La imprenta llegó a Cuba hacia 1720. La Habana fue la séptima ciudad de la América española que tuvo imprenta, pero su historia en la isla no comienza hasta 1722, fecha del primer impreso conocido.
El período de fundación de la tipografía cubana abarca un lapso del siglo XVIII cuyos límites no es fácil precisar. Si nos atuviéramos a una cómoda división por siglos diríamos que dura cerca de ochenta años, el tiempo que va desde la introducción de la imprenta hasta el filo del siglo XIX. Esta división tiene un atractivo: coincide aproximadamente con el tiempo que tardó la imprenta en llegar a Santiago de Cuba. En un período que se inicia y culmina con libros devotos -uno de oraciones y otro de villancicos-, la imprenta se convierte en un oficio conocido en los dos extremos de la isla. Ahora bien, hasta la sexta década del siglo XVIII la imprenta no logra convertirse en un negocio estable. Durante sus primeros treinta años sufre una lenta agonía que hace crisis en 1753, cuando tienen que imprimirse en México los reglamentos militares para las guarniciones de Santiago y La Habana, porque en Cuba no se encuentra taller capaz de asumir el encargo. El período de fundación propiamente dicho de la tipografía cubana se iniciaría en 1754 -fecha en que se establece en La Habana el impresor Blas de los Olivos- y concluiría en 1790, año en que aparece el Papel Periódico de la Habana. Entre ambas fechas la imprenta adquiere estabilidad y un principio de organización, por la necesidad de imprimir un periódico bisemanal obligaría al taller a una producción continua que lo asemejaría a un taller moderno.
La imprenta como Arte.
En 1787 apareció la obra de Antonio Parra “Descripción de diferentes piezas de historia natural”, el conocido como Libro de los Peces, primera obra científica publicada en el país y que alcanzaría gran notoriedad sobre todo por sus ilustraciones. Con casi doscientas páginas y setenta y cinco láminas, el Libro de los Peces fue un verdadero alarde técnico y artístico que no volvería a intentarse en medio siglo.
Nacido en Tavira, Portugal, en 1739, Antonio Parra Callado llegó a Cuba en 1763. Era marinero y formaba parte de las tropas españolas que llegaron a La Habana ese año, tras la breve dominación inglesa.
Radicado en Cuba, contrajo matrimonio con la habanera Catarina Gertrudis Muñoz, con la que tuvo varios hijos. Naturalista por afición, desde su arribo comenzó a recopilar ejemplares de animales cubanos, sobre todo marinos. Con estos ejemplares, disecados por él, creó un gabinete o museo, el cual exhibió al público. También incluyó animales vivos entre los que se incluían tortugas, cocodrilos, caimanes y monos.
En el Museo Nacional de Historia Natural, en Madrid, España, aún se conservan ejemplares disecados que aparecieron por primera vez en este libro de 1787. El método que utilizó para conservarlos fue disecarlos, vaciarlos y darles color con barniz. Entre las especies que aparecen dibujadas para el libro se incluyen esponjas, celenterados, crustáceos, equinodermos, peces y tortugas. También representó al manjuarí, pez cubano de agua dulce considerado una reliquia biológica viva, uno de los peces más primitivos esqueléticos del planeta. En el libro de Parra también apareció un capítulo dedicado a la ciguatera, forma común de intoxicación alimentaria por ingesta de peces que se alimentan o habitan en los arrecifes coralinos, y al parecer, esta fue la primera vez que se describieron los síntomas de dicha enfermedad, que ha sido estudiada ampliamente con posterioridad. Parra además, mencionó varios remedios para combatirla, entre ellos el zumo de limón. Más tarde viajó a España y se vinculó al Real Jardín Botánico de Madrid, del que llegó a ser miembro correspondiente, enviando durante varios años a esta institución semillas y plantas cubanas.
Por su parte Blas de los Olivos, el impresor de este famoso libro, recibió con el monopolio de la imprenta, el título de Impresor del Conde de Ricla. Al morir en 1777 su taller, conocido como Imprenta de la Capitanía General, pasó a su yerno, Francisco Seguí, quien llegaría a ser el mejor tipógrafo del siglo XVIII.
Impresores entre siglos.
No conocemos la fisonomía de ningún impresor de finales del siglo XVIII y principios del XIX, peros sí la imagen pública de algunos de ellos. La personalidad social del impresor típico de esa época está dada, en sus rasgos esenciales, por su doble condición de funcionario y de burgués. El impresor de la época depende casi por completo de los encargos oficiales y, para subsistir, necesita obtener ciertos privilegios que en la sociedad colonial se reservaban los funcionarios y empresas del gobierno Español. Se esfuerza por consolidar su posición manifestando de continuo su adhesión a la monarquía y, llegado el caso, comprando con un jugoso “donativo” algún título equivalente a los de la nobleza. Pero el impresor no disfruta nunca de un monopolio absoluto, compite con otros impresores y además produce para un mercado donde otros talleres reducen la rentabilidad del suyo. Entonces su actividad económica se desarrolla en el marco de la libre empresa, y esta faceta de empresario se impondrá definitivamente a partir de la cuarta década del siglo XIX.
Es Estaban José Boloña quien mejor encarna los rasgos típicos del impresor como homo fabers cuya personalidad hemos esbozado. Tenía veintitrés años cuando se estableció por cuenta propia, unos meses antes de la muerte de Blas de los Olivos. Sería, después de Seguí, el tipógrafo más notable del siglo XVII cubano. En 1776 un joven Esteban José Boloña compró una imprenta usada para trabajos menores a Azpetia, un naviero vinculado a la Comandancia de la Marina, y se dirigió de inmediato al Cabildo pidiendo licencia para establecerse con esta -“ y otra porción de letra que para su aumento he mandado a buscar y espero de los reinos de Castilla”. Por más de treinta años manejó los impresos de la Marina a plena satisfacción de sus protectores, que no se cansaban de recomendarlo por su “celo, capacidad, buena impresión, equitativos precios y puntualidad al Real servicio”. En ese escueto testimonio se resumía su vida de esforzado artesano, y ese el patrimonio que depositó confiado en su primogénito, José Severino, quien lo mantuvo dignamente. Además de sucederlo como Impresor de Marina, en 1828 fue nombrado Impresor del Cuerpo de Ingenieros; en1829 de la Real Casa y Patrimonio; en 1833 de la Real y Pontificia Universidad. Ese año compiló y publicó una colección de poesías, y otra de los tipos de viñetas existentes en su taller. -Que el famoso escritor Eliseo Diego incorporaría a la mitología criolla con el título: “Muestrario del mundo o Libro de las maravilla de Boloña.“
Durante todos estos siglos, cada imprenta fue, además de taller, una pequeña librería, que además de la papelería y los impresos menores, ofrecía a clérigos y funcionarios los ejemplares que le correspondían de cada edición o que el autor dejaba en “en consigna” para una clientela heterogénea. Así, el primer anuncio de librería que se conoce en Cuba procede del taller de Carlos Habré, y ofrece las Rúbricas generales del breviario romano. Algunos de los mayores impresores de la primera mitad del siglo XX ya se habían establecido a fines del siglo anterior. Ese es el caso del célebre José López Rodríguez, conocido como Pote y propietario de la magnífica librería La Moderna Poesía, ubicada en la calle Obispo hasta la actualidad. También es el caso de Aurelio Miranda, propietario de El Siglo XX y de otros de origen español como Rambla, Bouza y Cía; Úcar, García y Cía; Mariano Sáchez Roca, fundador de la Editorial Lex. Otros activods impresores del primer tercio de siglo fueron Ricardo Veloso, de la librería Cervantez y Valentín García, de la librería Minerva. Esta característica del taller, que a su condición de librería y papelería sumó la de puesto de periódicos, quedó plenamente establecida a partir de la fundación del Papel Periódico en 1790. La imprenta de Seguí se convirtió entonces en un inevitable lugar de referencia y reunión, al que llegaban también de la Península los periódicos, que se vendían junto al de producción local, alcanzando la suma de ochocientos mil ejemplares cada mes. Surgió el hábito de la subscripción y de la compra de libros que imprimía el taller, y los jóvenes seminaristas o universitarios iban a la imprenta también en busca de cuadernos, modelos y artículos de escritorio que se fabricaban en el miso o se importaban de España. La imprenta era pues, un local cultural donde se desarrollaban actividades de diversa índole. El criterio “cultural” puede parecer gratuito o arbitrario al juzgar la importancia de un taller, pero en aquellos siglos ocupó una relación necesaria entre la producción y el interés literario, que atribuye tácitamente al impresor una función editorial -selectiva- que posteriormente rara vez asumiría. Es gracias a impresores como el castellano Ramón Oliva, que se publicaron en Cuba por primera vez las obras de Shakespeare, de Villaverde, las comedias de Pedro Calderón de la Barca, “Carmen” de Nicolás de Cárdenas, así como dos obras de la Avellaneda. En resumen, la imprenta en Cuba fue símbolo del progreso, que logró esparcir las ideas más adelantadas de cada época por toda la isla, fijando en signos “la palabra veloz que antes huía”.