Semblanza de Emilio Roig de Leuchsenring

Tal vez porque crecí entre nostálgicos fervientes, descubrí a Emilio Roig de Leuchsenring, sin saberlo, a la muy temprana edad de ocho años, cuando un viaje familiar a la Habana Vieja me llevó a desandar las calles que, como primer Historiador de la Ciudad, el maestro rescató de la desmemoria. Para mí, un niño de campo, hijo de padres universitarios, nacido del cruce afortunado entre dos familias establecidas en Cuba apenas tres generaciones antes de mi nacimiento, el recuerdo de aquella visita y la poderosa mística de esta Habana secular, de pavimentos empedrados, balaustradas de hierro forjado en volutas, de siglos de historia condensados en plazas, tarjas y estatuas, marcó un episodio mágico y singular de mi infancia.

Muchos años y un sinnúmero de visitas más tarde, sigo sintiendo que esa Habana opulenta, la del recuerdo, es tan hija de Juan de Rojas como de Emilio Roig. La villa de San Cristóbal debe al primero aquella misa fundacional al pie de una ceiba cuya existencia conmemora el Templete de la Plaza de Armas; al segundo, el rostro familiar de la ciudad que conocemos quienes la habitamos hoy: el de la consabida capital de todos los cubanos, la urbe seminal, aún seductora en su melancólica decadencia.

Nacido en La Habana el 23 de agosto de 1889, Roig manifestó desde muy temprana edad un marcado interés por la historia y el periodismo. Siendo todavía un joven estudiante, publicó en el exclusivo Diario de la Marina su primer artículo a la edad de dieciséis años. En 1908 se graduó de bachiller en Artes y Letras en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana; en 1917 se doctoró en Derecho Civil y Notarial en la Universidad de La Habana. En paralelo, colaboró con numerosas publicaciones de la época como El Fígaro, la Revista Jurídica o Gráfico, y además dirigió la Revista de Derecho entre 1913 y 1917.

Durante las décadas de 1920 y 1930, Roig se convirtió en uno de los más destacados intelectuales cubanos, en medio de las luchas políticas y sociales de la etapa. Tras la histórica Protesta de los Trece contra la corrupción en el gobierno de Alfredo Zayas Alfonso, el abogado y periodista devino líder simbólico del Grupo Minorista, una amplia agrupación de intelectuales, juristas, artistas y escritores, unidos en el enfrentamiento a los males que aquejaban a la República sin adscribirse a ningún partido político. A medida que arreciaba la persecución de la dictadura de Gerardo Machado contra los miembros del grupo desde fines de la década de 1920, Roig asumió una postura más comprometida con el futuro de la nación y la crítica mordaz —invariablemente en clave de ensayo o sátira — fue su arma más efectiva contra la corrupta clase política que regía los destinos de Cuba.

Su actividad como jefe de redacción y posteriormente redactor literario de la revista Social desde 1923 fue crucial para los derroteros editoriales de esta publicación, que desde entonces asumió una línea indudablemente política sin dejar de promover las artes, el diseño y la literatura de vanguardia. La atracción personal que ejerció Roig sobre los miembros del Grupo Minorista hizo de Social una de las revistas más culturalmente relevantes de la época, una suerte de crisol para el fecundo espíritu cultural y la explosiva creatividad de Cuba desde los felices años veinte hasta las turbulentas luchas sociales de los años treinta. Bajo la presión de la censura y la persecución política, Social debió interrumpir su publicación durante los años finales del machadato, y no vio nuevamente la luz hasta 1935. En paralelo, Roig fungió como subdirector de la no menos relevante Carteles, cuya existencia se extendió hasta 1960.

Como cronista, Roig criticó el enfoque historicista prevaleciente en la educación y la literatura de la época, caracterizado por la exposición minuciosa y acrítica de los hechos y personajes que “hacían” la Historia. A este respecto, su tesis más destacada y recurrente manifestó que las raíces de la apatía, el desconcierto y la desunión en torno a los problemas de Cuba era consecuencia de la creencia infundada en que fue la intervención de Estados Unidos en la contienda independentista de 1895 lo que garantizó la independencia definitiva de la nación. Ello, sostuvo Roig, colocaba al pueblo cubano en la indefendible postura de tener que recurrir a la intervención externa como solución última de los grandes problemas de Cuba: sus escritos estuvieron a menudo dirigidos a atacar este falso determinismo en tanto justificaba el saqueo foráneo, las corruptelas nativas y el inmovilismo.

La vocación periodística de Roig estuvo al servicio de la nación desde los inicios de su carrera. Como intelectual, exploró diversos géneros como la sátira, la crónica social y el ensayo para exponer los vicios de la República —la corrupción política y administrativa; el irrespeto al Derecho, las leyes y la Constitución; la excesiva subordinación a Estados Unidos; la manipulación de la Historia patria con fines propagandísticos, entre otros —, y abogó con vehemencia por una nueva cultura cívica, contraria a la pasividad, el personalismo, el afán desmedido de lucro y el egoísmo.

Establecido ya como uno de los investigadores más punzantes y lúcidos del panorama insular, Roig se comprometió con la salvaguarda de la memoria histórica de la urbe habanera. En 1935 ocupó el recién creado cargo de historiador de La Habana, y gracias a su iniciativa fue creada al año siguiente la Oficina del Historiador de la Ciudad, que Roig ocupó hasta su fallecimiento en 1964. Sus años en la institución vieron la compilación de los necesarios Cuadernos de Historia Habanera y la celebración de los Congresos Nacionales de Historia, eventos fundamentales para la divulgación y adecuada comprensión del acontecer nacional. Su legado fue continuado por Eusebio Leal Spengler, a cuyo cargo estuvo la restauración del casco histórico de La Habana tras la inclusión de la ciudad vieja y su sistema de fortificaciones en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1982.

El extraordinario legado de Roig, a menudo pasado por alto a favor de algunos de sus contemporáneos, no puede de ninguna manera ser sobrestimado. Roig fue un hijo de su tiempo, y un agudo cronista de la realidad de un país que buscaba a tientas su identidad entre las postrimerías de la era colonial y las primeras luces de la modernidad. Como jurista, entendía que el civismo era un componente indispensable del principio de ciudadanía, y en el caso cubano, también un antídoto necesario contra los vicios de la corrupción, la desidia y la subordinación a lo extranjero. Como periodista, supo conectar con una vasta audiencia a través de un tono tanto coloquial e irreverente como prolijo, nunca pomposo o sobrecargado, capaz de transmitir la crítica más acerba con la mayor sencillez. Roig fue, ante todo, un profundo conocedor de la idiosincrasia del cubano, de sus vicisitudes y sus aspiraciones. El espíritu y, en especial, la praxis renovadora, revolucionaria, iconoclasta de Roig, son hoy más necesarios que nunca. Releer la Historia, reconocer la capacidad de examen crítico que anida en nuestra pluralidad, y abrir los espacios al debate en torno al futuro de la nación, son quizás la mejor vía de solución a la crisis en el seno de nuestra sociedad. Como en paralelo, la Cuba de Roig —envilecida por el desgobierno de la clase política de principios del siglo XX, enferma de apatía, pero aún vibrante en su creatividad y en su intensa vida cultural —parece enviar un mensaje a nuestra contemporaneidad: si nuestras raíces perviven, no todo está perdido.

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