Orestes Ferrara en la República de 1902

Cuando cursaba el tercer año de la carrera, el doctor Alejandro Rojas Blaquier tomó el timón de una de las asignaturas más equívocas del currículum: Estudios Cubanos. Ninguno de nosotros, estudiantes de pregrado sin demasiada vocación, tenía claro para qué servía aquel semestre. Parecía Historia de Cuba, pero era una historia bastante menos opaca, más orientada hacia los procesos de la cultura y menos hacia el didactismo, las fechas y las personalidades. Rojas era un hombre que amaba lo que impartía, y su amor era contagioso: gracias a él leí a Mañach, a Carrión, a Carpentier, a Enrique Serpa y a Carlos Loveira, cuya novela Generales y Doctores se quedó grabada vívidamente en mi memoria.

También se quedó conmigo el recuerdo de uno de los personajes más inefables de la República: Orestes Ferrara Marino, cuyo nombre resurgió una y otra vez ligado a la política, el periodismo y la docencia. Ferrara el mambí, Ferrara el Dinámico, Ferrara el cronista y Ferrara el docente eran menciones que parecían ir de la mano con los avatares de la Cuba republicana. Siempre me quedó la interrogante: ¿quién era en verdad el italiano aquel? Varios años y varias lecturas más tarde, siento que estoy listo para empezar a responder esa pregunta.

Un largo viaje y una guerra

Ferrara nació en Nápoles, ya entonces incorporada al recién nacido Reino de Italia, el 18 de julio de 1876. Había llovido poco desde las guerras de unificación italiana, donde su padre, Vincenzo Ferrara, se había distinguido en las batallas de Maddaloni y Volturno bajo las órdenes de Garibaldi. El hijo creció en un ambiente liberal: recibió una esmerada educación en colegios privados, en la que no faltaron los entrenamientos de esgrima y equitación. A los dieciocho años, con el mundo a sus pies, matriculó la carrera de Derecho en su ciudad natal. Entonces sucedió lo inesperado. Conoció al periodista Felice Albani, director del diario italiano Il Futuro Sociale y partidario de la independencia de Cuba, y a través de él entró en contacto con la dirigencia del Partido Revolucionario Cubano.

Que el joven Orestes, a finales de 1896, se embarcara hacia Cuba es ciertamente muestra de su testarudez. No parecía una decisión sensata: descendiente de una familia próspera, culto, sensible y bien parecido, Ferrara iba a meterse directamente en la boca del león, en una guerra ajena en los potreros de una isla al otro lado del mundo, ¿y todo para qué? Era un desatino romántico, y Ferrara, un muchacho loco. Contra todo pronóstico y después de meses de viaje, de Nápoles a París, de París a Nueva York, de Nueva York a Tampa y de allí finalmente a la isla soñada, Ferrara se unió como soldado raso a las tropas del Ejército Libertador en el Camagüey.

Desde el inicio de su trayectoria militar, quedó claro que aquella empresa no era para Ferrara un capricho de niño rico. Ascendió a comandante en los combates en torno a la ciudad de Santa Cruz del Sur, bajo las órdenes del general Javier de la Vega, y llegó a teniente coronel en el asedio de Las Tunas, combatiendo junto al mayor general Calixto García. Tras la derrota española en esta última acción, quedó a cargo de la custodia de los prisioneros peninsulares.

El joven oficial solicitó entonces ser transferido a las tropas del General en Jefe Máximo Gómez, por quien había expresado su admiración. En otro rapto de pertinacia, obtuvo el permiso directo del general José Braulio Alemán, secretario de la Guerra del Gobierno de la República en Armas, durante las sesiones de la Asamblea Constituyente de La Yaya en septiembre de 1897, para trasladarse al cuartel de Gómez. Su terquedad irritó tanto como divirtió al secretario de la Guerra: Ferrara era como un tábano, dispuesto a picar cada vez más arriba en la cadena de mando con tal de lograr lo que quería; y tal vez en parte indispuesto a malograr la carrera de un muchacho tan prometedor y en parte deseoso de librarse de su impertinencia, Alemán accedió a dejarle llegar por sus medios al campamento del General en Jefe.

El traslado en sí fue una auténtica odisea, durante la cual Ferrara debió cruzar la fortificada trocha de Júcaro a Morón en dos ocasiones, y pasar el día escondido entre los herbazales en las cercanías de la trocha para evitar ser descubierto; luego perdió el rumbo y casi fue capturado por tropas españolas en las inmediaciones de Ciego de Ávila; y solo tras encontrarse por casualidad con una columna mambisa, la del entonces teniente coronel Enrique Villuendas, subordinada al General en Jefe, logró presentarse en el campamento de este a fines de noviembre de 1897. Había cumplido su anhelo, pero la Historia tiene un feo sentido de la ironía y, al término de aquel viaje cargado de azares, como el propio Ferrara llegó alguna vez a reconocer, le retuvieron en custodia porque no portaba credenciales militares – había tenido que deshacerse de ellas para evitar ser capturado por el enemigo durante las semanas de deambular sin rumbo –, y los cubanos le tomaron por un anarquista italiano cuya misión era asesinar al general Gómez.

Confirmada su identidad, Ferrara fue transferido al Estado Mayor del general José Miguel Gómez, y a fines de 1897 se le designó como auditor de la Primera División del Cuarto Cuerpo del Ejército Libertador. En esta posición, sirvió a Máximo Gómez en los procesos seguidos contra algunos altos oficiales mambises por delitos de desacato. En su defensa del brigadier Rafael Rego, acusado de asesinato, Ferrara dio muestra de un brillante dominio de la jurisprudencia militar y logró la absolución del reo. Otro tanto logró con su defensa del coronel Juan Manuel Menocal, acusado de sedición; los miembros del Estado Mayor, mitad en broma y mitad en serio, comenzaron a referirse a Ferrara como “el italiano del pico de oro”. Razón no les faltaba.

Posteriormente, el teniente coronel sirvió nuevamente bajo las órdenes del general José Miguel Gómez en los combates de El Jíbaro y Arroyo Blanco, los días 19 y 27 de julio de 1898. En otro episodio casi mítico de su carrera militar, Ferrara trepó varias veces a una mata de mango durante el combate de Arroyo Blanco para corregir los tiros de una pieza de artillería mambisa, bajo intenso fuego enemigo y sin más instrumentos que su vista: su actuación permitió tomar el poblado cuando la batería del Ejército Libertador logró finalmente acertar al cuartel español. No quedó cubano que no apreciara el tamaño de los atributos viriles del italiano, y el general Máximo Gómez ascendió en persona a Ferrara al grado de coronel, grado con el cual este concluyó la guerra tras el cese de hostilidades entre Cuba y España en agosto de 1898.

Abogado, político y publicista

Algo fue constante en la vida de Orestes Ferrara: a su brillante intelecto unió un sentido casi sobrenatural de la oportunidad, de estar en el lugar correcto y conocer a la gente apropiada. Legitimado ante el escrutinio público por su hoja de servicios durante la Guerra Necesaria, el flamante coronel se convirtió rápidamente en uno de los hombres fuertes del Partido Liberal, agrupación que fundó en 1900 junto a sus compañeros de armas, los generales José Miguel Gómez y Enrique Villuendas. Desde sus predios políticos en Las Villas, ciudad donde se desempeñó como secretario del gobierno civil y gobernador interino por designación del general interventor estadounidense Leonard Wood, Ferrara creó una red de contactos que, con tiempo y paciencia, le sirvió para cimentar sus aspiraciones políticas.

A diferencia de muchos de sus correligionarios, que recurrieron a las corruptelas en boga para amasar grandes fortunas, el italiano tenía inquietudes intelectuales: era un apasionado del Derecho y, fiel a su pico de oro, en 1902 logró revalidar en la Universidad de La Habana el título en Derecho Social y Economía que había obtenido en su Nápoles natal. Como él mismo llegó a admitir, “con el método que la naturaleza me ha dado de separar mis deseos de lo real”, asoció su bufete con los grandes capitales estadounidenses que, ávidos de penetrar en el ámbito de la joven nación independiente, requerían de asistencia legal para encauzar sus intereses. En poco tiempo, su próspera firma de abogados le convirtió en un hombre adinerado. En 1904 se presentó a un concurso de oposición para ocupar una cátedra auxiliar de la facultad de Derecho Público; en sus memorias recordó que aquello representó un éxito de cierta resonancia por haber tenido como espectadores a algunos de los más altos exponentes de la intelectualidad cubana, como Octavio Averhoff o Rafael Montoro.

Así inició una etapa particularmente fructífera de su vida: Ferrara era al mismo tiempo el carismático profesor de Derecho, el jurista de éxito, el periodista liberal de mayor tirada en el panorama editorial cubano, y un destacado diplomático que representó a Cuba como embajador en Estados Unidos y Brasil. Numerosas anécdotas de la época dan fe de su buen gusto, inteligencia y mordacidad; como docente universitario, era célebre por sus respuestas invariablemente corteses, pero socarronas, demoledoras. Jamás suspendió a ninguno de sus alumnos: solía decir “yo le doy el aprobado, ya se encargará la vida de suspenderlo”. Las páginas sociales del Diario de la Marina daban cuenta con regularidad de su asistencia a los estrenos de la ópera en el Teatro Nacional, impecablemente vestido de frac, pechera almidonada y chistera. A partir de 1909, su actuación en la vida política del país alcanzó nuevas cotas de protagonismo con la elección del mayor general José Miguel Gómez, bajo cuya presidencia Ferrara ocupó el cargo de presidente de la Cámara de Representantes.

Ferrara era también la presencia más constante detrás de la popularidad del liberalismo cubano a inicios del siglo XX. Publicaba sus escritos con regularidad en dos de los órganos de prensa de mayor tirada nacional: la revista La Reforma Social (1913-1926) y el periódico El Heraldo de Cuba (1913-1926), cuya impresión también financió con su vasto capital personal. Aunque apoyó la candidatura liberal de Carlos Mendieta a las elecciones presidenciales de 1924, fue su correligionario Gerardo Machado quien finalmente ganó la nominación del partido y la presidencia de la nación a partir de 1925.

Pese al desencuentro inicial entre ambos, Ferrara se convirtió en uno de los colaboradores más cercanos de Machado, y su cabildeo en la Cámara de Representantes, donde conservaba una cuantiosa influencia personal, resultó determinante para la prórroga de poderes del tirano y su investidura como presidente vitalicio. Resulta complicado esclarecer los motivos de esa alianza: ¿pactó Ferrara con el dictador para obtener beneficios personales? ¿Jugó Machado alguna baza oculta para atraer a Ferrara? En una época de tantos politicastros engrandecidos mediante el expolio del erario público —de la República comida como un cáncer por la plaga funesta de los generales y doctores, como escribió Loveira en su célebre novela—, la ambición e inteligencia del italiano continuaron siendo los rasgos preeminentes de su carácter. Machado le apodó El Dinámico, por su admirable capacidad para manejar los hilos del Legislativo según los caprichos del presidente; y, como era de esperar, aquella amistad reportó cuantiosas ganancias a las dos partes.

En 1928, la prestigiosa firma Govantes y Cabarrocas, a cuyo cargo también estuvieron la construcción del Capitolio y la Biblioteca Nacional, recibió de Ferrara el encargo de construir una mansión de estilo florentino junto a la Colina Universitaria, a la que el diplomático llamó Dolce Dimora (Dulce Hogar) y donde residió, con varias interrupciones, hasta su partida definitiva de Cuba. La Dolce Dimora, famosa en especial por su exquisita biblioteca y amplia terraza —en la cual Ferrara practicó constantemente la esgrima, afición que le acompañó durante toda su vida—, alberga en nuestros días la colección del Museo Napoleónico.

Conforme aumentaban la represión gubernamental y la efervescencia popular contra Machado, se estrechaba el vínculo entre Ferrara y el presidente. El Dinámico pasó a ocupar el cargo de presidente del Senado en sustitución del asesinado Clemente Vázquez Bello en 1932; cuando logró escapar por los pelos del asalto a su residencia por elementos antimachadistas en la mañana del 12 de agosto de 1933, fue uno de los pocos escogidos que abordaron el hidroavión que sirvió como vehículo de escape para el dictador, pocos minutos antes de que una marea de gente tomara los muelles del puerto habanero para intentar en vano ajusticiarle.

Ferrara vivió cinco años en Miami, mientras las tensiones políticas en Cuba se aligeraban tras el fracaso de la revolución del 30. Regresó en 1938 bajo amplias precauciones; un año más tarde, mientras participaba en los debates de la Asamblea Constituyente para la redacción de la Constitución de 1940, fue víctima de un atentado en la esquina de las calles Infanta y San Miguel. Aunque el conductor del auto en el que viajaba falleció en el acto y el propio Ferrara fue herido de gravedad en un hombro, otra vez su proverbial buena suerte lo libró de morir. Quizás el italiano interpretó aquel suceso como una señal del Destino: en lo sucesivo, hizo a un lado su carrera política para dedicarse a la diplomacia y la literatura fuera de Cuba.

Sirvió entonces como embajador de Cuba ante Italia, España y Francia; en 1954, durante una de sus últimas visitas a Cuba, fue investido por el dictador Fulgencio Batista como representante del país ante la UNESCO. En su desempeño del cargo, Ferrara aprovechó para publicar varias obras literarias, entre las cuales destacan las biografías de Nicolás Maquiavelo y el papa Borgia, Alejandro VI. Con el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959, fue cesado de todos sus cargos públicos por su colaboración con el régimen batistiano. Abandonó Cuba de manera definitiva y se radicó en Roma, donde falleció el 16 de febrero de 1972.

¿Y entonces, Ferrara?

Orestes Ferrara Marino es, ante todo, una personalidad señera de la vida política cubana en la primera mitad del siglo XX, de luchador independentista a partícipe de las corruptelas republicanas, en la misma cuerda de tantos otros antiguos combatientes que eligieron beneficiarse de sus credenciales mambisas. Resulta difícil, cuando menos, definir dónde están los límites psicológicos y morales del hombre que ganó sus galones militares en la manigua a puro arrojo, y luego sirvió sin empacho a uno de los dictadores más sanguinarios y represivos de la historia nacional. Sin menoscabo de su erudición como académico, diplomático y periodista, huelga decir que su trayectoria política careció del tino y los reparos que cabían esperar de una figura con su enorme prestigio.

Confieso que la historia de la vida del italiano no ha dejado de seducirme desde aquellas ya lejanas clases con el doctor Rojas en la universidad. Ferrara tuvo la fortuna de no nacer entre desposeídos, pero fue un hombre hecho a sí mismo: un aventurero carismático, a la vez romántico e inescrupuloso, que escaló los peldaños de una vida azarosa sin más herramientas que su genio, su ambición y su fuerza de voluntad. En la historia de este archipiélago abundan tales individuos: cada generación abjura de los prohombres de la generación precedente, y llega a maldecirlos por su corrupción y su codicia, pero una vez puestos a la tarea de edificar otro país a su imagen y semejanza, parecen no dudar en repetir los mismos errores.

Examinar la figura de Ferrara, en retrospectiva, es también tender un puente entre su época y la nuestra; y entre ambas, muchos males se antojan familiares. El legado del italiano mambí y político de la República es a la vez un caveat y un ejemplo admirable, lo mejor y lo peor de una nación forjada a golpe de circunstancias, entre los apetitos siempre insaciables del poder foráneo y de la clase política nativa. Nuestro presente obliga a apreciar los matices, los paralelismos y las inevitables comparaciones que derivan de examinar críticamente esa Historia, y la vida de Ferrara, como la de muchos otros en su época y en la nuestra, obligan a reconocer que la plaga funesta de los generales y doctores sigue siendo un cáncer demasiado presente.

La Habana, 17 de noviembre de 2025

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