André de Urdaneta es un nombre que muy pocos identificarían de inmediato, a excepción de los historiadores especializados. Fue uno de los últimos exploradores y navegantes de la Península Ibérica cuyos viajes durante los siglos XV y XVI redibujaron el globo aproximadamente tal como hoy lo conocemos. Cristóbal Colón ha dado nombre a un país y a varias ciudades; Fernando Magallanes, a su famoso Estrecho. Pero Urdaneta no ha recibido ninguno de esos honores.
Tal vez sea porque Urdaneta no descubrió cómo llegar a ninguna parte, sino algo mucho menos glamuroso y no menos importante, que era cómo regresar; lo que conocemos hoy como el tornaviaje. Hasta 1565, ningún barco había conseguido cruzar el mar Pacífico desde Asia a las Américas. Para allá se iba con relativa facilidad, pero luego con los vientos y las corrientes siempre en contra los intentos por regresar acababan en fracaso o catástrofe. Y sería Urdaneta, un sobreviviente de expediciones anteriores, el primero en encontrar la ruta adecuada en las aguas inexploradas de aquel vasto océano, pues consiguió vencer lo que parecía un obstáculo insalvable para establecer el siguiente paso en el proceso de globalización comercial.
Cuando Andrés de Urdaneta se hace cargo del proyecto por orden directa de Felipe II puede decirse que la travesía del Pacífico se había convertido en una misión imposible. Aquel empeño había costado ya mucho dinero y muchas vidas, pero no hay que olvidar que el comercio hispano era dependiente de las fluctuaciones del mercado.
Desde 1545 el precio de la pimienta había experimentado un crecimiento espectacular. Ya era cara antes, pero en estos años alcanza tal nivel que otras potencias se animan a intentar desafiar el casi monopolio portugués. Incluso las rutas terrestres, poco activas desde hacía tiempo, se reactivaron. Llevaban décadas languideciendo, desde que se activaron las marítimas. Para entenderlo hay que tener en cuenta siempre la presencia de los turcos que exigían costosos aranceles al paso de mercancías. A esto hay que añadir la demanda creciente de seda, tela de lujo a la que las altas clases eran cada vez más aficionadas.
Urdaneta había sobrevivido a la expedición al Asia de Loaísa, cuya flota acabó dispersa y la mayor parte de los barcos y la tripulación, incluido el propio Loaísa, se perdieron para siempre. Después de naufragar en 1526 en las islas de las especias, donde se vio obligado a permanecer durante casi una década luchando contra los portugueses que se encontraban allí, Urdaneta regresó a Europa doblando por el cabo de Buena Esperanza custodiad por un barco portugués. Y, aunque en medio de aquella carrera le arrebataron sus cartas de navegación y sus documentos, se las arregló para escapar a España, y fue capaz de recrear de memoria la mayor parte de aquel material. En décadas posteriores se instaló en México, y cuando Felipe II quiso dar llegar de nuevo a las riquezas de Asia, pues entre otras cosas, el precio del clavo y la pimienta empezaban a subir, el rey escribió a Urdaneta.
La planificación del viaje tomó varios años, y la flota no zarpó del puerto en la costa occidental de México hasta noviembre de 1564. El viaje se realizó bajo la sombra de lo que hoy nos parecería la más extraña de las disputas legales, aquella entre España y Portugal por quién tenía derecho y dónde a navegar y comerciar. Hasta que tras ciertas intermediaciones del papa Borgia, Alejandro VI, decidieron repartirse ese lado del mundo en el Tratado de Tordesillas.
Se trazó una línea a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, y así quedó bajo control portugués todo lo que quedaba al este de esa línea, a aproximadamente 46° 37´oeste, esto es toda África y la costa atlántica de Brasil. En tanto que todo lo que quedaba al oeste de dicha línea era para España, lo que garantizaba a mayor parte de lo que se conocería luego como Las Américas. Entonces Urdaneta partió hacia las Filipinas hasta tocar tierra en febrero de 1565 donde se fundaría Manila, y regresó trazando la ruta hasta el puerto de Acapulco en octubre, después de haber recorrido 13,000 kilómetros en 130 días. El tornaviaje se había logrado y, lo que era aún más importante, había quedado rigurosamente documentado. Por primera vez, los barcos europeos lograron navegar por el Pacífico de manera fiable en ambas direcciones. Aunque, por supuesto, los polinesios habían recorrido gran parte de ese océano durante siglos.
Una vez que Urdaneta prueba su sistema, que incluía una travesía por tierra de las mercancías hacia el Atlántico, para volver a embarcar hacia España, comienza el flujo comercial que haría posible el intercambio de bienes muy diversos y duraría más de dos siglos. Los cambios que el Galeón de Manila produciría son esenciales para entender el desarrollo de la edad Moderna, tanto a nivel económico como cultural. Nuevas rutas comerciales se abrirían en la América hispana para conectarse con el eje asiático, y la plata se transformaría en el producto esencial que permitiría el nacimiento de la primera moneda de uso mundial; el real de a ocho. Al mismo tiempo, la plata se convertiría en motor impulsor en el interior de China.
Es fácil de entender. China carecía de moneda de valor intrínseco conque comerciar, especialmente en el exterior, por eso inventaron el papel moneda. Pero esto lastraba los ingresos del Estado, porque se afectaba al circular y era un producto demasiado sofisticado para servir en la vida diaria; las monedas de bronce o cobre eran de poco valor, por eso los impuestos se pagaban en trabajo o especias. La plata americana, reacuñada en China y suministrada con calidad y regularidad permitiría un cambio importantísimo en el modo de pagar, mejorando sustancialmente las finanzas del Estado. Así Manila se convertiría en la fascinante ciudad que haría posible todos los intercambios, el nudo comercial más importante del mundo, apenas a tres o cuatro días de los puertos chinos, y con destino ya establecido hacia México, de dónde partirían luego hacia España las peinetas, los abanicos, los mantones de Manila, la seda, la porcelana y las especias, entre otras muchas cosas.
Es difícil calibrar hasta dónde llegó la relación simbiótica entre el Imperio español, especialmente los virreinatos americanos, y China, pero para hacerse una idea de la importancia de esta conexión por el Pacífico hay que tener en cuenta que la China de los Ming era la principal potencia económica del planeta entonces. En su interior vivía un 25 porciento de la población del mundo y generaba en torno a un 40 porciento de PIB. Su capacidad de producción era inimaginable para los occidentales, y su relación con la monarquía hispánica fue mutuamente beneficiosa.
La integración comercial se extendió no solo a los productos, sino también a las gentes, pues los emigrantes asiáticos se mostraron activos en muchas profesiones en Hispanoamérica. La influencia actuaba en ambas direcciones. El aumento de la actividad comercial también penetraba la cultura china, por la introducción de cultivos del Nuevo Mundo como parte de lo que había llegado a conocerse como “intercambio colombino”. Algunos de los cultivos nuevos, resultado del intercambio comercial fueron el maíz, la batata y los cacahuetes.
Son muchas y variadas las consecuencias de lo que aquí apenas apuntamos. El libro de Morales y Gordon titulado The silver way, nos explica más ampliamente no solo lo que significó en el pasado, sino lo que a día de hoy sigue significando para comprender el presente e incluso el futuro de las relaciones entre Oriente y Occidente, y muy particularmente de China con Hispanoamérica. La mejor manera de empezar una historia es por el principio. Y esta, la historia de nuestro mundo cada vez más integrado, comienza en el mar Pacífico en torno a 1565 y no, como ha sido la creencia extendida, en la Europa occidental de mediados del siglo XVIII. Empieza, con el Galeón de Manila.