Plan Forrestier

Las Exposiciones Universales realizadas en París durante los años 1905 y 1925 cristalizaron en la intelectualidad artística occidental como los ejemplos más consolidados de civilización y desarrollo moderno. Si bien la primera (1905) fue más general en su contenido –por abarcar todas las ramas de la industria y la ciencia finiseculares- la exhibición posterior (1925) sentó las principales tendencias de la arquitectura y el urbanismo vigentes en Francia, que luego irradiarían hacia todas las ciudades del mundo en vías de amplificación urbanística. Precisamente a raíz de la Exposición Universal de Artes Decorativas e Industriales Modernas de 1925, se difundió y popularizó el Art Decó -de denominación y surgimiento totalmente francés- como el estilo arquitectónico más importante de las cuatro primeras décadas del siglo XX.

El objetivo principal de esta muestra consistía en sintetizar en un mismo estilo el gusto refinado de la época moderna, exponente de una nueva mentalidad abierta a transformaciones más transgresoras y arriesgadas. Pero qué era lo moderno y cómo. En la exposición de 1925, los pabellones invitados no debían mostrar más que obras y diseños arquitectónicos de estilo Art Decó pues definirlo seguía siendo la mayor polémica de aquellos tiempos[1]. Finalmente se optó por consolidar y hacer expandir el Art Decó (abreviatura de Artes Decorativas), estilo de estructuras rectilíneas y severas que, mediante la simplificación de líneas y formas, hallaba su propuesta más sugerente afín a las demandas de los procesos de industrialización, y la democratización de la economía. Además (…) París venía siendo desde hacía tiempo una de las principales capitales mundiales del lujo y la moda, la ciudad del placer, la libertad y el consumo modernos. Era precisa una muestra internacional que evidenciara y reafirmara el predominio francés en este terreno, y que reforzara su prestigio ante la presencia de nuevos fuertes competidores.

En La Habana, el gusto por el Art Decó dio al traste con la modalidad arquitectónica más utilizada durante la década del ‘20 hasta finales de los años ‘40, a través de la obra de más de una decena de maestros e intelectuales cubanos que habían asistido a la Exposición Universal en 1925, pero especialmente dos de los arquitectos de mayor trascendencia: Joaquín Weiss y Alberto Camacho. En contraste con el Art Nouveau –de aparición casual y azarosa en el contexto capitalino– el nuevo estilo se extendería por toda la capital cubana como expresión genuina de modernidad, en tanto constituyó la alternativa de los jóvenes arquitectos para superar las formas eclécticas y por estar a tono con las propuestas en boga; sin dejar de mencionar el papel que jugó éste en la conformación de la imagen urbana de la ciudad.

En la misma década del ‘20, otros factores de tipo económico y social contribuyeron a la asimilación del nuevo estilo. Alrededor de 1927, se inició en Cuba el periodo de Vacas Flacas, llamado así por el colapso de la economía proveniente del comercio azucarero que afectó las altas esferas de la sociedad. En este sentido, la aplicación del Art Decó, además de proponer una expresión renovada y limpia de recargamientos, era menos costosa al realzarse la verticalidad y resistencia del edificio, en detrimento de las lujosas tecnologías de construcción como el cristal o el hierro. Por otra parte, en la misma época cobran auge programas arquitectónicos devenidos verdaderos manuales para los arquitectos al mando de las obras principales de ingeniería. En especial resaltaron las revistas Colegio de Arquitectos de La Habana y El Arquitecto, publicaciones mediante las cuales se anunciaban regularmente las últimas tendencias y modelos de Francia, con especial énfasis en la obra de Le Corbusier[2].

Se desarrollan entonces dos tendencias paralelas de Art Decó en La Habana, a partir de la primera construcción realizada en 1927. La primera fue de ascendencia puramente francesa, y abarcó hasta los años ‘30 con los primeros influjos de la arquitectura norteamericana y se utilizó sobre todo en las residencias privadas de la burguesía habanera. La segunda se constituyó en un sentido más ecléctico, preferido por las grandes obras del gobierno con función política o social, y de mayor presencia urbana.

Dentro de la primera línea arquitectónica se construyó la residencia de Francisco Arguelles (5ta Avenida No. 2201, esq. 22, Miramar) como parte de un concurso privado lanzado en 1927. Su modelo se inspiró en el Pabellón de las Galerías Lafayette mostrado en la exposición de París dos años antes. Contó con un acceso central jerarquizado en forma de torre y flanqueado por portales a cada lado, y una decoración interior sobria a cargo de la firma Ballesteros y Cía. Así como otras construcciones del período, la residencia integró varias manifestaciones artísticas, como fue el relieve del escultor Juan José Sicre alusivo al conflicto entre el nuevo estilo y las anticuadas formas clásicas. Otros ejemplos fueron la residencia de María Biosca en 1928 (Línea No. 775 entre Paseo y 2, Vedado) y la de José Manuel Coroalles (10 No. 515 esq. 7ma, Miramar), ambos, ejemplos cimeros de modernas edificaciones de lujo con aspecto Art Decó. Pero sin dudas, el punto culminante del estilo se logró con la residencia de Manuel López Chávez (Ave. 41 No. 4207, esq. 42 A, Kolhy, Playa) en 1932. Esta brindó una concepción integral del nuevo estilo al abarcar todos los aspectos arquitectónicos y de diseño exterior e interior, desde la jardinería hasta la configuración de los pisos, el mobiliario y la iluminación.

Dentro de la tendencia ecléctica, sobresalió la residencia de Juan Pedro Baró y Catalina Lasa (Paseo No. 406 e/ 17 y 19, Vedado) construida en 1927 por Evelio Govantes y Félix Cabarrocas. Sus propietarios residían en París la mayor parte del año, por lo tanto prefirieron combinar la sobriedad del Art Decó con lo exótico de las vanguardias europeas de los años ‘20s como el expresionismo y el cubismo. El diseño interior estuvo a cargo del afamado diseñador francés René Lalique, quien posteriormente realizaría el panteón de la familia Baró-Lasa, uno de los más imponentes de la Necrópolis de Colón. Mientras, los edificios sociales más destacables fueron el Hospital Maternidad (G entre línea y 11, Vedado), por Govantes y Cabarrocas; la Biblioteca Central de la Universidad de la Habana, realizado por Joaquín Weiss en 1937; el Balneario del Casino Español del mismo año por Honorato Colete, el Pabellón de Cuba en la Feria Mundial de Chicago en 1933, y el edificio sede del periódico El País (Reina entre San Nicolás y Rayo). Pero el edificio de la familia Bacardí, a cargo de los arquitectos Esteban Rodríguez Castells, Rafael Fernández y José Menéndez, resultó definitivamente el ejemplo más sólido y fastuoso del despliegue del Art Decó en La Habana.

La escala urbanística de la ciudad

No solo la arquitectura doméstica y social sintieron la presencia de Francia mediante la aplicación del Art Decó, sino que los influjos occidentales se apreciaron aún a escala urbanística. En el mismo período republicano del ‘20, el modelo de desarrollo urbanístico de la ciudad de La Habana lo llevó a cabo el arquitecto y paisajista francés Jean Claude Nicolas Forestier, a través de un plan de reformas urbanas más conocido como el Plano Regulador de La Habana y sus Alrededores o Plan Forestier, a realizarse entre 1925 y 1926. El plan se inspiraba en el modelo ideal de ciudad moderna desarrollado en el trazado urbanístico de París por Haussmann, de quien Forestier había sido discípulo durante sus estudios en Francia. Por ende, la idea original consistía en re-adecuar La Habana a imagen y semejanza de la capital francesa, haciendo énfasis en la jardinería y la interacción de lo arquitectónico con lo urbanístico.

A tamaña empresa se sumaron los mejores arquitectos franceses de la época, algunos galardonados con el Premio Roma como Eugéne Beaudoin, Jean Labatut y Louis Heitzler, y otros cubanos de igual talla. De modo general, el proyecto abarcaba una población de 700 000 habitantes, siendo concebido desde la macro-escala de la ciudad y sus alrededores, hasta la micro-escala del piso de la Plaza de la Catedral, inspirado en el piso de la Plaza del Capitolio en Roma realizado por Miguel Ángel. Forestier, coincidiendo con los criterios de los arquitectos Montoulieu y Martínez Inclán, partiría de la Plaza de la República como foco central del trazado. De ahí irradiarían en forma cilíndrica el resto de las avenidas: hacia el río Almendares terminando en el Bosque de La Habana (Vedado), hacia el Castillo de Atarés y hacia la Plaza de la Fraternidad, además de ensanchar otras arterias ya existentes. Al conectar estas avenidas radiales a modo de anillos concéntricos, se establecía un enlace entre estos puntos de desarrollo, útil para el futuro crecimiento de la ciudad.

El Plan Forestier contempló además otros proyectos aislados como fueron: la conversión del Castillo del Príncipe en un museo con una gran escalinata de acceso cuyo eje se centraba con la avenida Carlos III; la estructuración de la Avenida del Puerto y la Avenida de las Misiones; la modificación del Paseo del Prado en su forma actual, originalmente pensado con aspecto Art Decó (aunque no llegó a ejecutarse); la creación de la Plaza de la Fraternidad y el Parque Central, los jardines del Capitolio Nacional, la extensión del Malecón habanero y sobre todo, los procesos de embellecimiento de las grandes avenidas G y Paseo, en la zona del Vedado. Aunque varios de los aspectos trazados en el plan inicial resultaron incompletos, la labor de Forestier en La Habana representó la entrada del epílogo de Beaux Arts, al tiempo que suscitó la modificación de la ciudad a partir del modelo parisién, exponente por excelencia del espíritu moderno y la elegancia de la época. A decir del maestro y arquitecto cubano Mario Coyula: la obra iconoclasta del maestro suizo-francés Le Corbusier también influyó en el campo del urbanismo, sobre todo el espejismo de la torre de viviendas rodeada por áreas verdes, adoptadas para los grandes conjuntos de bloques aislados construidos masivamente a finales de los ‘50 y sobre todo en los ‘60, donde quedó al descubierto toda la rigidez deshumanizada del maestro[3].


[1] En la exposición de 1925, los pabellones invitados no debían mostrar más que obras y diseños arquitectónicos de estilo Art Decó.

[2] Francisco Javier Pérez Rojas. La Exposición de Artes Decorativas de 1925, en Antigrama, No. 21. 2006.

[3] Mario Coyula. De la flor de lis a la mariposa. Apuntes sobre la influencia francesa del Art Deco en la arquitectura.

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