Educación e Instrucción

“TENGAMOS EL MAGISTERIO Y CUBA SERÁ NUESTRA” [1]

Detengámonos un momento en la siguiente frase de Chesterton, e intentemos descubrir si expresa una verdad aplicable a nuestra circunstancia:

“La educación es simplemente el alma de una sociedad pasando de una generación a otra”.[2]

Al rumiarla nos asalta el temor de que en esa operación natural, y al mismo tiempo improbable y delicada como un parto, puedan perderse cosas importantes, y que nuestra sociedad se nos vuelva irreconocible demasiado pronto.

Desde los albores de nuestra nación está el Padre Félix Varela señalándonos el distingo crucial entre educación e instrucción. El hecho de que tengan rasgos en común no excusa que vengamos confundiéndolas desde siempre. Cada una demanda compromisos distintos, y disposiciones de ánimo, a las veces, contrapuestas; por lo que no se las debe abordar del mismo modo.

Decía José de la Luz: “Instruir puede cualquiera; educar, sólo quien sea un Evangelio vivo”.[3] Como los Evangelios vivos no abundan, los educadores no suelen estar a la mano; la sociedad tiene, sin embargo, el deber de universalizar la enseñanza, formando y empleando un gran número de maestros. ¿Qué conclusión práctica podemos sacar entonces de la advertencia de Luz? ¿Deberíamos dejar esa operación del alma —la educación—  en manos de maestros sin formación, o formados a toda prisa en función de esa demanda social, como hasta ahora en Cuba? ¿O necesitamos con urgencia un plan mejor?

La instrucción imparte conocimientos, de utilidad varia (y variable). Si llegásemos a odiarlos, o los olvidásemos por no necesitarlos, sospecho que no sería el fin del mundo. En cambio, la educación “enseña” sentimientos y valores. (Sobre esto Enrique José Varona precisa: “la moral no se enseña, se inocula”). Si un número suficiente de cubanos llegásemos a detestar, digamos, la historia de Cuba, ¿en qué tristes condiciones sobreviviría nuestra nación? Y ¿de dónde sacaríamos las fuerzas y el aliento para mejorarla, si no de las obras y el ejemplo de los grandes nombres de nuestra historia?

Se suele hablar con orgullo de nuestro Sistema de Educación. Tenemos varios ministerios consagrados a la labor pedagógica. De todo ello, sin embargo, sólo recogemos los frutos de la instrucción. Cuando se alaba la educación cubana aduciendo, por ejemplo, los logros de sus egresados, sobre todo fuera del país, se está aludiendo sobre todo a un nivel de instrucción. Comentar la calidad de la instrucción que el Estado cubano ha proveído o provee no es el objeto de estas líneas, sino señalar que su método de enseñanza, so pretexto de instruir, obstruye la educación.

No digo que nuestros maestros en general sean incapaces de comunicar sentimientos y valores. Muchos lo hacen, y todos deberían intentarlo libremente. Mas los empeños educativos fracasan, han fracasado, y fracasarán siempre, en cada nivel de la enseñanza, cuando a esa operación del alma se le aplica el instrumental (infinitamente más tosco) de la instrucción: la memorización indiscriminada, la proliferación de respuestas preconcebidas, la burda peligrosidad de los exámenes. En pocas palabras: la escolástica decadente. Los mismos enfoques que combatieron, Varela, Luz, Martí, Varona, Medardo Vitier, y todos los grandes pensadores que se han desvelado por el futuro de Cuba.

Ni la memoria de nuestra nación, ni ningún elemento de nuestra identidad o de nuestra cultura, debieron echarse nunca en el mismo saco que las tablas de multiplicar. Necesitamos que los alumnos aprendan matemática, ciencias, idiomas, incluso si nunca llegan a gustarles esas materias o luego las olvidan. Pero no queremos que aprendan historia de Cuba sin que lleguen a amarla. La Historia no es mera acumulación de datos; es, ante todo, una historia, y debe contarse en primer lugar en pos de un sentimiento, porque hasta una historia fascinante como la nuestra se vuelve odiosa cuando es impartida en lugar de narrada.[4]

Si “el pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos”,[5] a la educación en sí no pueden faltarle los rasgos de la felicidad. Especialmente los elementos que ahondan y fortifican la nación —historia, civismo, empatía, artes, cultura— debieran ser interludios de la instrucción y no parte de ella. Debieran ser lo más gozoso del programa docente, porque no son conocimientos que aproveche aprender si no se los llega a valorar —en otras palabras, si no se convierten en valores— a diferencia de las matemáticas y el resto de las materias.  La instrucción, como hemos dicho, desarrolla las potencias intelectuales, y conviene medir de algún modo sus ganancias. En cambio, la educación aviva potencias afectivas que no son cuantificables. Lo cualitativo se desvirtúa si se pretende cuantificar.

Por otra parte, el edificio de la sociedad tiembla cuando se oscurecen los conceptos que lo sustentan. Sólo la claridad aporta firmeza. Y si la educación es medular para alcanzar la felicidad perdurable de nuestro pueblo, su conceptualización ha de ser diáfana, Por eso he comenzado proponiendo la definición chestertoniana, porque me parece clara.

¿Alguien puede decir, por ejemplo, cuáles son los elementos esenciales, inamovibles, de lo que llamamos socialismo, o capitalismo? Yo no puedo. La actual Constitución de la República establece el socialismo como doctrina inamovible [6] que hay que defender a toda costa, pero… ¡sin detenerse en ningún punto a definirlo! ¿Cómo puede ser noble una meta y prescindible su concepto? Y sin este ¿cómo podrá alcanzarse aquella?

Asimismo, a las históricas palabras de junio de 1961 “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada” les falta una apostilla que explique el término. Entiendo que definir la Revolución pareció innecesario cuando sus ideales estaban vinculados, por un lado, a la imagen de los jóvenes barbudos que habían liberado al país, y por la otra al fervor, a la esperanza colectiva, por el naciente proyecto social. Pero con más razón, para honrar y no defraudar ese fervor, esa esperanza, clarificar hubiera sido oportuno. Sin contar con que, como dice el refrán: no hay buen viento para quien no sabe a dónde va.

A la larga, casi sesenta años después, Fidel dejó otra definición personal. Cito de memoria un fragmento: “Revolución es sentido del momento histórico. Es cambiar todo lo que debe ser cambiado. Es igualdad y libertad plenas […] Es no mentir jamás ni violar principios éticos”.[7]

Esa idea enérgica, flameada a tiempo[8] ante nosotros mismos, hubiera ayudado tal vez a combatir las lacras que han fomentado nuestra miseria presente. Aún ahora, esas palabras de Fidel tienen la virtud de ser una buena vara para medir la actuación del Estado que él mismo diseñó. ¿Tienen nuestros gobernantes sentido del momento histórico? ¿Comprenden, por ejemplo, lo que representa para Cuba una emigración masiva que persista durante tantos años, y una aspiración a emigrar todavía más masiva? ¿Si por ellos fuera, cambiarían algo de lo que debe ser cambiado para restañar esa herida de todos, y paliar la catástrofe? ¿Es un imposible silogístico apoyar las políticas del gobierno y ser, al mismo tiempo, revolucionario? Interesa, sin duda, responder esos y otros cuestionamientos. Pero también importa constatar que sólo una buena definición los hace posibles, mientras que una mala o inexistente ha permitido rehuirlos.

No sorprende, por lo mismo, que hayamos errado completamente el tiro en materia de educación, pues desde un inicio no apuntamos en la dirección señalada por nuestros mejores maestros. No puedo ofrecer estadísticas, sólo mi impresión personal como padre cubano de cuatro hijos en distinta edad escolar: las asignaturas más aborrecidas suelen ser las más desnaturalizadas, ya sea por enfoques retrógados de nuevo tipo, o por la falta de preparación de los docentes.[9] Dos siglos después de las batallas de Varela, seguimos retrocediendo ante la hidra de la escolástica decadente.

Imaginemos cursos en los que aprendamos cada vez mejor a distender las potencias intelectuales, a activar (sístole y diástole) la sensibilidad ética y estética, y a rescatar todo lo que la metodología ad usum aduerme o desconecta: “lo que estaba dormido sobre tu alma […] eternamente en fuga como la ola”, como dijo un poeta.[10]

Pero si al cabo la educación moral y sentimental (la única que existe) no se puede lograr en las escuelas tal como las conocemos, tendrá que hallar su cauce en espacios alternativos, cuya relevancia irá creciendo, con la iniciativa espontánea de que nunca debimos prescindir —¡como si la nación pudiera prescindir de sí misma!— con el esfuerzo de los cubanos de buena voluntad, con el favor de la Pequeña Providencia.


[1] José de la Luz y Caballero, Aforismos

[2] G.K. Chesterton, Collected Works of G. K. Chesterton: The Illustrated London News, 1923-1925: 33

[3] José de la Luz y Caballero, Aforismos

[4] “La infancia gusta de oír la historia, la juventud de hacerla y la vejez de contarla. He aquí enlazadas las tres edades y armonizadas entre sí y con el mundo”. Félix Varela.

[5] “El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento, y en la dirección de los sentimientos”. José Martí.

[6] Aunque no lo fuera ni para su fundador, Marx, que la tenía sólo por una etapa en la evolución social.

[7] https://www.presidencia.gob.cu/es/noticias/concepto-de-revolucion/

[8] “Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del Juicio Final, un escuadrón de acorazados”. José Martí, en su discurso “Nuestra América”.

[9] “Los mejores planes de enseñanza no pasan de meros pliegos de papel sin honrados y hábiles preceptores. Esperar lo uno sin lo otro, sería aguardar la cosecha sin haber labrado ni echado la semilla. Valiera más no establecer escuelas absolutamente que poner la niñez a cargo de entes inmorales o inexpertos” […] “No estemos en cómo se enseña, sino en el espíritu con que se enseña”. Félix Varela.

[10] Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

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