Una silla diseñada por Gonzalo Córdoba en 1950 fue el comienzo de su carrera. El pintor Mariano Rodríguez fue quien lo estimuló a decidirse por esta especialidad luego de visitarlo varias veces en una tienda de venta de muebles importados que administraba en la calle Calzada de El Vedado: “Tú tienes mano para diseñar objetos y no importar más ninguno”, le dijo un día sobresaltado. Fue esta pieza iniciática de cabilla redonda y junquillo, la famosa silla Jaialai, así nombrada por su similitud con las raquetas del deporte vasco, y conservada intacta por más de 50 años en su colección privada. De 1950 a 1958, una vez lanzado de lleno al diseño industrial, Gonzalo es llamado a diseñar el interior de importantes espacios de recreación: las cafeterías Wakamba, Kimboo, Karabalí, el bar La Zorra y el Cuervo, el Miramar Yacht Club en La Habana, el Hotel Internacional en Varadero, y otros muchos recordados por su coherencia, comodidad, elegancia y frescura, personalidad que se remitía a valores y códigos de ciertas zonas de la cultura cubana y caribeña, aun cuando no se pudiese determinar con claridad la pertenencia de esos rasgos en el diseño.
A partir de 1959 se une a María Victoria Caignet en proyectos de interiores: más de 6 mil diseños para ser producidos por empresas como la textilera Ariguanabo y el Combinado del Vidrio, y numerosos pequeños talleres que tenían como norma emplear solo materiales nacionales, a saber, maderas, textiles, pieles, tejidos de fibras, mármol, metal; y, cuando se diseñaba el interior de espacios públicos u oficinas, incluir siempre obras de artistas cubanos de la plástica consagrados o jóvenes talentos. Durante las décadas de los ‘60s y ‘70s, Gonzalo y María Victoria formaron parte de numerosos proyectos y exposiciones en los que parecía cobrar fuerza la idea de un diseño nuestro que se enriqueció con la visita a Cuba de Tomás Maldonado (Director de la Escuela de Ulm, heredera de la mítica Bauhaus), Gui Bonsiepe, Yuri Soloviev, y Armand Mattelart. Fue entonces que desarrollaron en nuestro país un diseño industrial que tenía en cuenta los materiales locales y las condiciones climáticas, la racionalidad económica y el sentido de lo bello así como la expresión de códigos y valores de una Isla en cuyo destino se entrecruzan culturas provenientes de diversas regiones del mundo.
Entre 1967 y 1971 su actividad internacional es también amplia, pues significa el comienzo de una serie de muestras en los Salones del Mueble de París y Milán, exhibiciones en el Museo Liljab de Estocolmo y en la sede de la FAO en Roma. En 1967 además conocen a Setph Simon, cuya Galería en París contaba entre sus diseñadores y artistas al emblemático Noguchi, pero que de inmediato se arriesga a exhibir objetos de los diseñadores cubanos realizados en madera y mármol. Para sorpresa de todos, aumenta la clientela y las ventas, en consecuencia la motivación a continuar trabajando juntos durante varios años, lo que significó para ellos su introducción en ciertas zonas del mercado europeo. Entre 1972 y 1973 experimentan con telas en sus diseños para cortinas, manteles, doyles, camisas y hasta en luminarias de estructura de madera. De esta época nace su famosa vajilla Pescadora (platos, portavasos, bandejas, cubiertos) en maderas preciosas y dos años después María Victoria emprende la confección de una nueva vajilla, esta vez en vidrio. Ya ambos habían lanzado las butacas Flora y Adria en 1974 y un conjunto de banquetas. Sorprende la variedad de soluciones que ambos generan, tanto para ambientes públicos y masivos, siempre en busca de la máxima eficacia y ahorro de materiales, como para ambientes de carácter privado o selectivo. No discriminan ingenio y talento unos y otros, pues para ellos la divisa es la misma: creer en lo nuestro, crear lo nuestro. Gonzalo Córdova, desde el principio de su carrera combinó la rica herencia cultural cubana y se apropió de nuevas expresiones, del know-how norteamericano y el savoir faire francés, usando todo su talento y capacidad para producir un conjunto notable de objetos en los que puede sentirse también una identidad propia. Por primera vez se debatía el concepto de diseño ambiental, pues aunque trabajó siempre “hacia adentro” de los espacios en busca de la belleza y el rigor funcional de los mismos, lo influyeron también el “hacia fuera” de los arquitectos. Su labor de diseño, comenzada en el campo del mobiliario y que continuó durante las décadas de los ‘80s y ‘90s, produjo modelos únicos como las sillas JG (1985), Queta, Matías y Luigi (1990) y la butaca MV (1987), y se extendió a otros campos como el desarrollo de textiles, en hilaza de algodón y fibra de henequén, estampados, vidrio soplado, madera, mármol y metales para objetos de escritorio, luminarias etc. porque al fin su interés es el ambiente, los espacios como un todo, el escenario de la vida humana. Por eso cuando se escriben libros sobre el diseño Mid-Century cubano, él está entre las figuras cimeras, junto a Maria Victoria Caignet, pero también con Clara Porset, Reinaldo Togores y un reducido número de visionarios que llegaron a los museos más importantes del mundo y forman parte de sus muestras permanentes.