En pleno corazón del barrio habanero El Carmelo, resulta llamativa una iglesia que posee una arquitectura de acabado incompleto. Sus orígenes se remontan a los inicios de los procesos de urbanización de la región, durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando la ciudad intramuros se ensancha hacia el oeste, en la zona que hasta ese momento se hallaba vedada por el Gobierno español. Tras más de un siglo, todavía la luz del cielo la atraviesa sin obstáculos, entre sus arcos desnudos sin bóveda y en la torre campanario, infinita por la vertical de su estructura sin techar.
La hoy Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, concebida como Iglesia del Carmen, se ubica en la calle 16 entre 13 y 15 del municipio Plaza. El edificio parece detenido en el tiempo, en una espera centenaria por, acaso, ver completado su diseño. Sin embargo, ello no ha interrumpido su propia historia, a la que han contribuido diversas figuras, incluso una mujer que fue artífice, en pleno siglo XIX, de su construcción. Con ese peculiar aspecto físico, la parroquia es símbolo para la comunidad católica que en ella se reúne y para las personas de sus alrededores, por ser este un lugar donde también se realizan múltiples servicios humanitarios y de formación, que aportan al desarrollo social de El Carmelo.
En 1858 el Ayuntamiento habanero aprobó el proyecto urbano propuesto por Domingo Trigo y Juan Espino para parcelar una barriada en la zona entre el río Almendares y las calles 21, Paseo y la Línea de la costa, de un poco más de 100 manzanas cuadradas de 100 metros de largo. El proyecto contemplaba unas cuadras destinadas a parque, escuela y parroquia, por las calles 13, 15, 14, 16 y 18. El Carmelo, nombre con el que se bautizó la nueva urbanización, se consagró a la Virgen del Carmen, protectora del mar, hecho no casual por ser la costa parte de sus límites fronterizos.
La iglesia tuvo como antecedente una capilla provisional dedicada a dicha advocación mariana, establecida en el paradero del ferrocarril urbano por Línea y 18, y que fue bendecida en 1860. Impulsada por María del Carmen Hernández de Espino, esposa de Juan Espino y quien era muy devota de esta virgen, el espacio se creó para atender las necesidades espirituales de una comunidad que comenzaba a crecer.
La colocación de la primera piedra del templo, en la manzana del proyecto de Trigo y Espino, se llevó a cabo en 1872. Para su levantamiento se aprobó el diseño del arquitecto e ingeniero cubano Arcadio Sequeira y Sequeira (1841-1903), que planeaba una fachada de acentuada verticalidad, rematada por una torre central con reloj. Elevada por encima del nivel de la calle, la composición integraba elementos del gótico, ojivas, pináculos y ciertos detalles ornamentales.
María del Carmen Hernández de Espino desempeñó un rol decisivo en este proceso, al fomentar, con empeño infatigable, colectas, donaciones, préstamos y su contribución personal, para finalizar el templo. Sin embargo, del proyecto original solo llegó a ejecutarse una parte de la fachada y los dos primeros arcos debido a limitaciones y dificultades económicas. Aun así, la iglesia fue bendecida y abierta al público el 29 de septiembre de 1883, pero su promotora falleció al año siguiente y dejó una cuantiosa deuda al hipotecar el terreno para sostener su construcción. Al no poder saldarse, el edificio quedó en manos de un acreedor.
A inicios del siglo XX, la Orden de Predicadores adquiere el inmueble y, a partir de 1917, su historia queda vinculada al fraile dominico de origen español Reginaldo Sánchez Pastor. Fue él quien asumió la tarea de rescatar y agrandar la edificación que durante años había permanecido deteriorada e incompleta. Gracias a su perseverancia, se emprendieron importantes trabajos de reparación, que él mismo ejecutó, se extendieron dos capillas laterales en 1924 y se puso en marcha un ambicioso proyecto de expansión que pretendía prolongar las naves y dotar al conjunto de una mayor monumentalidad gótica. Defensor también del entorno urbano de la iglesia, luchó por preservar el parque en sus inmediaciones como parte integral del conjunto y zona de encuentro de la vecindad. Reunió recursos mediante donaciones y el apoyo de los propios vecinos, y escribió artículos en publicaciones seriadas de la época y de los dominicos, además de ofrecer charlas que sensibilizaran al público sobre la importancia de recuperar el edificio. De manera paralela, desarrolló una intensa labor social dirigida, sobre todo, a niños y familias de escasos recursos, con catequesis, ayudas caritativas y diversas iniciativas de acompañamiento. Su entrega convirtió a la iglesia en mucho más que un espacio de culto: la transformó en un centro de solidaridad y vida comunitaria. Tras su fallecimiento en 1952, las obras de ampliación quedaron detenidas y muchas de las acciones que habían dado dinamismo a la comunidad perdieron fuerza con el paso de los años, aunque la memoria de su misión y su compromiso con el barrio permanecieron muy arraigados entre los vecinos. En su homenaje se erigió un monumento con su busto, en el parque frente al templo, del artista cubano Lázaro Calvo Cortina, que aún hoy mira hacia el lugar al que dedicó gran parte de su vida.
Dentro de los programas de obras públicas del gobierno de Batista, en los años cincuenta se valoró la demolición de gran parte de la edificación. La propuesta generó polémica entre arquitectos y miembros de la comunidad que defendían su valor histórico y simbólico. Aunque no llegó a concretarse, sí se construyó un Dispensario Médico de la Organización Nacional de Dispensarios Infantiles, actual Policlínico de 15 y 18, y un moderno local, originalmente destinado para escuela de niños pobres, que se habilitó como capilla provisional, lo que permitió mantener el culto activo a pesar de las limitaciones físicas del inmueble. Con el paso de los años, la antigua iglesia quedó relegada y sufrió un progresivo deterioro, mientras la actividad religiosa se desarrollaba en las áreas adaptadas del conjunto.
Ya entrado el siglo XXI, se acometen trabajos de recuperación que permiten rehabilitar la cubierta del templo y devolver a plenitud el espacio original a su función litúrgica. La zona posterior e inconclusa del inmueble se ha mantenido inalterada y ha conservado el carácter de ruina arquitectónica que ha distinguido a este edificio y lo ha convertido en uno de los paisajes patrimoniales más singulares de El Vedado. Una nueva etapa comienza en enero de 2023 con el regreso de los frailes dominicos y la llegada del fraile brasileño Celio de Padua Garcia. Bajo su guía concluyen importantes labores de restauración, entre ellas la reparación definitiva del techo y de la puerta de la sacristía, la modernización de la cocina y la incorporación de nuevos equipos de lavandería para el cuidado e higiene de los adultos mayores beneficiarios de los programas asistenciales.
En la actualidad, gracias a la Orden de Predicadores y la colaboración del Centro Asistencial de la Asociación Cubana de la Orden de Malta, con sede en dependencias del conjunto parroquial, se realiza un amplio trabajo de apoyo comunitario. Entre las acciones más significativas destacan la entrega mensual de alimentos a personas mayores, desayunos y almuerzos para ancianos y familias en situación de vulnerabilidad, así como el respaldo a otros comedores sociales de La Habana y al cercano Sistema de Atención a las Familias (SAF). A ello se suman jornadas de distribución de medicamentos y ropa, la atención a niños con discapacidades intelectuales y físico-motoras, y la entrega de insumos esenciales para la asistencia a ancianos encamados.
También se hacen las Escuelas de Verano, una gran escuela de arte que reúne cada año a cerca de un centenar de niños procedentes de la comunidad y de otras parroquias dominicas en el periodo estival. A lo largo de dos semanas, los participantes reciben talleres gratuitos de pintura, música, literatura, danza, títeres, costura, entre otras actividades educativas. El programa culmina con una presentación cultural en la que los niños comparten con familiares y vecinos los conocimientos y experiencias adquiridos. Más allá de su dimensión recreativa, la iniciativa busca despertar la sensibilidad artística, fomentar valores culturales y de convivencia mediante la creación y el aprendizaje compartido.
Todas estas acciones son posibles gracias a la generosidad de donantes, benefactores, negocios privados e instituciones que, con sus aportes, sostienen la conservación del patrimonio arquitectónico y los numerosos proyectos sociales y culturales que dan vida a este emblemático espacio de la ciudad. Las contribuciones pueden impulsar, además, futuros programas de la comunidad y permitir la continuación, durante todo el año, de las actividades artísticas y formativas dirigidas a niños y jóvenes, que refuercen la creatividad, la sensibilidad estética y el fortalecimiento de los vínculos comunitarios a través del arte.
La estructura arquitectónica abierta en las áreas inconclusas del santuario, debido a su inconfundible belleza, ha servido de escenario para exposiciones, sesiones de fotos, conciertos, presentaciones navideñas, producciones audiovisuales de Ars Longa, filmaciones cinematográficas y proyecciones de cine al aire libre, que han favorecido la revitalización del inmueble y su labor cultural.
Por la significación histórica para El Carmelo y El Vedado, y estar ubicada en el mismo barrio donde nació la revista Social, en las ruinas de la iglesia se organiza la inauguración de la exposición Re:Cover – SOCIAL 1916, a celebrarse en los últimos meses de 2026. Con autoría de la fotógrafa Yvi Tsakiris (Austria, 1987), la muestra establece un diálogo entre las portadas de la revista original y su reinterpretación contemporánea a través de la fotografía. El evento en dicha locación es gran relevancia al activar un inmueble histórico como lugar de encuentro cultural respetuoso, que genere una experiencia estética en relación al arte, la memoria y la arquitectura, y que, por tanto, contribuye a su preservación simbólica y material. En un gesto de gratitud y solidaridad con la Orden de Predicadores y la comunidad, una parte del por ciento de los ingresos provenientes de la venta de las fotografías se donará a la parroquia y sus servicios humanitarios, lo cual generará un impacto positivo tangible para la localidad. La historia de la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario ha estado marcada por personas que han hecho suyo este lugar: desde María del Carmen Hernández de Espino, impulsora de su construcción, y fray Reginaldo Sánchez Pastor, incansable promotor de su crecimiento, hasta quienes hoy continúan su legado. La parroquia es, asimismo, un espacio de comunión en múltiples dimensiones. En su tradición cristiana, representa el Cuerpo de Cristo, donde los fieles se congregan y participan del misterio de la Eucaristía, unidos en una misma fe. Esa vocación trasciende los límites del templo y se proyecta hacia la ciudad a través de la sostenida obra social en favor del bienestar de sus vecinos. A ello se suma la singularidad de su arquitectura gótica inconclusa, cuyas áreas abiertas establecen un diálogo con el entorno urbano de El Carmelo, en una comunión que deviene símbolo identitario para la localidad y su imaginario colectivo.