Arquitectura moderna

El término moderno, utilizado indistintamente en Cuba, para significar actualización, aludir a la arquitectura Art Nouveau, o a la aplicación de técnicas, materiales y soluciones que para nuestro contexto a fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, poseían un carácter renovador y más a tono con los métodos foráneos en boga, no comienza a ser citado en el país para hacer referencia a los preceptos de las vanguardias artísticas y la llamada nueva arquitectura, sino hasta mediados de la década del veinte. Es entonces, cuando de un modo discreto se inicia la divulgación de los postulados estéticos racionalistas en la Isla, y con ello, la polémica respecto a los mismos por parte de algunos arquitectos e intelectuales.

La introducción de estos nuevos códigos, estuvo condicionada en gran medida, por la labor difusora que de ellos hicieron las revistas Colegio de Arquitectos de La Habana y El Arquitecto. En estas publicaciones se editaron títulos relacionados con las vanguardias europea y norteamericana acerca de la obra de Walter Gropius, las relaciones entre la naturaleza y la arquitectura, los rascacielos, apuntes teóricos de Le Corbusier, por solo citar algunos. De singular valor fue la labor de los profesores Alberto Camacho y Pedro Martínez Inclán, que desde finales de los veinte, comienzan a presentar artículos y estudios relacionados con los postulados modernos. Joaquín Weiss fue otro de los que se propuso dar a conocer las jóvenes tendencias arquitectónicas, a las que se opusieron criterios como los de Enrique L Varela, Luis Bay Sevilla y el argentino Ángel Guido

Los años veinte, asistieron al despertar de una vanguardia política y artística en la Isla. En este sentido la arquitectura va a manifestar cierto defasaje, no sólo con respecto a lo que en otros campos se venía gestando, sino en comparación con la renovación arquitectónica internacional. Este fenómeno estuvo condicionado no sólo por la inmadurez en el plano tecnológico y económico, sino por la readecuación estructural al sistema capitalista que supuso la República Mediatizada. Desde esta década, y de forma paralela a las soluciones eclécticas regentes en la arquitectura del período, se va a desarrollar en otra dirección la vertiente Neocolonial en las construcciones, hecho que apunta hacia la indagación en las raíces de una arquitectura cubana, identificada con las tradiciones constructivas del país. Esto, ligado a la irrupción del Art Decó, que en la práctica, constituye el impulso primigenio por limpiar de ornamento las obras y crear soluciones acordes con los nuevos tiempos, conforma los cimientos sobre los cuales se erigen los postulados modernos en la nación.

A través de los contactos con el exterior mediante revistas y visitas de los intelectuales cubanos a otras

latitudes, las ideas del movimiento vanguardista van a ganar cada vez mayor espacio en el ámbito teórico cubano a lo largo de los años treinta; hecho que será complementado con el estudio de nuestro pasado colonial como base de la búsqueda de una identidad arquitectónica a partir de la puesta en práctica de sus más significativos aportes.

A lo largo de las décadas de 1930 y 1940, también en aras de interpretar y asumir los nuevos ideales, convivieron indistintamente obras representativas del Art Decó, el Monumental Moderno y el Protorracionalismo, muchas veces confluyendo elementos de una u otra tendencia de manera indistinta en las edificaciones. La sobriedad en cuanto al ornamento, los grandes y pesados volúmenes y el énfasis de la linealidad en la composición ya sea vertical u horizontal en extensos planos, van a caracterizar a las obras emparentadas con los referidos estilos.

«La asimilación parcial de algunos enunciados del Movimiento Moderno, no introduce, de momento, variaciones sustanciales al diseño de las plantas y los espacios internos, continuando las pautas trazadas por las normas Beaux Arts, y sus esquemas tradicionales de compartimentación convencional rígida. Además, el retardo tecnológico cubano entra en disonancia con la consideración sustancial que otorga el racionalismo a tal aspecto, acentuándose la naturaleza artesanal de muchos elementos constructivos y complementarios.» Noceda Fernández, José M.

Paralelamente, en la revista Arquitectura comienza a ganar un creciente interés la difusión de las artes plásticas cubanas contemporáneas. Este fenómeno adquiere progresivamente mayor seriedad con la asimilación de las doctrinas modernas, enarboladas fundamentalmente por Gropius en la Bauhaus, acerca de la importancia de la cohesión entre las distintas disciplinas, en función de lograr un exitoso diseño integral.

Con la creación en 1941 de la Agrupación Tectónica de Expresión Contemporánea (ATEC), el problema de las interdisciplinas adquiere un carácter más consistente, al igual que la divulgación de lo que en materia no sólo de arquitectura sino de urbanismo se estaba realizando en el continente americano, y la necesidad de una renovación desde el punto de vista del espacio a escala proyectual y constructiva. Este hecho, asociado al surgimiento en 1942 del Patronato Pro-Urbanismo, contribuye a que los postulados modernos comiencen a ser debatidos con mayor fuerza entre arquitectos y estudiantes.

Dos hechos significativos para el sector de la construcción en la década de 1940, lo fueron, la quema de los Vignola en 1947 por un grupo de estudiantes de arquitectura de la Universidad de La Habana en rebeldía contra la enseñanza anquilosada, y el primer Congreso Nacional de Arquitectura en 1948, en el que Pedro Martínez Inclán da a conocer La Carta de la Habana, donde se reajusta La Carta de Atenas a las condiciones del Tercer Mundo. Este documento, y las propuestas de los profesionales de la época, que abogaban por una planificación integral para la ciudad, «son las teorizaciones más destacadas del último período de La República. Sintetizan los preceptos del Congrerso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) en torno a las cuatro funciones principales (habitar, trabajar, circular y recrearse), y toman como núcleo la célula habitacional y los criterios manejados en el continente americano.»

En el Congreso además se planteó: «La arquitectura contemporánea será funcional, respondiendo en todo a los avances sociales, técnicos y económicos de nuestra época, aunque supeditada a las realidades locales de situación geográfica, costumbres, clima, materiales disponibles, etc…»

Con posterioridad a estos eventos, se vislumbran las vertientes fundamentales que tomaría nuestra arquitectura. Por un lado se sitúan los profesionales ocupados en lograr una síntesis coherente entre los postulados del Movimiento Moderno, las particularidades de nuestro contexto y sus tradiciones, y por el otro, los que abogaron por la adopción de un racionalismo de línea dura.

… «La introducción de la modernidad en la arquitectura cubana se produce, en primera instancia, a través de los componentes tecnológicos; la asimilación del hormigón y del acero en las estructuras, la solución de los problemas hidrosanitarios, de las instalaciones eléctricas y otros aspectos semejantes como factores de confort, que no fueron ajenos a edificaciones de la burguesía cubana desde la segunda década de este siglo. Con posterioridad se pondrá de manifiesto en la eficiente distribución de los locales y relaciones espaciales de no pocas construcciones, sin concesiones apenas a las exigencias academicistas de partición del plano. La influencia del pragmatismo norteamericano condiciona esta situación, de manera que los códigos modernos van penetrando de forma subterránea.”

… «La modernidad se asimila primero en Cuba en los aspectos funcionales y técnicos antes que en la expresión formal.» Buenacilla, Rolando.

No es hasta fines de la década del cuarenta, que se puede hablar de una consolidada absorción y reajuste de los códigos de la nueva arquitectura a nuestro país. Este proceso, que se venía produciendo lentamente desde fines de los veinte, llegaba ahora a una maduración en la que tuvo mucho que ver, la visita de relevantes personalidades del Movimiento Moderno al país, y las conferencias que algunos ofrecieron en el seno del Colegio de Arquitectos y la Universidad de La Habana. Richard Neutra, Walter Gropius, Joseph Albers, Mies van der Rohe, Franco Albini, Robert Burle Marx, Félix Candela, Philip Johnson y José Luis Sert, fueron algunas de los más renombrados maestros que visitaron la Isla entre 1945 y 1959, varios de ellos llegaron a proyectar obras para La Habana, de las que solo empresas contadas se llevaron a cabo.

A mediados de los cuarenta, con el influjo renovador de algunos jóvenes graduados de la Universidad de La Habana, como Mario Romañach y Nicolás Arroyo y la incorporación a la esfera constructiva nacional de algunos profesionales graduados en el extranjero, dentro de los que se sitúa, Max Borges Recio, se abrirá un significativo período para la arquitectura cubana, llevada adelante por la obra pionera de estos jóvenes.

Con la creación de la Agrupación Renovadora del Colegio de Arquitectos (ARCA) en 1952, se hace patente la pujanza de las ideas de vanguardia dentro del seno de la entidad. ARCA pretendía orientar la nueva arquitectura y el urbanismo del momento, por una dirección moderna ajustada al contexto cubano y a sus particularidades. En su concreción jugaron un papel fundamental los arquitectos Romañach, Frank Martínez y Nicolás Quintana. Por su parte, la revista Espacio de la Universidad de La Habana, adquiere un papel protagónico en la publicación de lo más actualizado en el panorama constructivo, haciendo hincapié en la difusión de las obras de los maestros del continente. Hecho este que influyó de forma decisiva en el hacer arquitectónico, donde la huella latinoamericana se verifica en no pocas obras.

Los años cincuenta acusan una heterogénea expresión de manifestaciones de la arquitectura moderna. Si bien es cierto que un gran por ciento de las obras constructivas de este momento estuvo lastrado por la especulación, el anonimato y la puesta en práctica de un funcionalismo despojado de soluciones verdaderamente artísticas; se revisa la existencia de un gran número de obras y autores, con una madurez pocas veces igualada o superada en los años subsiguientes.

Dos ideas prevalecen: la plena aceptación de los códigos formales modernos –en particular los del llamado Estilo Internacional en sus diversas variantes- como única vía de expresión, y la necesidad de transmitir a través de las obras la identidad de las raíces nacionales sin caer en anacrónicos mimetismos.

Se distingue la utilización de materiales como la bakelita, el plástico, el cristal y las planchas laminadas, en armónica integración con los materiales locales: la madera -utilizada en carpintería de piso a techo-, las losas, piedras y tejas de barro. Se integraron además nuevos tipos de pinturas, enchapes y recubrimientos para techos, de estreno en nuestro panorama constructivo. Con el objetivo de promover una correcta ventilación y asolamiento de las obras, las soluciones de la etapa colonial afloran reelaboradas en clave moderna: vidrieras, lucetas con diseños actualizados y combinaciones de cristal y madera, atractivos y útiles en la tamización de la luz, localizadas en no pocas residencias del período, aunque no exclusivamente en este tipo de construcción. Con respecto a este regionalismo moderno, apunta Eduardo Luis Rodríguez:

«En virtud de esta tendencia es que se recupera para la arquitectura cubana, una riqueza formal compositiva de detalle y hasta decorativa, que había sido proscrita por la ortodoxia racionalista. Es así que reaparecen los patios interiores, las celosías, los vidrios de colores, las galerías perimetrales, las divisiones movibles cual mamparas, los bay windows y el uso extensivo de la madera y las tejas, elementos que, más que buscar un enfoque pintoresquista, apuntaban a la creación de un ambiente genuinamente cubano y moderno. Arquitectos destacados en esta tendencia fueron Frank Martínez, Nicolás Quintana, Emilio del Junco, Joaquín Cristófol, Alberto Hernández Dupuy, Mario Romañach.”

La constante actualización en lo que en materia no sólo de arquitectura sino de urbanismo, se estaba realizando en Brasil y México, y el interés que estas experiencias regionales estaban suscitando a nivel internacional, influyeron también en nuestra arquitectura en el trabajo multidisciplinario para la consecución de las obras. Un ejemplo fue el uso de los quiebrasoles corbusianos que Niemeyer utilizó en Brasil, y que en La Habana, inundaron el panorama constructivo en sus más múltiples formas. También fue decisiva la influencia del organicismo de Wright, readaptado perfectamente a las condiciones tropicales y a las formas de expresión de los arquitectos cubanos.

Otra de las ganancias fundamentales en estos años lo constituyó la apertura hacia composiciones libres con proyectos asimétricos, solucionados en muchos casos, con un alto sentido del espacio, no sólo como conformador de relaciones entre planos y volúmenes, sino como expresión identitaria de un clima y unas condiciones de vida específicas.

Atendiendo a las fuentes de la arquitectura colonial, y a la línea iniciada por Alberto Camacho y Pedro Martínez Inclán en aras de lograr una síntesis coherente entre los requerimientos de los nuevos tiempos y la herencia del pasado, se extendió el uso de los patios y galerías en las más múltiples combinaciones entre los volúmenes construidos y las áreas verdes. Con esto se pretendía alcanzar una justa adecuación de tres elementos determinantes en la concepción de la arquitectura cubana: clima-luz-naturaleza.

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