Durante mis estudios de arquitectura, en la década de 1970, fui ubicada en el Parque Lenin para realizar una práctica profesional. Aunque ya las obras fundamentales habían terminado, y el parque estaba en explotación, todavía quedaban en el sitio dos oficinas encaminadas a la ejecución de nuevos proyectos recreativos y educativos para la capital. Las oficinas, dirigidas por Antonio Quintana y por Mario Girona respectivamente, estaban instaladas en naves provisionales bajo los árboles, pero contaban con los materiales y el equipamiento necesarios para moldear en el papel las ideas de los diseñadores de diversas disciplinas, así que con el propósito de colaborar con estos trabajos varios estudiantes fuimos enviados a esos colectivos proyectuales. Recuerdo con nostalgia la belleza de los paisajes creados en la zona, la perfección constructiva de las instalaciones ya concluidas y las variadas ofertas culturales, recreativas y gastronómicas que en el parque se podían disfrutar.
A varias décadas de aquella experiencia inolvidable, he regresado al Parque Lenin, pero en esta ocasión para reflexionar acerca del paso del tiempo por este coloso recreativo cultural, nacido en los primeros años de la Revolución.
Los orígenes
El Parque Lenin fue concebido en 1969, durante una visita que hiciera el presidente Fidel Castro a la vecina presa de agua que en aquel entonces estaba en fase de terminación. Aunque las primeras obras comenzaron a funcionar desde 1971, no fue hasta el siguiente año que quedó fijada su inauguración.
Este forma parte de un complejo paisajístico propuesto para el sur de la ciudad de La Habana, con el objetivo de fomentar la recreación sana de la población y aumentar el escaso índice de áreas verdes per cápita heredado de épocas anteriores. La zona seleccionada, comprendida entre la calle 100, la Calzada de Bejucal, la carretera de El Globo y la carretera hoy llamada “a Expocuba”, en el municipio Arroyo Naranjo, abarcaba unas 670 hectáreas, y estaba integrada en su mayoría —con excepción de dos grandes fincas: Paso Seco y Cacahual—, por pequeñas parcelas dedicadas al autoconsumo de los campesinos de la zona, por algunas vaquerías y por tierras improductivas.
El equipo designado para realizar el proyecto estuvo dirigido por el arquitecto Antonio Quintana e integrado por los también arquitectos Mario Girona, Juan Tosca, Joaquín Galván, Selma Soto, Hugo D’Acosta, Mercedes Álvarez, Thelma Ascanio, Sara Blumenkranz y Rita María Grau, entre otros. A partir de los estudios preliminares del terreno, se concibió el parque con un carácter definido de bosque, sin aceras, ni construcciones urbanas y con la preeminencia del ambiente natural por encima de todo. Se creó, especialmente para este fin, un sistema constructivo prefabricado de hormigón armado sobre la base de una sola pieza que serviría tanto para columnas como para paredes y cubiertas, que podría ser utilizado en todo tipo de construcción. Otras premisas del proyecto fueron emplear el color blanco para todas las edificaciones y aprovechar en los diseños la plasticidad que brindaban las piedras que habían constituido los límites entre las fincas originales que integraban el territorio. También se planteó desde un inicio incorporar algunas de las construcciones aisladas que allí existían al complejo pues tenían posibilidades de ser adaptadas para las diferentes instalaciones del futuro parque. El sistema vial previsto para brindar acceso directo a las edificaciones y a sus áreas de parqueo se localizó casi siempre en el perímetro de la obra, de manera que atravesara solo en contadas ocasiones el paisaje a crear.
El parque fue levantado en una zona agreste, sin una flora propia de interés y en la que predominaba el marabú, especie altamente invasiva. Por tanto, toda la vegetación que hoy integra los bosques, así como la que complementa los espacios exteriores de las instalaciones, tuvo que ser transportada desde diversos lugares del país a veces muy lejanos. Otro de los esfuerzos más significativos en la creación de este parque fue que, debido a la mala calidad del suelo de la zona, hubo que excavar alrededor de cuatro millones de metros cúbicos de tierra vegetal para crear un nuevo sustrato que permitiera la siembra de los árboles, las arbustivas y el césped. Además, el proyecto paisajístico circundaba un pequeño embalse de agua que sería utilizado para hacer flotar el escenario de un anfiteatro, y que también fue creado artificialmente con este propósito. Alrededor de 80 000 árboles se trasplantaron en estado adulto, y entre las especies más abundantes se encontraban la caña brava, la yagruma, el ficus, el pino y la araucaria, el cedro, el almácigo, la carolina, el triplaris, la cyca y diversas palmáceas.
Además del diseño naturalista que protagonizaba el concepto del parque, fue creado un conjunto de instalaciones gastronómicas, recreativas y culturales para complementar el complejo. Entre las gastronómicas se destacan los restaurantes Las Ruinas, La Faralla y Los Jagüeyes; las cafeterías Infusiones 1740 y El Galápago de Oro; así como un total de trece quioscos diseminados por el parque. Entre las recreativas y culturales son significativos el acuario en forma de espiral y el anfiteatro al aire libre ya mencionado. Sobre dos estas obras incluyo reseña.
El sistema constructivo
El sistema constructivo fue diseñado por el arquitecto Juan Tosca con la participación del ingeniero Pimpo Hernández en la comprobación de los análisis estructurales. Contaba de una sola pieza prefabricada de gran flexibilidad de uso, que podía ser utilizada como cubierta, columna, pared o incluso como baranda. La pieza, en forma de canal, medía 1,50 m de ancho por 0,50 m de alto; el largo se determinaba en correspondencia con su uso proyectual y podía alcanzar hasta 10,50 m. A su vez, podía ser calada para usos diferentes. Todos los elementos fueron fabricados en una planta externa y posteriormente trasladados a su lugar definitivo.
Restaurante “Las Ruinas”
Concebido como una instalación de lujo, este restaurante se levantó sobre los restos de una edificación que existía en el área seleccionada. En su arquitectura se destacan los elementos prefabricados de ortogonal geometría que se superponen unos a otros formando diversas tramas espaciales, que llega en algunos momentos a ser más aparatosa que escenográfica. La estructura partió del sistema ideado para el parque, pero con la adición de una amplia gama de elementos atípicos que permitió la grandeza arquitectónica que se pretendía para esta obra.
Al igual que en sus instalaciones gastronómicas vecinas, en este restaurante se insistió en proporcionar al visitante el contacto directo con la naturaleza a la par que se disfrutaba de los servicios del lugar. El edificio se abre a su entorno a través de unos amplios ventanales de madera que cubren toda su altura. Un sistema de terrazas y balcones también facilita a los usuarios el disfrute visual del medio natural.
El restaurante se desarrolla en dos niveles. Se le puede acceder directamente desde las áreas de parqueo que le tributan o a través de un largo camino que conduce al acceso principal. En el piso bajo se ubicó un monumental vestíbulo que envuelve las ruinas de la vetusta construcción, resuelto en varios niveles y con espacios compartimentados en diversas funciones como las de esperar, conversar, escuchar música, entre otras. También en este nivel se ubicaron un piano bar de generosas dimensiones, los servicios sanitarios de todo el edificio y las correspondientes áreas de apoyo a la actividad. En el piso alto se localizó el salón principal para numerosos comensales, un salón de protocolo y las áreas de servicio.
De amplia superficie, el proyecto redactado por Joaquín Galván, propone la interacción de líneas modernas con elementos inspirados en la arquitectura colonial cubana. Así se mezclan la compleja estructura prefabricada de hormigón armado, con vitrales y rejas de ascendencia tradicional. Posee pisos de mármoles, carpintería de maderas preciosas y un mobiliario de estilo que incluyó varias piezas extraídas directamente de casas abandonadas por sus propietarios,
así como la reproducción de otras tantas que seguían modelos de probada frescura y fortaleza. Las barandas del piso alto, las de la escalera y las de los balcones, fueron trabajadas con herrería forjada que, de igual manera, reproducen modelos de la arquitectura colonial.
Los restos de la edificación existente en el sitio fueron consolidados y tratados con la siembra de musgo y plantas ornamentales, y sirvieron de elemento inspirador alrededor del cual se creó el ambiente del restaurante. Complementa la obra un gigantesco vitral emplomado multicolor diseñado por el pintor cubano René Portocarrero, que actúa como elemento de bienvenida a la vez que limita el gran salón comedor. En la actualidad, el restaurante funciona solamente en su planta baja; el nivel superior está desmantelado y cerrado al público, en espera de una próxima restauración. La exquisita carpintería del edificio, concebida de piso a techo con tablillas francesas, está en mal estado y para su cierre se emplean objetos ajenos al diseño original, lo que ofrece una imagen inapropiada, de abandono y falta de sensibilidad. El mobiliario del bar, que en sus inicios estaba integrado por mesas con tapas de mármol y reproducciones de sillas Thonet, ha sido sustituido por ejemplares plásticos, cubiertos con manteles baratos que desentonan con el lujo que aún se manifiesta en la instalación. Las lámparas de vidrio emplomado que complementaban el área todavía existen, pero indudablemente no forman parte del actual diseño del espacio interior. Las terrazas, donde otrora se exhibían juegos de muebles coloniales de hierro fundido, hoy están desamobladas o poseen mobiliario plástico.
Otro elemento muy importante que completaba el diseño de esta obra, era el estudio paisajístico de sus alrededores. Hoy día, aunque se mantienen los árboles, ya adultos y asentados en el sitio, cada visual hacia ese paisaje está contaminada por el resto de una pira con cenizas, producto de la quema de hojas y otros desperdicios. Hasta ese elemental detalle en el manejo de la instalación, que no requiere de grandes recursos económicos para ser resuelto, ha sido descuidado en el que fuera el restaurante más lujoso de La Habana.
El Acuario
Esta instalación fue concebida para peces de agua dulce, y su diseño original en forma de espiral permitió su localización en un terreno relativamente pequeño. En este sugerente proyecto la arquitecta Thelma Ascanio no empleó el sistema constructivo utilizado en el resto de las edificaciones del parque, y en su defecto creó otra gama de componentes prefabricados para darle forma al supuesto caracol. El acuario brindaba al espectador la posibilidad de un recorrido largo, pero agradable: las peceras ocupaban una pared de la senda mientras que la otra quedaba matizada por los colores de luminosos vitrales, hoy inexistentes. Como complemento de la exhibición de peces bajo techo fueron colocados algunos estanques al exterior; y se construyó un anfiteatro a cielo abierto, con escenario flotante y gradas talladas en la piedra, al cual se accedía desde el interior. Hoy el escenario no flota, pues el agua de estanque se seca la mayor parte del año sin mantenimiento, dejando al descubierto los camerinos que tenía por debajo la plataforma metálica y sobre la que actuó hasta la Orquesta Sinfónica Nacional. Entre las gradas de piedra crece la maleza, asemejándolo, paradójicamente, a un teatro romano perdido en el Caribe insular.