Los Minoristas

La Cuba republicana, tan arbitrariamente vapuleada, vio surgir en su tercera década una generación literaria y política que aunaba, en dosis destacadas, vitalidad, camaradería, compromiso y genio. Gobernaba el país entre 1921 y 1925 Alfredo Zayas, bajo reglas democráticas aunque creciente corrupción, en un entorno económico sumido en bache profundo por el desplome del precio del azúcar. En momento candente de construcción institucional y forja de la identidad, con el trauma abierto de una soberanía mermada por la amenaza de nuevas y sangrantes intervenciones de los Estados Unidos, parecía natural que la crítica antigubernamental y el ánimo de regeneración se exacerbase. La asunción presidencial de Gerardo Machado en el 25 permitió un espejismo desarrollista y tecnocrático, pronto opacado por su deriva despótica. La juventud ilustrada cubana reaccionó en tromba.

Capitanes Generales es el más imponente de los viejos palacios coloniales de La Habana. Su vocación barroca apenas contenida por pautas neoclásicas, su extensa planta, su patio ajardinado con Colón al centro, sus salas ampulosas repletas de reliquias históricas y relatos de heroísmo, captan al visitante. Si aún encuentra tiempo y deambula por las estancias de su entresuelo, dará con el despacho recreado de quien fuera el primer Historiador de la Ciudad, Emilio Roig, y verá allí colgada una gran acuarela, de un metro por casi ochenta centímetros, colorida, que siempre le acompañó. En dibujo limpio y tono de caricatura, amable, aparecen una treintena de personajes, apiñados, sentados a la mesa algunos, otros de pie, como de paso, leyendo o curioseando lo que lee el de al lado; reina allí la buena disposición y la amistad. Fue obra de Conrado Massaguer, empresario de medios, fundador de las revistas Social yCarteles, publicista e ilustrador, y presentada en el Salón de Humoristas de La Habana de 1926. Jorge Mañach bautizó a este grupo generacional afín, conjuntado, poco disciplinado, como los Minoristas (selectos, algo pretenciosos, generosos, bienintencionados, escasos en número quizás para tanto como pretendían) Sabáticos (por su hábito de almuerzo colectivo en tal día), en un célebre artículo en que relata con desenfado cómo homenajean al gran barítono italiano Titta Ruffo, de gira en la isla. Social de febrero de 1927 reproduce el cuadro, en blanco y negro: “No están todos los que son ni son todos los que están”, aclara, para añadir que el retrato “perpetúa para la posteridad” a un grupo que colabora en su mayoría y son amigos en su totalidad de la revista.

El encuentro hubo de tener lugar en alguna de sus citas gastronómicas habituales, con animada sobremesa, en el hotel Lafayette, el México, El Lirio del Prado. Lo preside, enorme y patriarcal, el antropólogo Fernando Ortiz. Tallet, Mañach, Marinello, los Acosta a un lado, Roig y Mariblanca Sabás al otro, Massaguer, siempre optimista, mirando divertido, Carpentier al fondo, Martínez Villena, Henríquez Ureña… y en una ventana, en el exterior, sabiendo que ya no es querido, Alberto Lamar, el traidor temprano que se dejó seducir por Machado y que dedicó una Biología de la democracia, alambicada, organicista y servil, a la legitimación del tirano.

Conformaba el Grupo Minorista un amplio elenco de poetas, ensayistas, autores de cuento y novela, dibujantes, pintores y músicos también. Muchos acabaron dejando obra extensa y apreciable. Abogados, periodistas, funcionarios, empleados, algún profesional, algún comerciante, bohemios, entonces en su veintena, con ansias de comerse el mundo y construir una patria mejor. Algunos nacidos y criados en España o de origen español. Otros, diplomáticos destinados en el exterior, corresponsales puntillosos de las novedades de ultramar y fieles en su asistencia a almuerzos sabatinos en sus contados viajes a La Habana. Cosmopolitas empeñados en la apertura al mundo y la construcción de la cubanidad. Eruditos, innovadores, modernistas, entregados sin reserva a la cultura. “Aman a Amado Nervo, idolatran a Rubén Darío”, cuenta Ana Cairo, su primera biógrafa. “Queirozistas apasionados”, añadían ellos, que creían encontrar un ilustre precedente en los “vencidos de la vida”, el grupo literario de Eça y sus allegados que en la Lisboa pacata de cincuenta años atrás había chocado con similar recelo y prevención social. Como aquellos, escribía con sorna el periodista Roselló, “nos mantenemos sin presidente, sin estatutos, sin campanilla; aún no nos hemos abofeteado, y, por lo menos que lo sepa yo, no tenemos himno”.

Se hicieron conocer a través de manifiestos públicos. El de la Protesta de los Trece en marzo de 1923, un alegato contra los tejemanejes inmobiliarios del gobierno. El de constitución de la Falange de Acción Cubana, al poco, como asociación de instrucción pública gratuita para “llevar a cabo su obra de cultura y de orientación dedicada al pueblo”. Y su Declaración, tardía, en mayo de 1927, como “un grupo intelectual izquierdista, producto natural del medio y órgano histórico fatalmente determinado por la función social que había de cumplir”, que detallaba así: “Por la revisión de los valores falsos y gastados. Por el arte vernáculo y, en general, por el arte nuevo en sus diversas manifestaciones. Por la introducción y vulgarización en Cuba de las últimas doctrinas, teóricas y prácticas, artísticas y científicas… Por la independencia económica de Cuba y contra el imperialismo yanqui. Contra las dictaduras políticas…”.

Contaron con la prensa cubana como arma de cohesión y difusión de su ideario y sus creaciones. Circulaba desde 1916 Social, una revista mensual de elegante diseño gráfico y tipográfico, modernista, art déco, cubista, futurista, con portadas en color, lujosas ilustraciones, a menudo atrevidas, caricaturas, partituras, publicidad aguda, profuso en fotos y en contenido informativo, frívolo y de entretenimiento, cultural, colaboraciones desde el extranjero, muchas de España. Se declararía órgano del grupo, con Carteles, en circulación ya en 1919, de gancho más popular. La página literaria dominical del Diario de la Marina, al final de la década de los veinte, con José Antonio Fernández de Castro al frente, también estaba volcada a la causa. Su estandarte más elaborado resultó ser, entre 1927 y 1930, la revista de avance, caja de resonancia y estrado minorista, retórica y aguerrida en su primer editorial: “He aquí un nuevo bajel en los mares de nuestra inquietud. Lleva al viento un gallardete alto, agudo y azul. Para la emergencia posible, banderín rojo. Lo que no va en su bagaje es la bandera blanca de las capitulaciones. Pues, aunque el decirlo suene un poco enfático, zarpa esta embarcación con cierto brío heroico, dispuesta a hundirse, como tantas otras, si le soplase viento adverso; pero negada de antemano a todo patético remolque. Al fin y al cabo, su tripulación es escasa y todos, mal que bien, sabemos nadar”.

Podían con todo, dando por descontado que su lozanía y arrojo superaría trampas, obstáculos y gazmoñería. Se crecían ante la incomprensión, gustaban de lo rompedor, sentían fervor por lo nuevo. En 1924, alertados de la puesta en escena en Italia pocos años antes de los Seis personajes en busca de autor de Pirandello, se hicieron con un libreto y convencieron a una compañía para que se montase en La Habana, como primicia en América; ni el público, poco advertido, casi ni los actores, la entendieron bien y no duró en cartel, pero la obra y su carga de profundidad comenzó a rodar y sacudir la escena teatral local. Se atrevieron con una novela colectiva, Fantoches 1926, de impronta generacional y trama policial, elaborada por once autores y publicada en Social en doce entregas ese año. Carlos Loveira escribió los capítulos inicial y final, y un buen manojo de minoristas los intermedios, sofisticando el argumento y poniéndoselo difícil al siguiente, subiendo el nivel del juego y el experimento, apostando por el humor, la desinhibición y la improvisación, sin esquivar lo crudo y lo escabroso, jugando con lo escandaloso, rozando el astracán y el surrealismo. Alfonso Hernández Catá redactó la sexta entrega, donde aparecen los ñáñigos, integrantes de las sectas secretas africanas traídas a Cuba un siglo antes por esclavos de Nigeria. Supuso un alarde de modernidad, un insólito y audaz hallazgo temático en la poco mezclada Cuba de entonces. Ana María Hernández lo considera una “trasgresión mayor que cualquier innovación formal o convención detectivesca importados de la Europa vanguardista”. La novela, Ilustrada por los mejores dibujantes, gozó de gran éxito. En septiembre del 28 acudieron en comandita al Presidio Nacional a homenajear a Carlos Montenegro, escritor formado con las lecturas y los relatos carcelarios, recluido por homicidio en riña portuaria, que acababa de ganar el primer premio en el concurso de cuentos de Carteles; abogaron por su indulto, y aunque tardó, lo consiguieron.

El tiempo fue distanciando a los minoristas pero sobre todo las diferencias políticas, agudizadas según se endurecía la dictadura de Machado y se veían obligados a tomar partido. Chocaron sus opciones, por la vía revolucionaria, el reformismo liberal o la reacción. Unos se radicalizaron y sufrieron censura, cárcel y exilio, otros evolucionaron o se replegaron a sus vidas cotidianas y profesiones. Roig, en el Social de junio de 1929, oficiaba con pesar y orgullo sus honras fúnebres: “Admirable labor revolucionaria de depuración y renovación literaria y artística como político-social fue la que realizó en Cuba el Grupo Minorista, labor que alcanzó repercusiones continentales y hasta dejó sentir su influencia y su acción en España, labor no superada ni igualada antes ni después en nuestra patria por grupo literario o artístico alguno”.

Muchos fueron leales de por vida a esos vínculos. Otros se alejaron, por discrepancias graves, por algún rencor o el simple deterioro de la edad, pero mantuvieron en lo que pudieron el buen tono y la cordialidad criolla. Quien perseveró y tuvo fortuna, alcanzó los más altos cargos del Estado, parlamentarios, constituyentes, ministros, embajadores, en las filas liberales, nacionalistas, católicas o comunistas. Finalmente, las trayectorias truncadas, las banderías feroces, la fractura implacable de la revolución, la reescritura falaz de la historia, sumieron a los minoristas que partieron y a aquellos desafectos que se quedaron en el olvido forzado, en la refutación oficial y el menosprecio de su legado. Una nebulosa envolvió al minorismo, apenas disipada tras los años.

Los exiliados siguieron añorando su isla, donde quedaron ilusiones y recuerdos, también libros, borradores, archivos, apuntes y ensayos a media factura, cartas y memorias, algunos bajo custodia, muchos abandonados en la rabia, el desvalimiento y la zozobra de sus últimos días cubanos. Eugenio Florit, poeta singular de la generación, alecciona a su búsqueda, a su recuperación: “Hay que volver a ellas / las pobres letras solas / para que vivan otra vez / con el arrimo de la pluma / que les sacuda del dormir que guardan / para que surjan del silencio de su muerte / y vivan, sí, de vida firme / esas cosas divinas: las palabras.”

 

 

Últimos Artículos

Ñáñigos blancos

En Cuba, tiempos ha, los mayores atemorizaban a los niños, y acaso también se atemorizaban ellos, con el Coco.  Si estaban fuera de la casa a las nueve de la noche, la hora del cañonazo, el Coco podía llevárselos en su saco. Era un ser horrendo, con infinidad de formas y rostros…

Isadora Duncan

A mediados de 1916 Isadora Duncan llegó a La Habana. No la aguardaban autoridades locales ni periodistas en el puerto. Venía en una visita privada, acompañada por alguien que ella definía como “un joven poeta escocés”, secretario de Paris Singer, antiguo amante y padre de uno de sus hijos al que ella había vuelto a acercarse recientemente.

Cartel cubano actual

Sí se ha dado en las últimas décadas un movimiento que se realiza tanto dentro como fuera de Cuba. Sus autores muchas veces son egresados del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI) y muchos de ellos se sienten herederos de la gráfica que salía de los talleres del ICAIC…

Los justo

La sombra alargada de Ignacio Agramonte, que se proyecta desde aquel 8 de junio de 1865 cuando defendió la alianza sagrada entre orden y libertad, no es estatua pétrea. Es eco inquieto que golpea los muros del presente cubano. El Derecho es «ars boni et aequi» a decir de Celso: el arte de lo justo y lo equitativo; donde la…