Las aguas van labrando un cauce, por el cual se identifica el río.
El conjunto de esencias y valores de lo cubano, según se articula en el proceso histórico de la nación y de nuestra poesía, nos da la imagen de una existencia que no puede alcanzar su propio centro, que está separada de sí misma por una sutil distancia insalvable; una existencia que no puede asentarse en la sustancia de su ser. Frente a esa imagen constante y normal de lo cubano, se ha levantado siempre, solitario y heroico, el empeño fundacional de la trascendencia, de la gravedad, de la sustancia, alimentado cada vez de modo distinto en la raíz hispánica, como lo muestran los casos por lo demás tan diversos de Martí y Lezama, concluyentes al respecto. De modo que, frente al desiderátum vital de nuestros valore, asumiéndolos y configurándolos como elementos de una construcción, es preciso situar lo cubano bajo especie de fundación, pero esto casi equivale a decir: lo cubano como posible.
Fundar algo entre nosotros, desde lo más humilde a lo más ambicioso, ha sido siempre una faena incierta. Porque el hombre es quien, instalándose fuertemente en su tierra, hace fuerte su tierra. Nuestra sensibilidad moral, nuestra vida religiosa, nuestra asimilación de la cultura, generalmente ha carecido de esa que los predicadores llaman “un fundamento sólido”. De ahí que volvamos continuamente los ojos a las generaciones de “fundadores” de nuestro siglo XIX. Pero lo que ellos fundaron, ¿dónde está? Fundadores sí hemos tenido muchos, heroicos, calladas, de grave cepa moral, y uno entre ellos incomparable, pero ¿dónde están los muros, aunque sea derruidos, de su fundación?
La esencia de toda fundación humana, como de la Creación divina misma según el sentido cristiano, es siempre el sacrificio. La poesía, generalmente más hija de la naturaleza y el alma que del espíritu, siguió como pudo aquel destino que le era cruelmente impuesto, hasta que Martí asumió poesía y sacrificio en un solo acto, en una idéntica sustancia. Pero una vez desaparecida aquella resistencia configuradora, esencialmente fundada y fundacional, parece como si nos desganáramos de nuestras propias ilusiones.
Diríase que para nosotros la frustración se ha convertido en una especie de oscuro deber.
Este es el país de los que están de vuelta sin haber ido, de los que ya no creen en “boberías”, de los que tienen por divisa el “no vale la pena”, del que arrastra su desánimo como una sabiduría o un blasón, y del que es arrastrado por él como un despojo; del que no sabe nunca cuál es su sitio y del que no tiene sitio alguno; de los valores, entusiasmos y movimientos que a los diez años muestran la lejanía de una inscripción egipcia; del poeta de un solo soneto y del lenguaraz infatigable donde la realidad entera naufraga como una sol parrafada incoherente. Estamos acostumbrados a los brillantes florecimientos que no dan ningún fruto nutricio. La fe nos dura poco, y pronto os vamos, con nuestra habitual mansedumbre, cada vez más melancólica, a nuestras ocupaciones habituales. Fundar algo sobre esta arena movediza, en medio de esta difusa y terrible frustración que nos rodea, es en verdad improbable faena. Sólo las agitaciones espasmódicas de la política y el grosero manotazo de la tiranía logran sacar alguna nostalgia de sacrificio, reverso de la frustración, que late aún en la juventud exasperada. Pero esa misma situación recurrente, cíclica: tiranía-sacrificio, sacrificio-tiranía, con los intermedios consabidos. ¿no es también un punto inerte, un callejón sin salida de nuestra historia?
Y sin embargo ese desapego, tácito y oscuro, hacia las fuerzas arquitectónicas de la fundación, de la autoridad, del devenir configurado, encierra también otros sentidos de posible aprovechamiento espiritual. Las cumbres de nuestras montañas están llenas de conchas y fósiles marinos. Los ejes montañosos en torno a los cuales se dibujó la isla, salieron del claustro oceánico para entrar en el abismo cristalino del aire y después en el sueño de la historia. La isla, en suma, pasa del abismo marino al abismo del aire, de lo oculto a lo abierto, y sus esencias escapan a todo amurallamiento, a toda forma cerrada, a todo centro posesor. Simultáneamente ligados a la respiración placentaria del mar y a las evaporaciones vegetales, la visibilidad de la historia difícilmente puede hacernos entrar en sus estructuras. El aspecto perennemente regresivo de esta situación no tiene que se subrayado, pero sería bueno tomar conciencia, también, de las posibles ventajas que implica.
¿Parecerá escasa ventaja la de escapar, siquiera sea parcialmente, a las fatalidades dialécticas y a las intoxicaciones del causalismo? Todo el inmenso tiempo que en otras latitudes perderíamos ante los espejismos de la vida cotidiana, podemos ganarlo aquí, a la vez ocultos y abiertos, cultivando libremente las fuerzas poéticas mayores o menores de que estemos dotados, en beneficio de lo único que realmente nos importa: las vidas cubanas. Lo que nuestra isla ha perdido en organización, dialéctica, moda y valores internacionales, pudo ganarlo en identidad, libertad y pureza. Pero tan pronto como asoma entre nosotros la impunidad todo empieza a prostituirse y envenenarse. Conste que no estoy defendiendo ningún género de aislacionismo, pero tampoco de regresiva teluricidad norteamericana. Nuestra verdadera teluricidad es marina y aérea, más que de la tierra; es decir, esencialmente comunicante.
En nuestra desconfianza, escepticismo o burla de toda autoridad, se esconde el deseo de no ser inmovilizado. Si no nos dejamos deslizar por la pendiente fácil del resentimiento, de cuya trampa no podremos salir nunca, y cobramos conciencia de lo que ese deseo significa, comprendemos que nuestra verdadera vocación es vivir libres. ¿Quién aprisiona esto que somos, que no sabemos qué es, que no podemos poseer nosotros mismos? No se trata de estoica libertad de la conciencia ni de la libertad como fatum del existencialismo, sino más bien de la libertad dichosa esencia inalcanzable de nuestra alma y acción, que es el deber más profundo que tenemos. Si somos constantes, podremos llevar a imprevisible plenitud el sacrificio que nos funda. Pero si estamos destinados a la sombría frustración definitiva, que al menos haya siempre entre nosotros voces como las de los poetas: voces cantando siempre el misterio de la isla. Porque el arte nos cura de la historia y nos permite salirnos de la sombra, pasar el umbral; en ella podemos atravesar las categorías sagradas de nuestro ser para que sea posible la comparecencia de la luz. Para que se posible de nuevo la Palabra.