Hay personajes que cuando uno mira su obra, además descubrirnos un talento y un tesón admirables, nos dejan también con la amarga impresión de que hoy vivimos a un ritmo de vago aburrido en interminable periodo vacacional. Lo trepidante del cambio de sus escenarios, la multitud de funciones y cargos, inquietudes, obra… Parece imposible en el término de una vida. Hay muchos cubanos en ese saco. Genios ilustres —e ilustrados… incluso ilustradores— que, en buen cubano, no pararon la pata y legaron tanto, que haría falta otra vida para conocerlos en profundidad. De esos que da risa escuchar a alguien decir: «Soy experto en Fulano de Tal». ¡No me jodas! ¡Tendrías que haber sido su edecán durante años!
Aunque mi área es el humor, reconozco que no soy siquiera estudiante de preescolar de las artes gráficas de esta manera de mirar el mundo; así que, aunque había escuchado hablar de Massaguer, y podía identificar su trazo en las caricaturas, jamás pude imaginar el universo que generó este cardenense inquieto, virtuoso y… jodedor, a quien se dio en llamar El César de la caricatura.
Existe la percepción de que el humor no llega a ser arte. Aunque algunos grandes se hayan apoyado en él puntualmente, quienes nos declaramos «humoristas de raza» solemos ser tratados con una condescendencia un tanto altiva. Hay bases para ese tipo de sesgo en nuestro país. Tampoco es que el humorista cultivado y tesonero ande a pululu. Y de cualquier manera, a los que sí, nos suele importar tres pitos. Es más, disfrutamos que nos vean alborotadores y simplones.
Se convierte en arma eso también. Lo cierto es que el humor es una herramienta insuperable. Y quienes lo comprenden, nos ven con otros ojos.
Durante toda mi carrera, en televisión y teatro fundamentalmente, intenté atraer a lo más selecto de la cultura a mis proyectos, precisamente para erosionar ese punto de vista. El humor define a la Nación tanto como la música o la literatura. Massaguer lo sabía. Escribir para Social es un honor, pero me siento como el chama educadito y respetuoso que asiste a la tertulia de los adultos y mira con insistencia el jarrón de porcelana china, evidentemente caro, que adorna el local de reunión dándole rififí a la actividad. Y se pregunta si puede jugar con él. La médula de una Nación, dibujada por sus mejores pintores, es esta publicación. Así que aquí ando, estudiando y deslumbrado con cosas como la caricatura que ilustra estas líneas, en la que, salvo detalles muy menores, descubro no un padecimiento cíclico, sino una continua historia de la balanza social en nuestro país, porque en eso sí hemos sido continuidad. La síntesis convertida en dibujo de una relación Poder – Liborio que, con ojo experto, Massaguer retrató con su habitual sarcasmo. Nada nuevo bajo el sol… pero impresiona. Debía —solo por joder y desabotargar un poco las neuronas— invertirse el orden de capas sociales en esa ilustración, y poner a Liborio con las riendas de todo lo que con su sudor permite a sus servidores públicos. Y de paso, eso: lo que permite. Porque en buena ley, si paga la cuenta del restaurante, lo lógico es que decida el menú.
Pero sospecho que si esa fuera la realidad, los humoristas tuviéramos que raspar el triple buscando de qué reírnos. Aunque también estoy seguro de que, en ese idílico caso, Liborio nos daría toda la manga del mundo para mover los brazos. Y a todo el resto del cuerpo. Porque el poder que emana de la pluralidad y la mayoría es siempre más inteligente, transigente, seguro de sí mismo, y unificador. No habría barrigas que cargar: a Liborio no le saldrían por su secular ejercicio, y al resto no le saldrían porque a Liborio… no le iba a salir que salieran.