Para cualquier sociedad que aspire a perdurar y a vivir en armonía, la educación ha de estar entre las primeras prioridades. Esto es una regla generalmente aceptada. Sin embargo, en la práctica muchas civilizaciones han declinado por desobedecerla; es decir, por no haber sido capaces de trasvasar su alma de unas generaciones a otras. Nuestro país, enfrascado en largas luchas por la soberanía, apenas ha tenido periodos de sosiego en los que completar tan delicada operación, la cual requiere de años o, idealmente, de siglos. A nuestro pueblo le ha faltado tiempo de estabilidad social, y, ya sea por razones progresistas o reaccionarias, ha visto postergada la hora de materializar sus ideales y recoger el fruto de sus sacrificios. Somos, en consecuencia, un proyecto social inacabado, altivo pero lleno de frustraciones, alegre pero desventurado, precioso por su esencia y también desgarrado de fealdad. No hemos podido, aún, realizar nuestro potencial. Buena parte de nuestras virtudes ni siquiera las hemos descubierto. No nos reconocemos en nuestros próceres, ni en nuestros marginados. Nuestra propia circunstancia cotidiana nos resulta fatalmente extraña. ¿Qué otro camino nos queda que hacer hincapié –a través de la educación– en nuestras luces y puntos fuertes? Demasiado tiempo estos han permanecido ocultos a los ojos de las nuevas generaciones.
Sucede que nuestra instrucción pública en general ha fracasado en su función educadora, como también ha ocurrido en otras partes del mundo. Ya en el siglo xix, Félix Varela subrayaba el recurrente equívoco entre educación e instrucción: esta última imparte lo que en teoría conviene aprender, mientras que la educación asegura lo que nos es vital; por ejemplo, el despertar del sentimiento patrio y la creación de valores. Pudiera argüirse que el sitio donde se intenta toscamente enseñar lo útil no es el más adecuado para sembrar delicadamente lo más útil. El caso es que, hoy, nuestra ignorancia de los elementos constitutivos de la nación es tal que toda la fuerza intelectual de Cuba debería estar volcada en la tarea de formar, de corazón a corazón, a nuestros ciudadanos, empleando recursos personales, alternativos, y enarbolando “liso y hondo” el lenguaje de este tiempo.
Un rasgo común de nuestros principales pensadores ha sido una lúcida obsesión con la tarea educativa, y ello se debe a que la crisis de valores en Cuba ciertamente no es nueva. Por ello, para Martí, “sentarse a hacer libros, que son cosa fácil, es imposible, porque la inquietud intranquiliza y devora, y falta el tiempo para lo más difícil, que es hacer hombres”. En realidad siempre, o casi siempre, ha faltado el tiempo para esto –los resultados están a la vista.
Al linaje de pensadores que comprendieron claramente que no habrá felicidad ni futuro sin un esfuerzo denodado en el terreno de la educación, pertenece Medardo Vitier. Como abanderado de los avances éticos y pedagógicos en nuestro país, Vitier sigue, no sólo cronológicamente, a Enrique José Varona, a Luz, a Varela. Uno de sus méritos al margen de su obra manuscrita, es haber promovido la formación de maestros a través de las llamadas Escuelas Normales, cruzada en la cual llegó a ocupar, brevemente, la secretaría nacional de Educación.
Al comienzo de su libro Las ideas en Cuba, escribe Vitier:
Todo adelantamiento en lo intelectual y en lo moral es siempre obra de minorías. Estas, al menos, son las iniciadoras y las propulsoras, sin que olvidemos la vinculación de los guiadores con las masas a favor de quienes se efectúa el cambio. En realidad el aliento renovador emerge de la comunidad. Amorfo, desorientado al principio, halla al cabo cohesión y claridad, en las conciencias superiores. Unos pocos van superando las creencias, los valores, las costumbres; la discrepancia con lo establecido origina en ellos el fervor de la propaganda, y pronto se plantea la pugna de lo nuevo frente a lo viejo. En la inevitable inquietud del tránsito de una sociedad a otra, pocas veces se disciernen con imparcialidad los ingredientes buenos y malos que componen lo viejo y lo nuevo.
Nacido en 1886 en Rancho Veloz, provincia de Las Villas, la formación de Vitier fue en buena medida autodidacta. Casó en segundas nupcias con María Cristina, hija del coronel mambí José María Bolaños, ascendido póstumamente a general. De ese matrimonio nació el escritor Cintio Vitier, quien, además de su hijo natural, fue casi una extensión de su ser espiritual. Al leer a ambos autores se notan los movimientos de una mente diáfana a la par que generosa, y llama la atención una semejanza de fondo, sin desmedro de la originalidad, cual si se hubiese cumplido el ruego expresado por Cintio en este poema dedicado a su padre, dos años después de su muerte, acontecida en 1960:
DICHO EN EL ALMA
Querido pesador de caña,
querido filósofo,
hijo del cazador de venados,
del carpintero que hizo la mesa donde escribo,
del lector de la Biblia
que una tarde, en un sendero de Las Villas,
vio todos los animales de la creación;
hijo de Luz, de Varela, de Varona,
querido niño estudioso,
querido orador,
amado anciano y maestro,
poeta, padre mío, suave estoico,
espíritu radiante,
no me abandones.
Cuando la filósofa española María Zambrano vivió en La Habana entre 1948 y 1949, tuvo la alegría de conocer a un conjunto deslumbrante de poetas jóvenes, y de entablar con algunos de ellos una amistad perdurable. Los miembros de este grupo no eran otros que José Lezama Lima, Cintio Vitier, su esposa Fina García Marruz, Eliseo Diego, y los demás amigos que hacían la revista Orígenes. Zambrano escribiría luego un artículo donde da testimonio de la entrañable revelación de Cuba que recibió a través de ellos. La experiencia descrita en ese texto (“La Cuba secreta”) viene a mostrar que el pensamiento cubano había dado una decidida vuelta de tuerca, por virtud de la mirada poética.
Aquellos jóvenes creadores, por entonces desconocidos, no tardaron en inaugurar una Edad de Oro de nuestras letras. Asimismo encarnaban –no sólo postulaban– la premisa de “la pobreza irradiante”; y nunca dejaron de vivir de modestos trabajos y pequeños sueldos. Si en su día hubiesen podido fundar un centro cultural, ¿cómo hubiera sido este?, ¿qué esplendores hubiera irradiado hacia su indiferente entorno, y hacia el resto de la sociedad? Uno recuerda los apuntes póstumos de Lezama encontrados por Cintio acerca de la misteriosa “casa del alibi”. En ellos Lezama comienza diciendo en la lengua del sueño y de la profecía:
Respondedme, ¿está reciente, recién sacudida y recién nacida la casa del alibi?
Esta casa es un lugar que es también el que penetra en ella. Es un sitio, un estado, un espejismo, y simultáneamente es José Martí, alguien concreto que fue, y un símbolo de lo que habrá de ser. La casa del alibi está en la séptima luna de las mareas, donde la imaginación engendra el sucedido. Su mera alusión nos revela, como de pasada, que la cultura y la identidad no pueden heredarse exteriormente, pues su encontronazo consiste casi por entero en el peso misterioso de un deseo.
¿Podemos imaginar hecha de bloques, vigas y cemento, la casa del alibi? ¿Puede tener plantilla, custodio, dirección postal? ¿Puede la isla secreta ser otra cosa que un soplo clandestino? Y lo que alienta en el secreto, en la intensidad, en el espíritu de lo errante, ¿puede tener casa duradera, habitable, cuyo enigma recorra como una descarga a los que tocan su aldaba? ¿Seremos capaces, en definitiva, de crear tal organismo poético desde sus cimientos? ¿O será esta casa uno más de los tantos sueños incompletos que se ha intentado fundar sobre nuestras arenas movedizas?
Hoy estamos aproximadamente en situación de contestar a estas preguntas, pues hace un año, en una esquina del corazón de La Habana Vieja, se fundó el centro cultural Casa Vitier García Marruz. El propósito de este sitio es preservar un tesoro intangible: el legado vital de una constelación de cubanos ilustres. Nos llevará la vida entera crecer hasta él, ordenarlo, incorporarlo, sabiendo que compartir es el único modo de ahondar en lo intangible, y simultáneamente acrecentarlo.
Por otra parte, a lo largo del primer año de existencia de este centro, la voz de la propia ciudad que lo acoge se ha sumado al reclamo de Martí y de José de la Luz, de no descuidar la tarea más difícil, aquella para la que siempre falta el tiempo, y de la que sin embargo, depende todo.
Todos vivimos hoy, bien lo sabemos, en los sueños incompletos de otros. Cada acto fundacional se yergue sobre un campo de sueños olvidados. Si dolorosos son los sueños que no se cumplen, más lo son los que casi llegan a ser. Hay tantos de estos a nuestro alrededor, que uno piensa: tal vez sea siempre así. Por eso en un dintel interior de la Casa Vitier García Marruz se ha colocado esta línea de Petrarca: In rena fondo e scrivo in vento. “En la arena fundo y escribo en el viento”. Este verso, adoptado por Enrique José Varona como divisa existencial, también podría haberlo firmado Eusebio Leal, pues él supo levantar un estandarte capaz de mover por igual a optimistas y pesimistas, y convocarlos al cumplimiento irrenunciable de lo que Cuba necesita y merece. Este centro cultural fue su último empeño en favor de la Ciudad y la Nación; y las palabras de Cintio el día que fundamos la revista literaria La Isla Infinita, hace 25 años, nos acuden ahora, como acabadas de escribir:
Donde haya un espacio de gracia, de imaginación, de belleza, está la Patria y está su defensa. De tal seguridad partimos al levar el ancla de esta navecilla que quiere ser metáfora del destino de Cuba en el mundo, y del mundo en Cuba.
En realidad sólo dos personas en el mundo han llevado los apellidos Vitier García-Marruz: los compositores Sergio y José María. Su música es parte de ese maltratado misterio que nos acompaña, que llamamos identidad nacional. Entre el trabajo cotidiano en la Casa consagrada a sus nombres, esa música nos esclarece y nos cuida, como un angel sin nombre.