto, un laboratorio creativo que no solo alberga obras, sino que las genera e impulsa. Un lugar donde arte y vida no son categorías separadas, sino partes indisolubles de un mismo gesto.

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