Cuando cursaba el tercer año de la carrera, el doctor Alejandro Rojas Blaquier tomó el timón de una de las asignaturas más equívocas del currículum: Estudios Cubanos. Ninguno de nosotros, estudiantes de pregrado sin demasiada vocación, tenía claro para qué servía aquel semestre. Parecía Historia de Cuba.
Tal vez porque crecí entre nostálgicos fervientes, descubrí a Emilio Roig de Leuchsenring, sin saberlo, a la muy temprana edad de ocho años, cuando un viaje familiar a la Habana Vieja me llevó a desandar las calles que, como primer Historiador de la Ciudad, el maestro rescató de la desmemoria.
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