UNA ISLA CON JARDÍN

Había leído con deleite un libro titulado El jardín de una isla, en el que la autora, la poeta Celia Thaxter, narraba con delicada y hermosa minuciosidad su dedicación para cuidar y hacer crecer un jardín. La historia acontecía a finales del siglo XIX en su casa, situada en una rocosa isla de Appledore, en las costas de Maine, y aquel jardín todavía existe. Pensé en el desafío que supone crear y preservar estos oasis en los espacios isleños. La propia existencia de las islas ya me parece una proeza; el hecho de que cada una de ellas, por ínfima que sea, mantenga firme su posición en el mapa, ya sea en medio de grandes océanos o en las inmediaciones de gigantescas extensiones tierra adentro. Las penínsulas, las masas continentales, salvo conflictos mayores, juegan con la ventaja de la inmediatez, la continuidad cercana. La isla es siempre un reto, una necesidad de superar los obstáculos y límites que su azarosa reclusión impone.

EL JARDÍN BOTÁNICO DE LA HABANA

Un jardín, especialmente uno botánico, es uno de los mejores regalos que se puede hacer a cualquier ciudadano, y entraña también un compromiso, un esfuerzo diario, un deseo de procurar que la vida se propague y multiplique, no solo con la mera presencia de las plantas, sino con su llamada a los pájaros (más de 125 especies de aves endémicas cubanas y caribeñas, migratorias y migratorias parciales han sido registradas en áreas del Jardín Botánico), a los insectos beneficiosos y las mariposas. En Cuba se cuentan trece de estos jardines. Podemos fechar en 1817 el primer Botánico que tuvo la isla, el cual llevó por nombre “Carlos III de España”, y que estaba situado en los terrenos que hoy ocupa el Capitolio Nacional. Por entonces, ya existían en Europa varios de estos vergeles, entre los que podrían citarse el Jardín de las Plantas (París) y el Real Jardín Botánico de Madrid. El “Carlos III” fue trasladado a partir de 1839, progresivamente y luego de manera definitiva en 1864, a la Quinta de los Molinos, un destino estratégico y de recreo de los Capitanes Generales que se conocía inicialmente como Molinos del Rey. Hasta la primera mitad del siglo XX este terreno de poco más de cuatro hectáreas se mantuvo como espacio y laboratorio botánico, con un extenso herbario fundado en 1902 y que ya cuenta con más de doscientas mil especímenes que representan diversos grupos de plantas y hongos cubanos y antillanos.

A partir de los años 60 del siglo XX se abre una nueva página en la historia del jardín, con la llegada de un científico alemán a la isla. El profesor Doctor Johannes Bisse (cuyo nombre lleva ahora el herbario mencionado) puso sus pies en Cuba en 1966 desde la República Democrática Alemana, invitado por la Universidad de La Habana, y desde su llegada se convirtió en un entregado estudioso de la flora cubana. Conoció al Comandante en Jefe Fidel Castro, y de aquella amistad surgió en 1967 la idea de crear un jardín botánico de proyección nacional. El profesor asesoró en su diseño, y su esposa, la botánica cubana, Lutgarda González Géigel, fue su más cercana colaboradora. Ellos impulsaron la creación y compilación de una preciada biblioteca botánica para el Jardín. El actual Botánico Nacional de Cuba cuenta actualmente con unas seiscientas hectáreas de superficie y más de tres mil especies de plantas, tanto autóctonas, como exóticas provenientes de otros ecosistemas tropicales. Fue abierto al público en 1984 tras una grandísima labor en la que la universidad se involucró intensamente, y por desgracia, el apreciado profesor falleció en esta ciudad que le había acogido poco tiempo después de dicha inauguración. A veces la vida no se entiende, en sus complejidades y pérdidas, en sus modos de ponernos a prueba, pero mirar la naturaleza nos ayuda a aceptar que todo camino vital es un aprendizaje y forma parte de un proceso. Un jardín, con sus esperas, su marchitarse, sus ciclos de muerte transitoria y resurrección, es una cura de humildad y resignada paciencia, (decía Marco Martella por boca de su heterónimo, Jorn de Précy, que «el jardinero es el ser más modesto de la tierra»). Pero es también un espacio de esperanza, de perseverancia de la fecunda existencia. Sobre todo, es una muestra de amor.

ACTOS DE AMOR

Si bien los jardines botánicos están concebidos desde una perspectiva fundamentalmente científica, en cuanto a la selección y atalogación de especies, ordenación de espacios y divulgación del conocimiento sobre los distintos ecosistemas, hay también un importante componente estético que nos transporta a una respuesta emocional, a un directo contacto sensorial e íntimo con el entorno. Nos invitan a amar lo que vemos. Decía Claude Monet: «Mi jardín es mi más bella obra de arte. Todo lo que he ganado ha ido a parar a estos jardines. Todo el mundo discute mi arte y pretende comprender, como si fuera necesario, cuando simplemente es amor». Quizá pocos amores son tan profundos y sinceros como el amor de un jardinero. Dice el filósofo y educador Santiago Beruete que: «Los jardineros padecen de “reminiscencia”. Nunca se acaban de curar de la nostalgia del Edén perdido. En sus esbozos del paraíso terrenal suenan los acordes de una música anterior a la ruptura de la alianza con la naturaleza». Seguramente estas tierras isleñas fueran lo más cercano al Edén que encontraron los españoles cuando llegaron a estas latitudes, en los siglos pasados en que los bosques cubrían la mayor parte del territorio insular con un inmenso e ilimitado verde. Con el paso del tiempo se alteró esa alianza natural. Aquellas maderas preciosas que conformaban un tapiz enramado harían flotar Armadas y embarcaciones comerciales rumbo a la península hispánica, y sostendrían refinados muebles de caoba, ébano y cedro, así como los anaqueles y columnas de bellísimas bibliotecas, como la de El Escorial. Los excesos en las talas dieron lugar a que numerosas especies nativas se vieran al borde de la extinción, como el Nogal cubano, del que apenas quedan ejemplares. La conservación de especies, por tanto, es tarea primordial de los Botánicos. Qué patrimonio puede ser más sagrado que un árbol centenario, que la savia ancestral y florida, o la sabiduría silenciosa de las ceibas. Para recordarnos que este reino vegetal existe mucho antes que nosotros mismos podemos encontrar en este jardín el llamado “Bosque arcaico”, en el cual están representadas las especies vivas más antiguas. Nuestra esencia más lejana alzada ante nuestros ojos. Acudimos aquí no solo para aprender y valorar, sino también para abrazar el pasado y el futuro.

Quizá por aquella música misteriosa y antigua que resuena en el corazón de los amantes del paraíso, los arquitectos que diseñaron los vistosos pabellones de exposición del Botánico nacional se inspiraron en la melodía del danzón cubano para crear las imponentes estructuras que acogen las plantas bajo una armonía de vidrio y metal. Una partitura viva que combina sol y sombra, frescor, color y fragancia. Además de estos pabellones temáticos (Cactus y suculentas, Bosques húmedos y tropicales, y Bosques húmedos de montaña), destaca en el conjunto del recinto el llamado Jardín japonés, en el que también encontramos dos pabellones de meditación y un pabellón de madera de planta hexagonal colocado sobre pilotes dentro del lago (Pabellón sobre las Aguas). Este espacio, único en su tipo en Cuba, incluye elementos estéticos y simbólicos orientales representativos de la pureza y la armonía, como pequeños arroyos y estanques, presencia de los llamados koi, los peces —carpas— de colores símbolo de buena fortuna y prosperidad, rocas, cascadas, bambú, nenúfares. También este jardín es una convivencia de culturas.

El 30 de octubre de 2015, al cumplirse 80 años de su nacimiento, las cenizas del profesor Bisse fueron esparcidas en el Botánico Nacional, en comunión con el amor y la devota entrega que el científico mostró con este rincón de La Habana. El legado del origen pervive en el jardín de esta isla.

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