En Cuba, tiempos ha, los mayores atemorizaban a los niños, y acaso también se atemorizaban ellos, con el Coco. Si estaban fuera de la casa a las nueve de la noche, la hora del cañonazo, el Coco podía llevárselos en su saco. Era un ser horrendo, con infinidad de formas y rostros, que cada cual imaginaba a su antojo, bien como el santero de la Regla de Ocha o el mayombero del Palo Monte, el Mayombe de los congos o el diablito de los ñáñigos… un diablo en suma que, tanto en la Colonia como en la República, sirvió para exacerbar sentimientos de odio por razones raciales.
Apenas quedaron vestigios de las tradiciones religiosas indocubanas. Durante toda la Colonia fue la religión católica la única permitida en la Isla; era la religión oficial. Los negros llegados como esclavos salvaron su religiosidad ocultándola, como un acto de resistencia espiritual, tras el santoral católico y de esa actitud surgieron las actuales religiones cubanas de origen africano criminalizas hasta la década de 1940 y que se difundieron no solo entre hombres y mujeres de tez negra, sino, sobre todo entre los sectores pobres, en busca de protección material o espiritual y que, aunque a partir de esa fecha, gozaron de cierta legitimidad, nunca fueron aceptadas por las estructura de poder en la Isla. Durante años y años se les atribuyeron numerosas falsedades envueltas en tenebrosas historias de criminalidad, sacrificios humanos y brujerías más legendarias que verdaderas.
Ya el 27 de agosto de 1876, hace 150 años, las autoridades coloniales promulgaban en La Habana el decreto contra el ñañiguismo que prohibió sus reuniones y dispuso que los infractores quedasen sujetos a la sanción legal correspondiente. Años más tarde, el 24 de noviembre de 1910, los ñáñigos que acompañaban los restos de Alberto Yarini entraron al cementerio bailando el enyoró para lo que tuvieron que ser autorizados expresamente por el general Armando de la Riva, jefe de la Policía Nacional, que, en persona, controlaba el orden en el sepelio. El 5 de diciembre de 1913 se presentaba en el Congreso de la República un proyecto de ley con el fin de acabar con “las prácticas de brujería”. Durante todo el mes de octubre de 1920 el periódico habanero La Discusión dio cabida a una serie de reportajes y artículos contra el ñañiguismo. En la campaña para los comicios generales de 1925, miembros de la acaudalada familia Mendoza rindieron homenaje Gerardo Machado con un toque de tabor en el Country Club. Fiesta aristocrática, pero con mucha presencia popular…Machado marcaba con un pie el ritmo de la música, que sonaba hasta ensordecer, y expresó refiriéndose a los tamboreros: “¡Toquen! ¡Toquen! ¡Yo les daré tamborcito! Y, en efecto, durante su mandato fue implacable con cualquier manifestación de la cultura afrocubana.
Afirman especialistas que entre las expresiones religiosas de origen africano se encuentra el complejo Ocha-Ifá, con creencias en orishas del panteón yoruba, compuesto por la santería cubana y los sacerdotes iniciados en Ifá. La Regla Conga o Palo Monte, con devoción a los antepasados y a fuerzas de la naturaleza, a través de tres vertientes: Mayombe, Briyumba y Kimbisa –nacida en lsla- y las sociedades secretas Abakuá.
HOMBRES LEOPARDOS
Esas asociaciones, escriben Manuel Rivero Glean y colaboradores en su utilísimo Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba (2025) son de las primeras instituciones fundadas por cubanos para la solidaridad y defensa de sus intereses. Exclusivas para hombres, se precisa en el Catauro, son la trasplantación en América, donde son únicas, de una sociedad esotérica africana, con los mismos rituales, creencias y lenguajes, cantos, instrumentos, música y propósitos de defensa social de sus miembros, como lo era en sus lugares de origen.
Su desarrollo en Cuba hay que buscarlo hacia 1820 entre descendientes de esclavos traídos del Calabar, actual Nigeria. Los iniciados juraron un código secreto de comportamiento y autodefensa. Eran solo negros; se conocieron como abakuá, abacuá o ñáñigos, que es voz cubana. Son los hombres leopardos. La fundación de la sociedad se localiza en el ultramarino pueblo de Regla y, a partir de 1840, se extiende por la capital, dentro y fuera de las Murallas. Hoy cuenta con decenas de miles de asociados y, dice Rivero Glean, representa un vigoroso rebrote de la cultura africana en las ciudades de La Habana, Regla y Guanabacoa, así como en Cárdenas y Matanzas.
Se precisa en el Catauro que los grupos abakuá estuvieron desde el comienzo integrados solo por negros esclavos o libertos, pero nacidos en Cuba; criollos. Sus ritos pueden ser secretos o públicos. En las ceremonias restringidas solo participan los iniciados y de ellas nada es permitido divulgar, pero en los plantes puede haber ceremonias públicas en las que, miembros de la asociación o no, bailan, cantan o ejecutan un instrumento musical. Son ritos o liturgias muy expresivos e incluso teatrales.
Se conserva de ellos una anécdota deliciosa. La cuenta Lydia Cabrera en un texto publicado en la revista Orígenes en 1950, y que reproduce Urbano Martínez Carmenate en su libro García Lorca y Cuba; todas las aguas (2023). A Lydia, la famosa autora de El monte y cuñada de Fernando Ortiz, y a su negrita Carmela Bejerano había dedicado el poeta su romance La casada infiel.
Dice Martínez Carmenate: “Lydia, retribuyendo al amigo por los inolvidables momentos vividos junto a él en Madrid, accedió a satisfacer su deseo de presenciar una ceremonia de iniciación ñáñiga… Mucho después ella contaría cómo ante la proximidad del diablito… el poeta se horrorizó, al punto de lanzarse sobre su compañera, abrazándola por el cuello” … Puntualizaba la autora de Cuentos negros de Cuba: “No olvido el terror que los íremes le infundieron… ni la descripción delirante de poesía que me hizo al día siguiente de haber presenciado un plante”.
En la actualidad, la sociedad abakuá no es solo de negros y mulatos. La conforman también hombres de tez blanca, a los que se les dio entrada en 1857 por iniciativa de una figura legendaria de abakuá, palero, quimbisero, fundador de la religión popular cubana Santo Cristo del Buen Viaje, terciario de la orden de Santo Domingo de Guzmán, vinculado al Convento de San Francisco de Asís y “brujero famoso”, como le llamaba don Fernando…
QUIÉN ERES TÚ, ANDRÉ PETIT
Su nombre es André Petit, (La Habana, 1829-1879). Se le conocía asimismo como Andrés Quimbisa, Cristo Facundo de los Dolores, El Caballero de Color y el Sayón de Santo Domingo. Le llamaban también el Maestro…
Su báculo estaba hecho con ramas de olivo de la Tierra Santa, donde Petit participó, se dice, en un cónclave ecuménico de cardenales. En Roma, conversó en privado con el Papa. Es a partir de ese encuentro que Petit crea, con indulgencia papal, la orden del Santo Cristo del Buen Viaje, introduce el crucifico en el culto ñáñigo y crea la plaza de Abasí como símbolo del Dios cristiano. Eso hizo, afirma Rivero Glean, que en Cuba se permitieran y respetaran las asociaciones ñáñigas y la relativa tolerancia del clero católico para este brujo mulato. Expresó Fernando Ortiz: “Fue una especie de reforma protestante del ñañiguismo”.
Los abakuá habaneros, enterados de los acuerdos de Petit con el jefe de la Iglesia Católica y descontentos con las reformas que amenazaban con invadir un terreno hasta entonces reservado para negros y mulatos, aguardaron, con actitud amenazante, la llegada de Petit al puerto habanero. Petit advirtió desde el barco la agresividad de los que lo esperaban y con solo levantar su báculo tranquilizó a los conjurados. Fue su gran triunfo, aseguran los conocedores porque la iniciativa de Petit contribuyó a la integración de la nación cubana y a enlazar a negros, blancos y mulatos en un mismo conjunto de creencias, ritos y solidaridades por lo que el ñañiguismo pasó de “asunto de negros” a cosa de cubanos.