Jean-Paul Sartre estuvo por primera vez en Cuba en 1949, y volvió años después, en 1960, cuando permaneció durante un mes. Quería escribir sobre la Isla y publicar su artículo en France Soir, que tenía una tirada millonaria. Con el título de “Huracán sobre el azúcar” publicó su trabajo que fue inmediatamente traducido al italiano, al portugués y otros idiomas alcanzando muchísimos lectores de la época. De este texto publicamos ahora varios fragmentos, que el paso del tiempo nos permite apreciar en su lucidez penetrante, por cuanto su aguda percepción nos presenta algo que quedó o retorna cíclico a nuestra realidad.
Nacido en Paris en 1905, Sartre se dio a conocer temprano en el mundo de las letras, pero el escándalo de que rechazara el Premio Nobel contribuyó a acrecentar su nombre y autoridad, ya esenciales en el mundo de las letras. Como pensador se le considero el sustituto de Voltaire, llegando a dominar buena parte de las ideas del siglo pasado. Publicó entre otras obras las novelas La náusea, El muro y La edad de la razón; los ensayos El ser y la nada, El existencialismo es un humanismo; las obras de teatro La ramera respetuosa, El diablo y papa Dios y Los secuestrados de Altona. Cuando murió en 1980, el periódico Le Monde dedicó ocho planas a recoger los tributos que le rindieron sus contemporáneos y a su entierro se calcula asistieron más de cincuenta mil personas.
“La Habana. Esta ciudad fácil en 1949, cuando la visité por primera vez, me ha desorientado. Esta vez, estuve a punto de no comprender nada.
“Vivimos en uno de los mejores barrios, en el Hotel Nacional, una fortaleza de lujo, flanqueada por dos torres cuadradas almenadas. A sus clientes, que vienen de Estados Unidos, solo se les piden dos cualidades: fortuna y gusto. Como son raramente conciliables, si tienen la primera se les supone la segunda sin averiguar mucho.
“Tropiezo a menudo en el vestíbulo con corpulentos ‘yanquis’ (en Cuba todavía los llaman así, a no ser que les digan ‘americanos’) elegantes y deportivos, y observo con sorpresa sus rostros cansados. ¿Qué los aplasta, los millones o la sensibilidad? Sea como fuere, es un problema que no me concierne.
“En mi cuarto de millonario podría caber mi apartamento de Paris. Tiene sedas, paravanes, flores bordadas o en búcaros, dos lechos dobles para mí solo, todas las comodidades.
“Pongo al máximo el aire acondicionado para disfrutar del frío de los ricos. Con treinta grados a la sombra, me acerco a las ventanas y, con estremecimientos suntuosos, miro como transpiran los que pasan.
“He tenido que buscar mucho tiempo las razones en que se funda la supremacía todavía discutible del Nacional. Me ha bastado correr las cortinas en cuanto llegué: vi largos fantasmas gráciles estirarse hacia el cielo.
“El Nacional domina el mar a la manera de las ciudades coloniales que desde hace tres siglos vigilan el puerto. Detrás de él, no hay nada; el Vedado.
“El Vedado era un coto cerrado. Cerrado contra los hombres no contra las plantas. Aquel suelo prohibido fue invadido por la locura de las hierbas. Lo parcelaron y las hierbas desaparecieron súbitamente en 1858. Queda terreno yermo, jalonado por la erupción de esas protuberancias locas que son los rascacielos.
“Personalmente, me gustan los rascacielos; apreciados uno por uno, los del Vedado son bonitos. Pero los hay en todas partes y resultan un desorden de formas y colores. Cuando la mirada trata de unirlos, se le escapan: no hay unidad, cada uno vive por sí. Muchos son hoteles: el Habana Hilton, El Capri, veinte más.
“Es una carrera de pisos: ‘Uno más, ¿Quién pone más?’ A los quince pisos el rascacielos es de bolsillo. Cada uno alarga el cuello y desdeñoso, el Nacional vuelve la espalda a esa agitación. Seis pisos y ni uno más: ese es su título de nobleza.
“Todavía hay esto: la Revolución inventa su arquitectura que hace surgir del suelo sus propias ciudades. Entretanto, combate la americanización oponiéndole el pasado colonial.
“Cuba invocaba antaño contra la metrópoli voraz de España, la independencia y libertad de los Estados Unidos; hoy busca contra los Estados Unidos raíces nacionales y resucita a los colonos difuntos.
“Los rascacielos del Vedado son los testigos de su degradación; se les vio nacer con la dictadura. Ciertamente, el Nacional no es muy viejo, pero surgió de la tierra antes de la decadencia, antes de la resignación.
“Los revolucionarios solo tienen indulgencia para los edificios construidos por los abuelos en los primeros años de la democracia.
“Los restaurantes de lujo constituyen legión. En ellos se come correctamente, pero la cuenta suele ser elevada: nunca menos de tres mil francos por cabeza y con frecuencia llega a los cinco mil.
“Uno de esos restaurantes fue en otro tiempo la ‘locura’ de un ministro prevaricador que lo convirtió en un jardín de piedra. Haciendo esculpir las rocas a imagen de la vida y jalonando con una flora y fauna petrificadas el cemento de las sendas, llevó la probidad hasta reinventar el mundo mineral: la piedra fue tallada en forma de piedra. Para animar aquel pequeño universo, añadió leones enjaulados. Las jaulas permanecen vacías.
“En vez de leones y del ministro, ahora se ven allí vestidos caros y señores visiblemente internacionales contemplando con aire ausente los minerales embrujados. Cuando estuve allí, se hablaba inglés en todas las mesas. Se comía a la luz de las velas, cosa que resulta el colmo del lujo para un libre ciudadano de los Estados Unidos. La electricidad podría brillar a una señal, pero no se hace esa señal. Se desprecia la vil abundancia; con las lágrimas de cera, se representa a todos una degradación visible de los costosos fastos de la consumición.
“También aprendí a ver de otro modo el Vedado y sus rascacielos. Una noche le pregunté a Franqui, director del diario Revolución, acerca de la fiebre que se había apoderado del Vedado en 1952. ‘¿Quién ha hecho construir?’ ‘Cubanos’. ‘¿Con qué capitales?’ ‘Con capitales cubanos’.
“‘¿Hay tantos ricos?’ No, me dijo. Hay grandes inversiones, pero proceden principalmente del ahorro pequeño y mediano. Imagínese tenderos que han llegado a la edad madura con economías de cinco o diez mil dólares (de la época) ¿En qué las invertirían puesto que no existe industria cubana?
“‘¿Nadie les proponía crearlas?’ ‘Algunos aventureros a veces, o pequeños industriales que trataban de desarrollar su negocio. Pero eso nunca terminaba bien: a los grandes propietarios no les gustaba, lo decían y el fabricante temerario terminaba por comprender. De todas maneras, por otra parte, no habría vendido una sola acción. La costumbre de nosotros es ponerlo todo en edificios. Para nuestra clase media, es la inversión más segura’.
“Los clubes nocturnos son más numerosos que nunca. Pululan alrededor del Prado: encima de sus puertas, la electricidad vuelve por sus fueros y nombres atractivos y parpadeantes hieren los ojos del transeúnte.
“En Tropicana, el cabaret más grande del mundo, había una muchedumbre alrededor de los tapices verdes. Así pues, ‘¿se jugaba en Cuba?’ Se jugaba todavía. Uno de nuestros acompañantes respondió brevemente: ‘Se juega’. “En cuanto a la prostitución, se cerraron algunas casas al comienzo, pero después no han vuelto a tocarlas. Más de una vez me dije en los primeros días, examinando ese balance más bien negativo: en sus comienzos, todas las revoluciones, o casi todas, tienen una característica común: la austeridad. ¿Dónde está la austeridad cubana?”