Cuando Henri Cartier-Bresson llegó a La Habana en 1963, quería ver por sí mismo las cosas que se contaban de la isla. Era un veterano en el oficio de captar con el lente los momentos estelares de las grandes conmociones del siglo XX, sus fotografías se caracterizaban por composiciones espontáneas, observacionales y no arregladas.
En cada una de las imágenes que tomó en las calles, aflora la realidad de un nuevo tipo de relaciones sociales, tumultuosas, contradictorias y a veces incluso sensuales.
Cartier-Bresson, fiel a sí mismo, a su magisterio, había reflejado en pocos instantes la dimensión de una época de cambios, capta momentos de contraste e intimidad en un entorno público. Más allá de la voluntad de los editores de la revista norteamericana LIFE, que usaron una de sus fotos para portada, el gran artista francés contribuía a mostrar a Cuba, también desde su visión permeada por la moda y belleza parisinas.
Desde entonces, y aún antes, Cuba también fijaba sus ojos en la obra de Henri Cartier-Bresson. Alberto Korda lo consideró, en más de una entrevista, como una fuente de inspiración, y ante la pregunta: ¿Cuántas veces no te habrán dicho que tu famosa foto del Che obedece a la filosofía del instante decisivo de Cartier-Bresson?: “Mucho, pero eso no me menoscaba. Por el contrario, si cada fotógrafo tuviera conciencia de la importancia de ese instante, contaríamos con muchas más imágenes de momentos definitorios de la historia de las que tenemos. “
Lo increíble fue que tanto su acercamiento a los albores de la construcción de una nueva sociedad en Cuba, como a otros procesos de cambios telúricos de la pasada centuria en otros continentes, los haya tratado de transmitir desde la óptica de alguien que «nunca se ha sentido periodista». Aunque se entregó profesional y vitalmente al oficio, como lo demostró la fundación de la célebre agencia Magnum, tras la Segunda Guerra Mundial, junto con otros iconos de la fotografía como Robert Capa, George Rodger y David «Chim» Seymour.