Entre las fuertes fuentes auténticas de la expresión general de cualquier país, se hallan sus mitos, grandes generadores de formas, grandes deflagradores de fuerzas artísticas, corrientes de lejanos saberes primigenios, sólo en el mito contenidos. La cosecha de nuestros mitos, cubanos, antillanos, americanos, creados o transformados en Cuba, recién empieza en forma sistemática, evaluadora de sus diferentes aspectos, riquezas, contactos, sugerencias, fluencias de toda índole: antropológica, estética, social, etc. Esta cosecha urge: los mitos se están yendo.
Madres de agua.
En investigaciones realizadas durante los años 1972-73, un grupo de investigadores folklóricos, formado por la dirección de la publicación SIGNOS, encontró valiosos, últimos vestigios de este poderoso mito cubano. En Cuba la “Madre de aguas” es un majá (serpiente) poderoso y mágico. En la isla, que sepamos, se han recogido dos leyendas relacionadas con este mito. Em 1940, un grupo de alumnos de Gramática y Literatura del Instituto de Segunda Enseñanza de Sagua la Grande, dirigido por la profesora Ana María Arissó, colectó el que titulara “La madre de agua de la laguna de Hoyuelos.”
Esta leyenda afirmaba que en dicha laguna existía un monstruo que, como una sombra se elevaba sobre la superficie de las aguas y devoraba todo cuanto encontraba en su camino. Hasta una yunta de bueyes había desaparecido en la laguna donde la hambrienta Madre de Aguas vivía.
En 1962, José Seoane recogió en La Villas otro mito sobre esta criatura, que le narró un obrero en el barrio Condado. Lo peculiar de esta narración es que la Madre de Aguas no era maligna: no atacaba al ser humano. Ello contrariaba la tradición de Sagua. Sino que la calificaban como un majá (serpiente) tan grande como una palma que está por los ríos y charcos. Aunque no las habían visto, conocían de su existencia por el relato de un amigo. Afirmaba que las Madres de Agua “nunca mueren y nadie se atreve a matarlas porque el que las mata se muere. Lo bueno que tiene es que donde hay una, el agua nunca se seca, lo mismo si es un río que una laguna.”
En el libro “Cuentos populares cubanos”, 1960, anotamos una leyenda que es una variante intrínsecamente cubana de este mito. El cuento, con jerga campesina que se relató, es así:
“Estanislao Reyes iba pa un campo y lo cogió la noche, y estaba cansao que se tumbó arriba de un tronco para dormir, pues en el suelo no le gustaba hacerlo pa que no lo picaran las hormigas bravas o las arañas pelúas. Se acostó y empezó a roncar enseguida, del sueño que tenía. Y cuando despertó estaba en la playa de La Panchita al lao de las olas. Abrió los ojos y no cría lo que vía, porque él se había acostado en el monte. Y lo que pasó fue que el tronco no era tronco, era un majá gigante que esa noche quiso ir a la playa a 25 leguas de allí y se llevó a Estanislao en el lomo completamente dormío.”
Relató en Ranchuelo, Las Villas, el chofer “Piqui-piqui” Cruz
El manatí, la falsa sirena del caribe.
La imaginación del hombre ha creado la figura legendaria de las sirenas, a las que ha dado forma original, combinando en ellas una mitad mujer y otra pez. Los hombres de ciencia, encontrando una reminiscencia de ellas en el Manatí, dieron el nombre de sirenios al grupo taxonómico en que este animal está incluido. Y efectivamente, el manatí tiene ciertos hábitos curiosos que pudieran recordar la conducta humana: las hembras se apoyan sobre su ancha aleta caudal, quedando en posición vertical, y sostienen a sus crías con sus aletas pectorales mientras amamantan, como pudiera hacerlo una mujer, por lo que le ha llamado también “pez mujer” o “mujer marina”.
Del manatí hay dos especies americanas: una propia del Mar de las Antillas y otra de la Cuenca del Amazonas. En Cuba está casi extinguido, haciéndose esfuerzos por evitar su total desaparición. Los manatíes viven formando manadas en las aguas litorales de poco fondo, siempre a poca distancia de la desembocadura de los ríos, por los que penetran. Se alimentan siempre de plantas acuáticas, y luego que están bien saciados se tienden para descansar en un pasaje poco profundo, que les permita dejar afuera el hocico, para poder respirar.
En América, esta especia era abundante en la época de la conquista, pero ha ido escaseando cada vez más por lo mucho que el hombre la persigue. Cronistas de la época refieren que un cacique de Santo Domingo tenía vivo en un lago una especie de pez que llamaba manatí, al cual alimentaba con pan de maíz, y añade que estaba domesticado, que acudía siempre cuando lo llamaban, comía el pan en la mano, dejábase acariciar y hasta llevaba en sus espaldas a una persona, conduciéndolo a la orilla opuesta, o a donde se le antojaba. Cierto día sobrevino una fuerte tempestad y cayó al lago una gran cantidad de agua de las montañas, y el manatí volvió al mar, donde ya no se le vió jamás.
Nuestro casi extinto manatí, mamífero, con rostro definido, que vive en los ríos, que da de mamar a sus hijos, pudo muy bien originar en Cuba la leyenda de la Sirena. Facundo ramos publicó en 1932 sus “Casos de remedios”. En sus páginas se recoge la leyenda “La sirena de Caibarién”, cuya cuidadosa descripción reproducimos:
“Las que se ha encontrado en las aguas de Caibarién suelen aparecer algunas noches de luna flotando suavemente por el medio del Canal de los barcos. Está formada de medio cuerpo para abajo como pez grande semejante a una tintorera y de medio cuerpo arriba es el busto de una mujer hermosísima. Su color es de un blanco pálido y las facciones como de la más perfecta circasiana.
Sus ojos son de gacela y guiña mucho el derecho, sobre todo cuando ve algún marinero que le gusta: enseguida le hace la seña del tres. Su cuerpo es elegante, bello y artísticamente modelado. Sus torneados brazos se agitan incesantemente produciendo olas de espuma en cuyos cristales se refleja la imagen de la hermosa Sirena.
Pero lo que más enloquece, gusta y fascina es la dulzura de su voz que produce un canto tan melodioso que atrae a todos los marineros que pasan allí cerca. Varios han perecido ya víctimas de sus halagadoras notas musicales; han muerto bajo las ondas despedazados por su cola.”
Nada más que sepamos sobre el mito internacional de la sirena en Cuba. Los pueblos han gozado de ese mito, los pueblos toman lo que gusta, lo adoptan; no son nacionalistas, se incorporan lo afin, lo agradable a sus gustos, y esa es una de las grandes fases atractivas, seductoras, del complejo folklore universal.
El Güije
Posiblemente el mito cubano más recio, constante y completo es el mito del Jigüe o del Güije.
Se trata de un pequeño ser de las aguas, generalmente negro, a veces indio, duendecillo extraño de grande influencia en nuestra cultura folklórica, popular y aún en los altos estratos de la expresión culta cubana.
En la Enciclopedia Popular Cubana de Luis Bustamante, se dice: “Güije: fanstasma que vive en los ríos.” Y se cita esta estrofa de Nicolás Manzini:
Es el güije un anfibio, una sirena
que se oculta en los campos con esmero
y sólo deja ver su tez morena
cuando amenaza un hecho extraordinario
de presagio funesto al vecindario.
En la Habana de 1848 Antonio Bachiller y Morales destaca el origen indocubano del Jigüe:
“Cuba, la perla de Occidente, encuentra en las frescas aguas de sus corrientes ríos los pequeños jigüeyes o jigües que no pueden ser feos siendo hijos de la hermosa y plácida naturaleza que los produce. Distinguíase de los demás indios por sólo la pequeñez de su cuerpo y longura del cabello en que se envolvían. Los tales indios a pesar de su pequeñez eran enamorados y se divertían en inocentes juegos dentro de las aguas con las indias hijas de los hombres.
Entre las indias más bella de Cuba, tan célebres por su hermosura, vivía una en la provincia del Bayamo que aventajaba a todas en la belleza del cuerpo y del alma. Corrían los mejores años de su existencia cuando llegaron a las playas de Cuba los españoles. Las primeras conquistas del cristianismo aturdieron a los jigüeyes que comenzaron a poner en ejercicio todo su poder sobrenatural para impedir la completa ruina de la religión del Cemí (concepto que designa espíritus o deidades que veneraban los taínos) Convencidos de que era ineficaz su influencia parcial acordaron reunirse en grandes cuerpos de agua con el fin de agotar los medios. El ejemplo cristiano de que fuera bautizada la india antes citada recibiendo el nombre de Ana Luisa, fue ocasión de que los jigües eligieran por morada una laguna que estaba en tierras de ésta, que aún se conoce con el nombre de Laguna de Ana Luisa. La mortandad de indios e indias era espantosa y los españoles no sabían a qué atribuirla. Los naturales sabían sin embargo cuál era el motivo: los jigües tenían la propiedad del basilisco, la ojeada de la Medusa.”
Bachiller y Morales afirmaba que los jigües escaparon de la provincia oriental. En la Habana, su leyenda sirvió de “coco” a los niños de aquella época.
El folklorista Facundo Ramos, del pueblo Remedios, nos legó el mito “El güije de la bajada”, río que cruza a una legua del pueblo. Es una de las narraciones clásicas del siglo XIX acerca del mito costumbrista en la región de Las Villas, en que persiste sea negro de raza.
“Parece ser que el Güije era un negrito muy feo, de unas seis cuartas de alto, sumamente barbudo, dotado de una fuerza extraordinaria y de una agilidad extrema; a tal punto que cuantos habían pretendido cogerle no lo habían conseguido. Salía de su madriguera por las noches y oculto por las tinieblas pasaba por todas las sitierías haciendo tales cosas que por ellas consternados vivían los sitieros y hacendados de los alrededores. En distintas ocasiones se habían armado en somatén los vecinos y habían tratado de darle caza; más todo en vano, siempre les huía.
Decía la tradición que tenían que reunirse siete juanes que fuesen primerizos para que juntos fuesen a la Bajada y le cogiesen. Tenían que salir de aquí la víspera de San Juan, para llegar al charco del güije en la madrugada misma, que era el momento en que únicamente y a las cuatro en punto se podía cogerlo porque era cuando se dejaba ver y pillar.”
El güije pertenece a la mítica parentela universal de duendes, gnomos, elfos, trasgos, lutines, pucks, Kabolds, etc. Lo hemos investigado cuando ya apenas se oye hablar de güijes en hogares, plazas, parques, calles, con el mito prácticamente extinto. Los jóvenes ya no conocen su leyenda. Llegamos pues, a tiempo para rescatar un poco (decisivo) de este tesoro de la fabulación cubana. Los mitos son la expresión de los pueblos.