París como ideal de la moda y el buen gusto habanero

Iniciado el siglo XIX ya se advertían rastros notables de la moda francesa en la vestimenta de la burguesía habanera, como fue el caso de la influencia que tuvo en las damas el estilo Directorio y el estilo del Primer Imperio Francés, mientras que los caballeros se ajustaban a la línea cortesana del habit a la François. Sin embargo, no es hasta finales de esta centuria y comienzos de la siguiente, que se acentúa el gusto por la moda parisina como consecuencia de los continuos viajes de los habaneros a Europa. Incluso, luego de la instauración del gobierno norteamericano en la isla (1902) y la paulatina aprensión del american way of live, Francia siguió portando el canon de la elegancia per se, tanto femenina como masculina.

En las primeras dos décadas del siglo XX, se detectaron en La Habana más de una docena de casas de comercio pertenecientes a mujeres francesas, modistas o costureras en su gran mayoría, que revitalizaron la moda occidental en dicha epata. Existían dos modalidades fundamentales de estas casas de modas: los talleres formados a la usanza de pequeñas empresas, con todo un cuerpo de costureras y aparatos industriales, y las costureras independientes –mulatas generalmente- que tomarían el gusto por el vestir refinado de sus amos criollos en la etapa colonial. Para entonces, estos negocios particulares se concentraban especialmente en la zona de Obispo y en calles aledañas como O’Reilly, Villegas y Mercaderes –el Broadway de La Habana.

Abundaban los bordados hechos a mano y el uso desmesurado del encaje, el hilo y la seda, como sucedía en su homólogo parisino. En la calle Obispo radicaban modistas francesas de gran fama internacional como Madame Laurent, la corsetera Madame Monin y las sombreras Madame Souillard, convirtiéndose en la arteria que contenía los diseños de mayor estilo, lujo y valor por importar los productos originales desde París. Así mismo, hubo otras corseteras independientes como las hermanas Tapie en Muralla, y la modista Madame Marie Copin –en Compostela entre Obispo y Obrapía-, prestigiosa por renovar el ajuar de la bailarina Ana Pávlova de visita por La Habana.

Respecto a las tiendas y comercios del gobierno, figuraban en la misma área citadina algunas exquisitas como La Villa de París, El Correo de París y La Francia, además de la famosa sastrería de hombres de Stein, en O’Reilly. Durante las primeras dos décadas del siglo XX, este tipo de establecimientos reproducían en su exterior la tienda de vidrieras típicas de la rue de la Paix en París, priorizando los grandes ventanales de cristal como medio propicio para mostrar las telas y los diseños de afuera hacia adentro y viceversa. Se ofrecían todo tipo de aditamentos que estuviesen en boga en Francia: vestidos de encajes, gasas bordadas en color, buratos, la modernísima tela radium, así como disimiles tejidos (hilo, algodón y lana). Los diseños ocupaban al unísono los registros más variados: desde la toilette femenina hasta el ropón, la kimona del deshabillée matinal y el traje de recepción. Algunos ejemplos de las mejores tiendas de alto diseño hasta 1920 fueron: La Oriental en Obispo entre Aguacate y Villegas y Le Printemps en Obispo y Compostela, precursora en desarrollar el estilo chic parisién. A propósito de la incidencia que tuvo Obispo en los primeros años de la República por resultar ser la meca del comercio y la moda en La Habana, publicara la revista El Fígaro en 1907:

“… (Obispo) encantadora avenida de obligado desfile vespertino para todas las hermosas, para el mundo elegante, para la sociedad fashionable (…) En la vía de europeización emprendida por el comercio habanero que tan rápidamente ha aclimatado entre nosotros gustos exóticos de indiscutible refinamiento: plasmado en molde novísimo el aspecto de la ciudad que cada día va perdiendo más su sórdido aspecto colonial, corresponde en esa gran metamorfosis de timbres muy altos Le Printemps”7.

Otro tipo de negocios traídos desde la capital francesa fue la venta de perfumes y fragancias, siendo la Casa Guerlain, creada en 1917 en el Paseo del Prado, la perfumería más reconocida mundialmente en Cuba durante la etapa republicana; signo excepcional de la conjunción entre el mercado francés y el cubano. La Boutique Guerlain constituía la franquicia de la casa Saint Remy ubicada en París y traía a la capital antillana la predilección hacia los buenos olores, elemento este detonante de una posición económica respetable y el buen gusto. La Eau de Cologne Imperiale, que sería su mezcla más codiciada, se convertiría en los años 20 en la fragancia predilecta de las esposas de los sucesivos presidentes al mando en los gobiernos de turno.

A pesar de la rápida asimilación de los códigos vestimentarios norteamericanos al interior de la alta clase habanera, aún en los años 20 republicanos Francia continuaba a la vanguardia en lo que ha moda se refería. Las damas de la etapa apenas simpatizaban con las telas y diseños traídos de Estados Unidos, mientras cada vez más se extendían y proliferaban las casas de comercios de propietarios franceses. A decir de Reneé Méndez Capote:

“En 1915 todavía el cubano miraba hacia Francia como punto focal de la cultura; se aprendía preferentemente el francés; se importaban telas, comestibles, vinos, modistas y sombrereras francesas. Lo yanqui aún era ignorado o despreciado como cosa inferior. En el terreno de la costura no había mujer cubana rica, mediana o pobre que concibiera siquiera las confecciones norteamericanas, que estaban lejos de haber conquistado el mercado cubano. Las telas de seda venían de Francia; el olán y el nansú, la muselina y el organdí, el velo de religioso y los casimires (…)8

Como resultado de la amplia expansión comercial que paulatinamente fue dándose en La Habana, Obispo deja de ser el núcleo principal de la elegancia y la moda, para trasladarse a otra arteria de mayor popularidad durante los años cuarenta y cincuenta: la calle Galiano. En estos mismos años los arquitectos residentes en la capital se apropiarían de una nueva modalidad arquitectónica afín al comercio moderno. Esta fue la tienda por departamentos, gran almacén diseñado en plantas con escaleras mecánicas, ascensores y aire acondicionado,proveniente de las primeras big stores norteamericanas que aquí iniciaría con la realización de El Escándalo o “el bazar de las 40 puertas”.

Desde entonces, las calles Galiano y San Rafael pasaron a ser las médulas comerciales por excelencia en la ciudad tras la creación de establecimientos de gran repercusión social como La Época, Fin de Siglo, La Casa Quintana, La Ópera y Flogar. Además de constituir grandes tiendas de variedades donde lo francés siempre tuvo prioridad, este tipo de comercio resultó en los 40’s el símbolo más sofisticado de lo moderno, a la usanza de las mayores potencias europeas. En comparación a otras áreas de venta como la calle Monte, Galiano tomaba el pulso a la clase pudiente habanera, pues los precios y la calidad de los productos variaban respecto a establecimientos insertados en otras zonas geográficas.

Pero sin duda alguna, el punto más elevado de la moda francesa en Cuba se alcanzó en los años 50 a través de la tienda por departamentos El Encanto -ubicada en Galiano entre San Rafael y San Miguel- cuyo origen se remonta al almacén parisino Le Bon Marché que se propaga por EE.UU y el Caribe hasta llegar a La Habana. Abarcó casi todas las parcelas del comercio minorista: ropa de confección, platería y joyería, juguetería, vidrio, quincalla y perfumería. Entre sus disimiles divisiones sobresalió el Salón Francés, un gran emplazamiento realizado sobre el modelo del Palacio de Versalles en Francia, y destinado a la venta de artículos, prendas de vestir y todo tipo de aditamentos de los más valiosos de la sociedad parisién. Durante la década señalada, el Salón Francés de El Encanto marcó las pautas de organización comercial, publicidad y gusto moderno, al tiempo que ofreció las marcas francesas más costosas de la época como Givenchy, Hermes, Versace, Azzaro, Loewe, Narciso Rodríguez y Dolce & Gabbana. Antes de 1955, el Salón Francés de El Encanto había alcanzado la exclusiva de la casa de alta costura Dior, siendo París y La Habana los únicos dos destinos posibles donde adquirir los diseños originales del afamado modisto. En el año 1956, sería la presencia del propio Christian Dior en El Encanto, la que reafirmaría la validez comercial de dicha empresa a escala internacional.

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