¿Existe un cartel cubano actual, como protesta?

Son ampliamente conocidos los que La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por las siglas en inglés) declaró Patrimonio Documental de la Humanidad, categoría Memoria del mundo. Pero no olvidemos que la bonanza del diseño gráfico de la época tricontinental, incluyen los trabajos tempranos y todavía hoy poco conocidos de Inverna Lockpez y Jaime Bellechasse, fechados en 1965, y la gráfica realizada por jóvenes artistas de la segunda mitad de la década de 1980, año en que culmina de muerte natural el formato analógico.

Sí se ha dado en las últimas décadas un movimiento que se realiza tanto dentro como fuera de Cuba. Sus autores muchas veces son egresados del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI) y muchos de ellos se sienten herederos de la gráfica que salía de los talleres del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), Casa de las Américas y el Consejo Nacional de Cultura. Incluye también otros creadores que, aunque de formación autodidacta, están bastante familiarizados con las artes visuales y comenzaron a interesarse en las imágenes digitales ya a mediados de los años 90 del siglo pasado. Esos carteles, aunque obras virtuosas en términos estéticos (composición, síntesis, tipografía, colores, contrastes, impacto comunicacional, etc.), también eran/son textos visuales saturados de ideología que funcionaban como vehículos de propaganda del discurso oficial. En rigor, no ampliaban la comprensión sobre la realidad, sino que contribuían a estabilizar, a fijar, una visión muy específica de esta.

A diferencia del cartel clásico de los años 60, en estos, recursos como la condensación verbal, el contraste cromático intenso y la apropiación de símbolos patrióticos ya no funcionan para el proselitismo político, sino con una semiótica de la deconstrucción. Y ese entramado complejo entre arte, diseño, política e ideología en la historia reciente de la sociedad cubana, es estudiado de manera exhaustiva por Ernesto Menéndez-Conde y Luis Trápaga Brito en su libro El cartel protesta. «El arte cubano de la revolución en la era digital», publicado por Ediciones Hurón Azul en 2026, se trata de un libro que no se limita a compendiar un catálogo de los nuevos carteles. Los autores, que desarrollaron una amplia investigación, proponen una interpretación histórica y estética de un fenómeno de la cultura visual todavía en desarrollo. Uno de los puntos centrales del libro consiste en mostrar que una parte de la gráfica política contemporánea cubana «disidente» nace de la propia tradición cartelística revolucionaria, pero la inversión del contenido es clara y de un subversivo potencial simbólico. En esa transformación estética y retórica ocupan un lugar decisivo la parodia, lo grotesco, el kitsch, lo carnavalesco, la irreverencia subversiva y la capacidad para deconstruir emblemas reconocibles con síntesis formal, legibilidad rápida e irreverencia crítica.

El desafío fundamental consiste en agrupar los trabajos, establecer las constantes en una significativa cantidad de obras, realizadas por decenas de autores y crear capítulos que abarquen épocas enteras que se influencian una a la otra. Porque hay que hablar del origen de la imagen para luego referirse a las apropiaciones paródicas, por ejemplo de carteles realizados entre las décadas de 1960 y 1980 —como “Now”, “Canción protesta” y “Niños desaparecidos”— cuyos contenidos serían luego subvertidos y convertidos en críticas al presente que se vive en Cuba.

Este nuevo tipo de “cartel protesta” nombre dado al fenómeno parafraseando a la llamada “canción protesta”, se caracteriza por el uso de lo grotesco, lo siniestro y el humor popular, como rasgos con los que los diseñadores han procurado contrarrestar la propaganda política de las instituciones y con los que persiguen desmitificar las visiones idealizadas de los líderes de la Revolución de 1959. Las obras se detienen en los problemas cotidianos que padecen los cubanos, como las dificultades para conseguir alimentos, la corrupción de los funcionarios del gobierno, la burocracia, el adoctrinamiento que comienza desde la infancia y las formas de coacción veladas o directas.

El investigador norteamericano James C. Scott en su libro “Los dominados y el arte de la resistencia”, introdujo el término infrapolítica para hablar de formas de resistencia que casi siempre permanecen replegadas al ámbito de lo privado. Describe la inconformidad que corroe a toda la sociedad y que incluiría el mercado negro, el desaprovechamiento de la jornada de trabajo y el humor popular, pero este movimiento artístico apenas ha despertado la atención de la crítica artística. Hoy pudiese hablarse de un nuevo espectador en Cuba sin embargo que sí consume este tipo de arte sin pasar por la curaduría ni las galerías, y probablemente se deba a internet. Es necesario el análisis de este fenómeno para la cultura cubana, que ahora se extiende junto a sus millones de emigrantes, fuera de las fronteras de la isla. Es necesario el estudio sobre este aspecto del arte insular complejo, abstruso y en verdad insuficientemente valorado antes, para una comprensión de los cambios culturales que lo involucran y que dieron lugar a un movimiento del cartel como protesta.

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