EL GRAN TEATRO DE LA HABANA

Escribir sobre edificios emblemáticos de La Habana supone adentrarse en episodios fascinantes de esta ciudad que tanta riqueza y relatos atesora. En el caso que nos ocupa, las conexiones geográficas, artísticas y emocionales que se generan y desprenden de esta joya arquitectónica enlazan un pasado común entre Cuba y España, cuyas ramificaciones se han extendido con frondoso vigor hasta nuestros días. He recorrido la memoria de este edificio y su fabulosa biografía con inevitable emoción. Cada uno de los espejos dorados de esta soberbia obra que mira de frente al monumental Capitolio refleja la crónica de un tiempo de esplendor con una vibrante vitalidad cultural y social.

El antiguo Teatro de Tacón ubicado en la manzana formada por las intercepciones de las actuales calles San Rafael, San José, Consulado y el Paseo del Prado, fue nombrado así en honor al Capitán General Miguel de Tacón y Rosique, gobernador de Cuba entre los años 1834 y 1838. Levantado por iniciativa suya, se encargó su construcción a Francisco Marty y Torrens, y el proyecto y dirección de obra al arquitecto Antonio Mayo. Con un estilo predominante tardobarroco, abrió por primera vez en 1837, fue considerado en su época el teatro más grande y lujoso del continente americano, y, por sus cualidades técnicas, el tercero del mundo, después de la Scala de Milán y la Ópera de Viena.

La estructura inicial del teatro en su exterior, aunque no le faltaba la elegancia clásica de los pórticos de arcos y columnas, fue tachada de excesiva sencillez por su escasa ornamentación, si bien, su interior deslumbraba. La condesa de Merlin llegó a decir que: «Solo los primeros teatros de las grandes capitales de Europa pueden igualar al de La Habana en la belleza de sus decoraciones, el lujo del alumbrado […]. En Londres o en París se tomaría este teatro por un inmenso salón de gran tono». El término «Templo de las Artes», es ampliamente repetido en la literatura sobre este edificio, y no es para menos. La forma de herradura a la italiana de su interior con cinco pisos, casi cien palcos, más de veinte filas y capacidad para recibir cuatro mil espectadores entre sentados y de pie da una idea de su grandiosidad para la época. Un lugar exquisito, cuya vista desde cualquier ángulo todavía nos sobrecoge. Su famosa lámpara, la famosa araña de Tacón, aunque reconstruida después de su desprendimiento en 1900, sigue siendo un asombro de luz y cristal. Pienso en los pálpitos y aplausos que esta sala ha escuchado. Deben de seguir aquí, suspendidos en el rojo corazón de la platea.

El teatro fue objeto de sucesivas reformas, ampliaciones y cambios de nombre durante toda su existencia, y, asimismo, su propiedad y gestión pasó también por diferentes manos y vicisitudes, con mejor o peor fortuna. Pero, además de las óperas, conciertos y acaloradas tertulias de sus entreactos, fue en este lugar donde los inmigrantes procedentes de Galicia ubicaron la primera sede de su asociación hacia 1880. Un año antes, el 23 de noviembre, se habían reunido una docena de gallegos en este teatro para fundar la «Sociedad Centro Gallego de La Habana» por iniciativa de Waldo Álvarez Insúa, un joven de la comarca de La Estrada, que había llegado a isla en 1877. El centro Francisco Rey Alfonso, hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, según Trayectoria de un edificio, Collage Ediciones, 2015, que tuvo su antecedente en la Sociedad de Beneficencia de naturales de Galicia, fue desde sus comienzos y durante toda su andadura un lugar de promoción de la educación, la cultura, la asistencia y de encuentro de la comunidad gallega en La Habana. Fue esta entidad la que compró por 525.000 pesos el mencionado Teatro Tacón (cuyo espacio acoge la actual Sala García Lorca) y el terreno circundante para construir su gran Palacio Social. En 1907 se coloca la primera piedra del nuevo edificio. Este complejo comprendió, no solo el teatro, sino también dos fastuosos salones de baile, un casino, salones de juegos, oficinas, caja de ahorros, restaurantes, y cafés. El magnífico edificio actual del teatro fue inaugurado en 1915 y es obra del arquitecto belga Paul Belau (artífice también del edificio del Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución).

Construido en estilo neobarroco, aloja en su fachada principal cuatro colosales grupos escultóricos en mármol blanco (obras de Giuseppe Moretti) que representan alegorías de la Beneficencia, la Educación, la Música y el Teatro, pilares de la institución que cimentaba sus principios en la instrucción y el recreo. Causaba admiración la imponente belleza del edificio, el mármol de Italia de sus escaleras y columnas, los ventanales y balcones. Sombreros de copa y brillantes trajes desfilaban destellantes por sus estancias.

Se brindaba por la vida en su Bar Room, y un espléndido café, llamado «Gran Café Nacional», fue considerado «lugar de reunión de las familias de buen gusto». Ascender desde la escalinata que recuerda, reinterpretada, a la Ópera de París hasta la parte más elevada, hasta el mismísimo cielo del edificio para contemplar las Torres de la Victoria y la inmensa belleza de La Habana, es un paseo inolvidable. Desde esta altura se aprecia verdaderamente la privilegiada situación del inmueble entre otros lugares de magnífica elegancia y encanto (Museo de Bellas Artes —antiguo Palacio del Centro Asturiano—, Hotel Inglaterra, Parque Central, Capitolio…). Y es entonces cuando percibimos, al ir girando nuestra vista, la extraordinaria coreografía del conjunto arquitectónico, e imaginamos al teatro ataviado con sus mejores galas invitando seductoramente a la ciudad a una gran fiesta: ¿me concede usted este baile?

ALICIA EN EL TEATRO DE LAS MARAVILLAS

Esta historia no puede finalizar sin citar la aparición de una mujer con un don casi sobrenatural sobre un escenario que convertiría en mítico. Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo (Alicia Alonso) vino al mundo para danzar y crear una gran escuela. La que ya siempre será Giselle y como ella bailó sin descanso hasta el final, estrenaría en este teatro otro de sus insuperables papeles, Carmen. En 1948 fundaría el «Ballet Alicia Alonso», hoy Ballet Nacional de Cuba, y desde la década de 1960 este edificio ha sido la sede permanente de dicha compañía y principal escenario del Festival Internacional de Ballet de La Habana. A partir de 1985, a iniciativa de la misma Alicia, el edificio completo pasó a denominarse «Gran Teatro de La Habana», reservándose la denominación de «García Lorca» (nombre por el que se ha conocido largamente al teatro) para su sala principal, un hermosísimo auditorio por cuyo entarimado desfilaron grandes figuras del siglo XX de la zarzuela, el ballet, la ópera y diversos géneros escénicos, como el tenor Enrico Caruso, la bailarina Anna Pavlova o el músico Sergei Rachmáninov, entre otros muchos. El homenaje al gran poeta de Granada también lo encontramos en una placa bajo un farolillo del patio en la que leemos:

“Cuando sea duque de Genil volveré a Cuba con el ramito de flores de azahar de nuestra luna -si todavía me quieres -será de caña de azúcar en campo de gules. Si me pierdo que me busquen en Cuba en Andalucía”.

Federico García Lorca La Habana 1930. En el centenario de su nacimiento el 5 de junio de 1998.

 En septiembre de 2015, el Consejo de Estado de la República de Cuba acordó, en reconocimiento a los aportes de Alicia Alonso a la cultura cubana y universal, denominar el actual coliseo como «Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”». Desde 2018 luce en su entrada una escultura de la Prima Ballerina Assoluta que la inmortaliza flotando en sus juveniles veinte años sobre un suelo enramado con un círculo de flores. La función no ha terminado en este teatro de las maravillas, y el mundo gira bajo los pies de la gran Diva para que siga danzando.

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